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A flor de piel

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¡Qué maravillosa es la sensibilidad! O… ¿tal vez no lo sea tanto?. Está relacionada con nuestra manera de percibir el entorno y es tan subjetiva que nos encontramos con infinitas historias e interpretaciones del mundo que habitamos. Las que nos tocan la piel, las que nos hacen cosquillas en el alma, las que nos alegran el corazón, las que nos embargan de tristeza o las que nos movilizan el cuerpo en la quietud y en la inquietud de los momentos vividos.

Pero, ¿qué pasaría si esa sensibilidad alcanzara capas mucho más profundas de nuestro ser? Quizás estaríamos acostumbrados a escuchar palabras como “no llores tanto”, “no es para tanto”, “no se te puede decir nada”, “eres demasiado sensible”, “te lo tomas todo a la tremenda,” “es que eres muy raro/a”. Quizás nos percataríamos de sutilezas que escapan a la atención de los demás, como el ánimo de ciertas personas al entrar en una habitación, el delicado perfume de una señora que pasa por nuestro lado, el arcoíris que dibujan las frutas estratégicamente colocadas en los puestos de los mercados, las conversaciones que nos rodean y llegan a nuestros oídos sin pretenderlo, la música que suena en el local de la esquina. Quizás nos hipnotizarían las siluetas creadas por la espuma de las olas tras chocar contra las rocas, esa hoja otoñal que cae de un árbol a nuestro paso con suave delicadeza o el olor penetrante a tierra mojada tras un árido verano, acogiendo las primeras lluvias de septiembre. Quizás la intensidad de la luz, los ruidos inesperados o elevados y las aglomeraciones nos asustarían o nos sobresaltarían exageradamente. Quizás, debido a esa saturación, nos bloquearíamos, y, por tanto, necesitaríamos tomar cierta distancia de todo y de todos por unos instantes. Disfrutaríamos tanto de la belleza de las expresiones artísticas que nos erizarían la piel o nuestros ojos se tornarían acuosos. No se nos escaparía nada. Y así, tantos y tantos detalles que no buscaríamos conscientemente sino que simplemente llegarían de una manera inconsciente. Todo se convertiría en una avalancha de estímulos. Haríamos nuestras las experiencias de otros, lo cual nos desgastaría enormemente. Tendríamos una manera de observar que aporta más información que aquello que es objetivamente visible. Todo se interiorizaría y se procesaría de una manera muy profunda.

Este nivel de percepción tiene efectos positivos pero también negativos si no aprendemos a gestionarlo adecuadamente. Muchas veces he pensado que “ser demasiado sensible solo trae dolor. Dar muchas vueltas a las cosas, rumiar lo que nos pasa, es agotador y hasta asfixiante. La sensibilidad nos hace más vulnerables al comportamiento y a las palabras de los demás. Quieres darle al botón de off, o al menos de stand by, para que tu mente y tu cuerpo descansen de toda esa estimulación, pero no encuentras las herramientas necesarias para hacerlo. Se vive todo tan intensamente que el mundo duele, un mundo hostil, lleno de espinas donde es difícil encajar, un mundo que te viene grande, un mundo de dobles intenciones y de egoísmos, un mundo donde la empatía forma parte de un grupo de acciones olvidadas en el cuarto de los trastos viejos. “No está bien visto desnudar nuestras debilidades”. Estamos educados para ponernos una coraza y tapar nuestra sensibilidad. Desde pequeños hemos interiorizado emociones sesgadas. Los niños varones, especialmente, aun reciben mensajes tipo “los hombres no lloran”. Sin embargo, creo en la dualidad, en la luz y en la oscuridad de las personas y de la sociedad en general. Creo que el egoísmo se puede combatir con la generosidad, la frialdad con la ternura, la mentira con la verdad, la ignorancia con la educación o la desconsideración con el respeto.

Hace unos años la doctora estadounidense Elaine N. Aron realizó una investigación sobre la alta sensibilidad. Recogió estudios neuropsicológicos y testimonios de personas que compartieron su manera de sentir. Ella misma llegó a comprenderse y a entender su particular visión de la vida. Concluyó que la alta sensibilidad es un don que muchos no saben que poseen, pero que describe a dos de cada diez personas, hombres y mujeres por igual. Un don que pasa por un largo invierno esperando esa luz resplandeciente que lo despierte de su letargo.

Todos somos seres sensibles, quiero creer que lo somos, pero la alta sensibilidad es una sensibilidad elevada al cuadrado, es captar lo que nos rodea y a quienes nos rodean con una lente de aumento. Es una sobreestimulación y sobreactivación del sistema nervioso. No significa ser mejor ni peor. Para muchos es la pieza del puzzle que siempre les ha faltado y, a partir de verse identificados, todo encaja. Según los expertos en este tema, las personas altamente sensibles pueden encauzar este don para disfrutar de ese fino hilo que traza su sistema neuro-sensorial, disfrutar de su emocionalidad y enriquecer su vida de maneras inimaginables. En mi camino del autoconocimiento, puedo explicarme, gracias a esa pieza de mi puzzle, muchas reacciones y estados. Aún no sé hasta qué capa de mi cuerpo llega mi sensibilidad, ya que seguiré aprendiendo de ella, pero puede que ya no me vea como “un bicho raro””. Y me pregunto… ¿Habrá muchos más “bichitos raros” con el maravilloso don de la sensibilidad?

“No despreciéis la sensibilidad de nadie. La sensibilidad de cada cual es su genio”

Charles Baudelaire

 

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