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Elegancia

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¿Elegancia?, ¿feminidad?… Son términos bien diferentes y, sin embargo, cuántas veces se fusionan hasta llegar a confundirse.

Soy de esas personas a las que le gusta sentarse a observar al resto del mundo. No por cotilleo ni por criticar, ni siquiera hay envidia en mis pensamientos. El motivo fundamental es que me parece que las personas somos sorprendentemente especiales.

De mis sesiones dedicadas a la contemplación ajena, y no tan ajena, siempre salen dudas, preguntas sin respuesta directa, de esas que te hacen apoyar la cabeza en una mano y pensar durante horas, días, meses, años… Algunas no tengo esperanza de que obtengan una única respuesta, otras, quizás no tengan ninguna.

En una de éstas, hace ya unos cuantos años, aparecieron los términos elegancia y feminidad. Hasta yo misma los confundí inicialmente. En seguida rectifiqué, hay hombres bien elegantes y en absoluto femeninos, y viceversa.

Desde entonces a esta parte he tenido la suerte de poder contemplar a mucha gente. Algunos de forma más directa y profunda, como amigos, familiares, vecinos, y otros, sin embargo, ha sido un vistazo rápido.

Por todos es conocida aquella frase que reza: “con la elegancia se nace, no se hace”. De hecho, siempre me ha llamado la atención esto de la elegancia. Hay personas que pasan por el otro lado de la calle y tienen algo que irradian, que te llama la atención, que te obliga a mirarlas con absoluta admiración. Personas que les da igual ir con ropa deportiva, que con un vestido de noche. Su porte, su caminar, su forma de moverse, de gesticular, su presencia en sí misma es elegante. Y tienen ese don de hablar justo en el momento oportuno, un sentido del humor casi calculado hasta el cuarto decimal, utilizan las palabras adecuadas, con un cuidado lenguaje, pero que nunca llega a ser pedante y en una entonación que, sin ser fuerte, aporta seguridad a sus palabras y siempre manteniendo el interés de su interlocutor en su conversación.

Por otro lado, están esas otras personas a las que también les da igual que se pongan un chándal que ese mismo vestido de noche. Sin ni siquiera moverse ni hablar, ya ves que algo no encaja. Recuerdo aquellos programas que salieron hace unos años y que, cada vez han ido adquiriendo más auge, en los que cogían, casi parecía que las secuestraban, a mujeres bastante descuidadas, las sometían a intensas metamorfosis a base de abundantes maquillajes, cortes de pelo modernos, tintes, vestidos elegantes, tacones… y las plantaban en medio de un plató. ¡Ay, pobres!. Recuerdo a más de una que le quitaban aquellas horribles y desfasadas gafas que escondían toda su expresión, pero en lugar de cambiárselas por otras, las dejaban poniendo caras raras, frunciendo el ceño con fuerza, cerrando los ojos hasta casi convertirlos en delgadas líneas, en un vano intento por focalizar a la presentadora que tenían a escasos cincuenta centímetros de sus narices. Sí, iban monas, pero lo siento, nada elegantes. En esos programas se les había olvidado lo más importante, que esas mujeres se creyeran realmente que eran guapas, no que estaban guapas.

Personalmente, yo me veo en este grupo, aunque, por suerte aún no utilizo esas gafas. Quizás por el trabajo, puede que por mis aficiones; puedo caminar con cierta destreza por un terreno pedregoso, empinado e incómodo, pero si me plantas un par de tacones delante, yo no me subo si no es con un casco y, sinceramente, eso se nota a distancia. Igual que el tema del maquillaje, ¡qué suplicio, por favor!, el día que decido aportar algo de color a mi rostro, ya decorado de por sí con un buen número de pecas, no paro de pensar en dónde y cómo puedo poner la mano para no provocar una catástrofe en tal “obra de arte”, o en que mejor que no me pique un ojo si no quiero terminar pareciendo un oso panda. Ni siquiera sé si debería sonreír, aunque termina dándome igual, porque ya sé de antemano que el carmín me va a durar unos diez minutos escasos.

Por supuesto, con estos antecedentes, no me considero una mujer elegante. Cuando me comunican que tengo un evento, al que por supuesto iré como manda el protocolo (el cual no sé quién leches lo inventó), me atacan unos sudores fríos que consigo controlar, pero de cara a la galería, estoy segura de que transmitiría mucha más seguridad y un mejor saber estar si no me tuviera que someter a tanto adorno, si me dejaran mostrarme tal y como soy, sin intentar esconder nada como si tuviera vergüenza, sin disfraces protocolizados por una sociedad artificial. La elegancia natural, la que viene de serie, la que realmente se transmite y se irradia sólo aparece cuando uno es capaz de conocerse a sí mismo, de aceptarse, respetarse y enseñárselo al resto del mundo con soltura y orgullo, sin importar si eres hombre o mujer.

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