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Salir del camino

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Por fin ha llegado el día que has estado esperando los últimos dieciséis años. Y una sensación de pánico, que se mezcla con alivio y esperanza, te embota la cabeza.

Vértigo, incertidumbre, insomnio pero también sonrisas. Tu cuerpo y tu mente te dicen que eres libre y lo tienes claro: en lo laboral, ahora, vas a apostar por ti.

Desde que empezaste a trabajar a los veinte, dejando tus días y tus fuerzas en las empresas de otros, te has estado negando tus esperanzas y sueños. Hacerlo te parecía normal. Todo el mundo lo hacía, así que todo el mundo te decía que tú también debías hacerlo.

«Porque de las esperanzas y los sueños no se come, no se vive», te decían. «Porque nadie puede pagar una hipoteca, ni comprarse un coche, ni ir de veraneo a la costa mientras corre detrás de quimeras. Y lo importante es tener cosas tangibles, no perder el tiempo tras algo que no sabes si algún día se hará realidad».

«Porque, acéptalo, no puedes ser una persona de provecho, si te sales del camino productivo».

Y ese era para ellos, en esencia, el gran problema: que a menudo, para perseguir sueños, hay que hacerlo en nuevas rutas o rutas poco transitadas, y que en ocasiones, incluso, hay que ir campo a través.

Y eso es peligroso y está mal visto. Eso solo lo hacen los excéntricos.

Y tú no debes ser, jamás, una excéntrica.

Tú debes quedarte en tu lugar y producir y ganar y gastar.

Y así verás cómo todos seremos felices.

Te sabes ese discurso, llegaste a interiorizarlo y has intentado durante dieciséis años acallar esa voz interior que te decía que fueras excéntrica, que metieras los pies en el barro y te perdieras en el bosque.

Esa voz, que es tu verdadera voz, y que te incitaba a olvidar los mapas y usar tu propia brújula.

Tú sabías, porque te lo habían dicho, que nadie responsable se la toma en serio. Que casi todos la teníamos, susurrando desde nuestro estómago, pero que lo sensato era ignorarla, acallarla con ocio de fácil consumo o, como mucho, dedicarle una pequeña parte de tu tiempo libre. Todo eso la mantendría a raya, distraída, ocupada. Porque mientras ella estuviera dormida y tú no volvieras tu mirada a tu interior, todo estaría bien. Porque así apagarías su pulsión.

Lo intentaste, pero pronto te diste cuenta de que ignorarla hacía que tu voz interior se volviera más fuerte y gritara y arañara y doliera reclamando ser escuchada.

Así que hace tiempo, a escondidas del mundo, decidiste quitarte de vez en cuando los zapatos y probar a dejar una huella fuera del camino. Te miraste en el espejo, hiciste las paces contigo misma y te sentaste a escucharte, lista para tenderte una mano y abrazar tu esencia.

Gracias a aquella voz, que era la tuya, te atreviste a imaginar otra vida en la que podrías ser completamente feliz. Te diste permiso para soñar.

Pero cuando bajabas de tu nube, despertabas y te veías dentro del redil, todo volvía a ser difícil. Porque lo único que estabas cambiando era tu interior. Porque tu miedo seguía protegiendo el exterior, haciendo que nada en aquel plano mutara.

Aún vendías tus horas y relegabas tus inquietudes. Le mentías a la voz interior diciéndole que más adelante te pondrías a ello, que ahora no. Que ahora necesitabas dinero, formarte porque no eras suficientemente buena, ganar confianza en ti misma, rodaje, una web, una buena idea… que en aquel momento era aún imposible.

Le dabas tristes y temerosas excusas y cuando piensas hoy en ello sientes vergüenza.

Porque hoy, después de años de haberte repetido hasta la saciedad que no eres eterna y que deberías dejar de comportarte como si lo fueras; que deberías darte el tiempo que es tuyo; que deberías actuar antes de convertirte en una persona gris y amargada, hoy, has decidido por fin hacerte caso.

