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Café de sentimientos

taza con corazón

Esta mañana he cambiado mi paseo matutino por un café y un trozo de bizcocho en un pequeño y acogedor local, mientras aprovechaba la paz que allí reina para poner sobre papel algunas ideas que tenía en mente.

El local estaba prácticamente vacío. Sólo había un hombre en la barra, hablando con la camarera, y un chico y una señora en una mesa próxima a la mía. La música era suave y el ambiente relajado. Perfecto para concentrarme en escribir. Pero el hombre y la mujer (madre e hijo, por lo que pude saber) se pusieron a hablar y era inevitable escucharlos, dada la proximidad y la tranquilidad del lugar. Yo estaba entretenida con mi libreta y mi pluma, pero una frase de ella me hizo agudizar el oído y atender a su conversación (a pesar de lo poco que me gustan los cotilleos y lo poco respetuoso que me parece escuchar conversaciones ajenas); no lo pude evitar.

Ella le preguntó: – ¿pero tú cómo te sientes?

No era la típica frase de “¿cómo estás?”. No. Era algo mucho más profundo. Tal vez fue el tono o la manera de preguntarlo, con sentimiento, lo que llamó mi atención.

Al muchacho (treintañero) se le quebró la voz cuando respondió. Hablaba de “ella” todo el tiempo. Deduje que se trataba de una ruptura sentimental. Su madre le hablaba con dulzura, de un modo pausado. Le escuchaba atenta y le decía palabras de consuelo intentando calmarle y darle un poco de paz. Sin hacer un drama de la situación, pero dándole la importancia que merecía. Se le notaba que ella sufría por ver a su hijo sufrir, pero no lo mostraba (físicamente hablando). Sólo le mostraba su apoyo. Parecía quitarle hierro al asunto, hacerle ver a él que no era tan grave, pero preocupándose por cómo se sentía. Escuchándole. Apoyándole. Animándole.

No pude seguir escribiendo en mi libreta. Sólo podía escuchar. Escucharles. Y si en ese momento yo tuviese que hablar, también se me quebraría la voz. Porque me pareció una hermosa manera de empezar el día.

Y es que las madres siempre estamos ahí. Tenemos que estar ahí. Cuando tienen tres años, trece o treinta. Una madre tiene que ser un apoyo incondicional. Una almohada mullida en la que poder reposar. Siempre.

Me pareció un privilegio ser testigo de esa buena relación entre una madre y un hijo. Él hundido. Ella escuchando. Quizá es que hoy en día estamos poco acostumbrados a esto, aunque debería ser lo más natural del mundo.

Cuando pagué mi café y me levanté para irme, sentí deseos de abrazarles. A los dos. Y quisiera haberle dicho al muchacho: – “No te preocupes. Todo esto pasará. Ya lo verás. Pero eres muy afortunado… no sabes cuánto… aunque ahora mismo no te lo parezca”

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