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Porque yo no me vendo

Gato con diamantes

A menudo charlo con mi hija casi quinceañera. A veces son conversaciones de adolescentes y otras veces conversaciones de adultos; siempre aprendemos algo, ella o yo.

No sé si realmente se debe o no mantener según qué conversaciones con un adolescente, pero creo que ningún tema debería ser tabú. Deberíamos hablar de todo libremente. A veces procuramos ocultarles información que pensamos que no deberían conocer. No le contamos lo que nosotros hacíamos a su misma edad porque creemos que así, quizá, cambien el concepto que tienen de nosotros. No le hablamos de lo que hicimos mal para que ellos no lo hagan tampoco. Pero de los errores también se aprende.

Hace poco, en una de nuestras conversaciones salió a tema una pequeña historia de mi juventud (aunque, por aquel entonces,  era unos años mayor que ella). En mi etapa de salidas nocturnas, ligué con un chico que resultó ser el portero de una conocida discoteca de las afueras. Aunque nosotros coincidimos en otros lugares, un día fui con unas amigas a “su” discoteca. Me puse en la cola de la taquilla para sacar la entrada y él, al verme, me hizo un gesto para que me saltase la cola y pasase por delante. Podría haber pasado sin problema sin pagar. Pero decliné la oferta. Me quedé en la fila y pagué mi entrada. La cara del muchacho era de auténtico desconcierto; seguramente jamás ninguna chica se había negado a un pase gratuito. Y mis amigas también me miraron con cara de asesinas preguntándome si estaba loca por haber dicho que no. Pero yo seguí firme, con la cabeza alta, en la fila de la taquilla. ¿Absurdo? Puede ser. Se puede interpretar de muchas maneras, pero para mí en ese momento fue un acto de rebeldía, tan válido como cualquier otro.

Llegados a este punto, mi hija me miró sorprendida y me dijo: – ¡Mamá, tú eres tonta! ¿Por qué le dijiste que no? Yo le hubiera dicho que sí… pasabas gratis.

Mi respuesta fue: – Porque yo no me vendo. Simple y llanamente.

Supongo que a mucha gente le parecerá una idiotez, un gesto inútil o incluso soberbio, pero yo en aquel momento me sentí bien. Me sentí valiente y reivindicativa.  Posiblemente,  a la tierna edad de 18 años estaba forjándose mi futura  personalidad adulta y si algo me caracteriza es que no suelo hacer lo que todo el mundo hace, sino que hago lo que yo creo que debo hacer, independientemente de que el resto de la gente lo considere normal o no.

“Porque yo no me vendo”

Esa frase quedó en el aire y durante unos minutos reinó el silencio. Quiero pensar que dejó algún poso y que hizo a mi hija, al menos, reflexionar

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