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Quiérete

Besando el espejo

Que tenía sobrepeso ya lo sabía; “L” no necesitaba que todo el mundo se lo recordase sin que ella pidiese opinión al respecto.

Un día, “R” se armó de valor y se compró un vestido corto. Por fin se había atrevido a ponerlo. Se miró en el espejo. Observó sus piernas y la palabra “palillo” retumbó en su cabeza. Se dirigió al armario y cogió el pantalón estampado que le armaba un poco más.

Ideal le parecía a “C” el vestido de flores que se había comprado para esa primavera. Lo observó, colgado en la percha; luego lo apartó y sacó de otra percha el básico negro que todos decían que estilizaba.

Ésa era la carga que arrastraba. Era la más alta de la oficina y “M” ya estaba un poco harta de que todos comentasen sobre su estatura. Se compró unas preciosas sandalias de tacón por las que suspiraba hacía tiempo. La boda de su amiga era una buena ocasión para estrenarlas. Se puso el vestido y las sandalias y se miró al espejo. Antes de salir de casa ya se había puesto las bailarinas con pedrería. Los tacones, quizá, otro día

Realmente, tener poco pecho a ella le parecía una ventaja, aunque a su pareja le gustaban las mujeres con pecho exuberante, así que “S” se puso de nuevo el push-up con súper relleno antes de enfundarse su uniforme para ir a trabajar.

Estaba probándose el bikini cuando “B” sintió de nuevo esa desazón que le angustiaba al ver sus muslos llenos de hoyuelos de celulitis y su tripa colgando, fruto de sus dos embarazos. Guardó el bikini y cogió el bañador que se había comprado después de dar a luz a su segundo hijo. Era horroroso, pero apretaba sus carnes y hacía que pareciese que tenía un par de tallas menos.

Tenía la piel tatuada con un mapa de lunares. No había zona de su cuerpo que no mostrase varios. Las pecas de su rostro habían sido objeto de burla durante toda la infancia de “P”. Ahora intentaba ocultarlas tras maquillaje corrector, pero empezaba a estar harta de no poder mostrarse tal cual era.

Estos son sólo algunos casos. Una mínima parte de las mujeres acomplejadas por culpa de esta sociedad que actúa de juez implacable y pretende condenarlas (condenarnos) por ser como son. No lo permitamos. Amémonos tal cual somos, sin importar el qué dirán y sin permitir que nadie opine sobre nuestro cuerpo. Es nuestro; sólo nuestro. Y tenemos que aprender a vivir a gusto en él. Ahí radica la felicidad.

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