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La extraña pareja

Paul Newman

Se aplicó una generosa capa de máscara en las pestañas, se calzó sus tacones y se observó una última vez en el espejo. Se sentía estupenda. Cogió el bolso y salió a la calle. Estaba una noche preciosa, perfecta para pasear, pero decidió coger un taxi para llegar a su cita. ¿Cita? ¿era eso una cita? No lo tenía muy claro. Simplemente, había quedado con él como tantas veces en las últimas semanas. 

Llegó puntual, como siempre. No le gustaba hacerse esperar ni que la hiciesen esperar. Lo consideraba una falta de respeto. Él ya estaba allí. De pie en la barra, de espaldas a la entrada. Lo reconoció por el chaquetón tres cuartos que llevaba cada día desde que le había conocido, a pesar de que el tiempo ya era lo suficientemente cálido como para poder prescindir de él. Como si la hubiese oído llegar, se giró en el momento en que ella se aproximaba. Le sonrió de esa manera que hacía que ella se estremeciese: entrecerrando los ojos y dejando asomar aquellos dientes blancos y deslumbrantes. La besó en los labios de un modo cálido y delicioso, al tiempo que posaba su mano en la parte baja de la espalda, atrayéndola hacia él. Tenía esa imagen de seductor permanente y ella entendía por qué. Era innato en él. Y un pequeño acercamiento a su cuerpo la hacía estremecerse. 

A escasos metros de ellos, tres jóvenes (veinteañeras, quizá) les observaban; a él con descaro, a ella con envidia. Ya se había acostumbrado a las miradas indiscretas cuando estaban juntos. La belleza de él era arrolladora. Una versión moderna de Adonis. Él aún no había cumplido los 30; ella ya hacía tiempo que había pasado la barrera de los 40. Pero aún era joven y se sentía joven.

Después de tomarse algunas copas y bailar, se dirigieron, cogidos de la mano, al hotel más cercano. Ella sacó su carné de identidad para mostrarle al recepcionista, al tiempo que pedía una habitación. Él sacó la cartera y ella, con un gesto tranquilo, le indicó que no lo hiciese. Ese día pagaba ella. Y de pronto, se sintió como una de esas mujeres maduras contratando los servicios de un gigoló. No tendría por qué sentirse mal por ello. Era una mujer madura, independiente, libre, dueña de sus actos y de su cuerpo. El destino le había puesto en su camino a ese joven tan guapo que le proporcionaba placer y no le pedía nada a cambio. Estaba viviendo una experiencia maravillosa y no tenía por qué renunciar a ella. Mientras durase. Eran dos cuerpos que se atraían, sin más pretensiones. 

Después de dar rienda suelta a su pasión durante un tiempo más que considerable, él cayó rendido en los brazos de Morfeo. Ella aprovechó para levantarse a fumar un cigarrillo. Se asomó a la ventana, al tiempo que se ponía la camisa que él había dejado sobre una silla horas antes. La noche era fresca y mientras expulsaba el humo del cigarro, un aire frío entraba por la ventana. Le observó en silencio, su cuerpo desnudo todavía sobre la cama, boca abajo, durmiendo plácidamente. Era realmente bello. Cerró la ventana y se acercó a cubrirle con la sábana. Cogió su ropa, que había quedado desperdigada por la habitación, se vistió con calma y decidió marcharse. Se sentó un momento en la cama, observándole por última vez, como despidiéndose en silencio. Atusó sus cabellos ensortijados y le besó en la nuca. Él se movió ligeramente, pero no se despertó. Ella se puso los tacones, cogió el bolso y salió con sigilo de la habitación.

Quizá fuese el momento de tomar cada uno su camino. No estarían mucho tiempo más juntos. Al fin y al cabo, sus destinos eran distintos; de eso estaba segura. O quizá no. Ella pensaba que tenía que dejarle volar, pero quizá él quería compartir con ella su vuelo. Quizá. Quizá mañana volverían a verse y amarse. O no. Quizá…

 

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