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Zapatero a tus zapatos

limpiando zapatos

Mi padre va a enseñar a nadar a unos niños del barrio. Dicho así, la noticia no tiene nada de especial. Parece algo normal; pero no lo es. En absoluto. Primero: porque, en realidad, es simplemente un extraño sueño que he tenido esta noche. Y, segundo: porque sabe nadar lo justo para mantenerse a flote, así que convertirse en “monitor de natación” sería, casi, casi, un delito; o una locura, que para el caso es lo mismo. Hace más de 20 años que no da una brazada, desde que el médico le desaconsejó bañarse en la playa, porque el agua estaba demasiado fría para sus hernias. Y para cualquiera sin hernias -añadiría yo- porque las aguas donde confluyen el mar Cantábrico y el océano Atlántico no son precisamente cálidas. Como decimos aquí en mi tierra, está fresca (unos días más que otros) y si alcanza los 18º decimos que está buena (e incluso buenísima… a veces somos unos exagerados)

Todavía recuerdo el trauma que cogí cuando era pequeña y mi padre me adentró a la fuerza en el mar, a pesar de mi insistente negativa. Me veo en sus brazos, llorando a moco tendido, acercándome a unas olas que a mí me parecían enormes y que me podrían tragar. No sé cuántos años tendría; tres o cuatro, quizá. Creo que la agonía duró poco, porque alguien le dijo que no debía obligarme a adentrarme en el mar si no quería. Y, a pesar de aquella experiencia traumática, seguí toda mi vida disfrutando de las playas que me ofrece mi tierra natal. Pero el mar me infunde mucho respeto y, a día de hoy, sigo sin ser capaz de nadar donde no hago pie, así que me dedico a bracear en paralelo a la orilla. 

Y he llegado hasta aquí desviándome del tema del que quería hablar, que es que aquí todo el mundo hace de todo y sabe de todo, aunque en realidad no sea así. Porque este es el país de “Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio”...

Un día llegas a casa del trabajo y te das cuenta de que te has dejado las llaves dentro. Mientras echas un juramento en arameo, aparece un vecino solícito que asegura que él puede abrirte la puerta, que está “chupao”. Al cabo de cinco minutos, hay un despliegue de personal impresionante en el rellano de la escalera, ataviados con d.n.i. y tarjetas de crédito (parece ser la herramienta milagrosa para solventar tu despiste). Incluso la vecina del 4º ha traído su radiografía de cadera; aquella que le hicieron en los 90 y le dieron de recuerdo, por si, por una absurda casualidad, algún día le hacía falta; era su oportunidad…Ni que decir tiene que terminas llamando a un cerrajero, mientras tus vecinos van a la sucursal bancaria a pedir un duplicado de la tarjeta que han estropeado con el marco de tu puerta.

Nos ponemos a ver una nueva edición de “La Voz” y, sin tener ni idea de música (apenas sabríamos diferenciar un tono grave de uno agudo) nos atrevemos a juzgar a la persona que ha cantado. Como si de expertos en la materia se tratase, decimos (sin ruborizarnos): -“ha desafinado” o – “pues sus voces  empastan muy bien” (cuando, hasta hace poco, para nosotros empastar era lo que hacía el dentista con una muela picada…).

Los que ven un partido de fútbol, sentados en el sofá, saben más de balompié que el propio entrenador, y se sienten perfectamente capacitados para darle indicaciones al técnico o abroncar al árbitro.

Y así podríamos seguir… infinidad de renglones podría escribir sobre lo polivalentes que somos y lo preparados que estamos en todo tipo de materias. Pero la realidad es otra. Y, en el fondo, lo que yo venía a decir es que aquí somos todos muy listos… pero no todo el mundo puede hacer de todo. Como dice el refrán: “zapatero a tus zapatos”

 

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