Y no te han impulsado a cambiar todos esos cursos motivadores que has hecho sobre cómo encontrar el trabajo de tu vida, cómo dedicarte a lo que te gusta o cómo vivir sin trabajar. En realidad, solo has necesitado pararte, sola, y hacer una reflexión profunda sobre algunas situaciones propias y ajenas, que te han tocado vivir estos últimos meses. Y a las nueve y media de la mañana, sentada frente a una taza de cereales solubles en leche de arroz, cansada y triste, te has hecho la gran pregunta transformadora: «¿y si ahora viniera la muerte? ¿Y si ya estuviera aquí, silenciosa, escondida en mi cuerpo?».

Y en el colmo de la dualidad la idea de la muerte ha sido, también en tu caso, el acicate para la vida. De pronto la taza tenía un borde más definido, el parque de enfrente de casa tenía una luz diferente, el sabor amargo de los cereales tostados era increíblemente intenso. De pronto la pulsión ha acelerado tu sangre y te ha puesto el vello de punta: estabas despierta.

Si te fueras ahora mismo, si la fiesta terminara para ti, ¿serías capaz de irte en paz con todo eso que sabes que aún te queda por mostrar y por vivir? ¿Cómo marcharías con todas esas historias, con todas esas imágenes, con todas esas vidas e ideas que te rondan la mente?

¿Cómo podrías cerrar los ojos sabiendo que te has pasado la vida reprimiendo lo que de verdad te ha hecho siempre única para que jamás viera la luz? Y si la ha visto, ¿cómo puedes sentirte satisfecha si en el recuento de tu vida resulta que lo ha hecho de manera breve, casi como una anécdota?

¿Cómo te haces a la idea de que vas a desaparecer de este mundo, que esto se acabó para ti, mientras sientes que la huella que dejas es principalmente la de una rutina predefinida que tiene una marca leve, que se pierde entre miles de huellas en una dura y transitada autopista?

¿Cómo te vas de aquí sin haberte dado el placer de saltar la valla, de quitarte los zapatos, de pisar con fuerza para dejar una marca heterogénea, profunda, que marque hasta las huellas dactilares de tus pies en el barro fresco, moldelable y virgen que hay más allá de la corriente por la que todos caminan?

Si lo piensas, y eres sincera contigo misma, verás que no puedes hacerlo.

Tu abuela paterna murió hace nueve años. Una de las últimas frases que te dijo fue: «La vida es una mierda». En sus últimos días de consciencia, y a pesar de que ella recordaba con cariño muchas cosas, tuviste la sensación de que quería marcharse porque creía que casi nunca le mereció la pena seguir. Y sentiste rabia y pena por aquello. Porque una mujer cariñosa y tierna como ella viviera así sus últimos momentos. Y entre lágrimas, tu voz interior, te hizo prometer que vivirías de tal manera que al llegar a esos momentos jamás sintieras aquello.

Y hoy por fin vas a empezar a hacerlo. Sientes cosquillas en la barriga, dolor de cabeza, incertidumbre. Esa certeza de que no van a entenderte, de que te juzgarán y mal. Pero también de que ya no te importa, de que aunque te lo has dicho muchas veces antes, eso de que no te importa, ahora sí es verdad. Y eso te hace sentir ligera, luminosa.

A partir de hoy todo depende de ti, de lo que hagas, de a dónde vayas, de lo que te muevas. El éxito y el fracaso; la reinvención o el estancamiento; la evolución o la rendición.

Has dado un primer paso y al lado de la autopista has encontrado un mundo salvaje. A lo lejos están los grupos de árboles, altos y majestuosos. Puedes escuchar desde aquí a los pájaros y a cada nuevo avance puedes sentir que el suelo de tierra que pisas es húmedo, fértil y fresco. La contaminación que adormecía tus sentidos se ha disipado un poco y te deja oler por fin la hierba, escuchar el rumor de los árboles y observar en los arbustos el rastro de los animales.

Respiras con profundidad y esa atmósfera diferente que te envuelve te llena. El vértigo te pincha en la boca del estómago y el miedo a lo desconocido intenta paralizarte, convencerte de que des un paso atrás. Pero lo tienes claro, lo sientes hasta en el alma, pase lo que pase en el camino, al final: «Todo va a salir bien».

Por fin ha llegado el día que has estado esperando los últimos dieciséis años, estás preparada y te mueres por adentrarte en el bosque.

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