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Lazos

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Este último año me ha enseñado mucho sobre el significado de la palabra trabajo y la actitud que algunas personas adoptan con respecto a ella.

He conocido a jugadores de equipo, a los que les motiva unir fuerzas con otros jugadores individuales y colectivos, para sacar adelante un proyecto común que satisfaga en mayor o menor medida a todos.

También a personas para las que el trabajo es un desafío individual; una forma de crecimiento personal; un camino a veces solitario y estresante, pero gratificante, en el que pueden ser ellos mismos, luchando por sus sueños.

Personas que diseñan un ascenso hacia la ganancia económica, el prestigio y el poder, dentro del cual todo vale en nombre de la ambición.

Amigos que (al igual que yo durante demasiados años) se lo toman como una actividad peaje, que no les identifica y solo les roba horas, pero tristemente necesaria para poder vivir en esta sociedad que devora dinero. Amigos amargados que van tirando y nada más.

Y vecinos que, por desgracia, se desesperan al ver vaciarse sus cuentas corrientes después de llevar meses y meses sin trabajar de lo que sea.

Nadie duda de que nuestra actitud frente al trabajo, sea alguna de las citadas u otra, favorece nuestras fortalezas y debilidades personales, hasta el punto de hacernos descubrir (para bien y para mal) partes de nuestra personalidad que nos eran desconocidas. Partes que hacen que los demás y nosotros mismos, nos veamos de pronto como alguien que creíamos que no seríamos jamás.

El descubrimiento al mundo de nuestras facetas enterradas inevitablemente cambia la percepción que los demás tenían de nosotros y puede favorecer la creación, el refuerzo o la desintegración de lazos de cariño y amistad con las personas que tenemos cerca.

Y a eso contribuye la coherencia que mostremos en la vida.

Sé que hay quien opina que es normal mostrar una personalidad en el trabajo y otra radicalmente distinta fuera de él, y que no hay que juntar las dos cosas. Que alguien puede ser un dictador en la empresa y un amigo excelente en la vida personal. Pero yo no comparto esa opinión.

Porque, esencialmente, siempre somos la misma persona.

Y aunque a veces dé miedo reconocerlo, porque nadie quiere ser «malo», todo está dentro de nosotros y somos nosotros los que elegimos en cada momento cómo gestionamos el trabajo y nos comportamos en él.

Sí, incluso si estamos muy estresados y tenemos muchos problemas (de los que los demás no tienen la culpa), o si tenemos a un jefe detrás que nos insta a hacer cosas que no queremos (casos éstos, en los que deberíamos replantearnos si ese trabajo es para nosotros). Incluso en estos casos, en los que parece que el exterior no nos da más opción que comportarnos de maneras que no nos gustan, seguimos teniendo opción.

No nos llevemos a engaño: alguien maravilloso no deja de serlo cuando entra en un despacho y un «tiburón» tampoco deja de serlo al salir de él.

Nuestra moral, nuestra ética y nuestros valores no deberían verse afectados dependiendo de si estamos en casa o en el trabajo. Y si esto sucede será porque, en realidad, o no tenemos unos valores consolidados o porque en uno de los dos lugares estamos fingiendo y por tanto somos infelices.

Así que, cuando alguien entiende mal conceptos tan poderosos como «ambición», «lucha en equipo por un proyecto común», «trabajo alimenticio» o «lucha por tus sueños», lo que sale perdiendo pues, son las relaciones personales.

Porque la ambición personal no significa (ni justifica) pasar por encima de los demás; porque en la lucha por un proyecto común, no debería dejarse a nadie atrás; porque no hay que perder de vista que un trabajo alimenticio, es en realidad, un trabajo que merma; porque para enfocarte y cumplir tus sueños, no tienes porqué renegar de los que hasta hace poco han ido contigo de la mano.

Este último año he visto y vivido muy de cerca todas estas actitudes. Algunas en amigos cercanos, otras en amigos no tan cercanos y otras en mí. Y he aprendido de todo ello que la felicidad no debe dejarse para luego, que hay que ser valiente, que eso que nos motiva y nos llena, por muy loco que parezca, siempre hay que intentarlo ; que trabajar en equipo es maravilloso cuando tus compañeros se convierten en amigos; que cuando la lucha por un sueño te vuelve egoísta, deberías revisar cómo estás cumpliendo ese sueño y que las acciones definen de manera más certera a las personas que las palabras y las buenas intenciones.

Me he prometido que cuando en mi trabajo, y en la vida en general, esté a punto de hacer algo que pueda afectar de manera negativa a alguien que me importa pararé y pensaré si eso podría romper el lazo que hay entre nosotros. Si la respuesta es positiva, por más remota que parezca, y si tengo que hacerlo sí o sí, me esforzaré en buscar la manera de hacerlo para que eso no ocurra.

Porque, a menos que vivamos completamente aislados, todos, incluida yo, necesitamos tener lazos con otras personas para vivir. Necesitamos parte de su cariño, su confianza, su apoyo, su amistad. Y ellos necesitan el nuestro.

Porque es eso lo que nos hace crecer en las relaciones laborales y personales.

Porque en esta vida no todo vale y en cuestiones de lazos, aún menos.

Ni para nosotros, ni para los demás.

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