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Blanca Portillo, saber ser parte de un todo

Blanca Portillo para Woman's Soul 1

Esta vez el encuentro es con Blanca Portillo, actriz todoterreno y directora y productora teatrales. La cita tiene lugar en las Naves del Teatro Español en el Matadero de Madrid porque allí estrena El cartógrafo escrita y dirigida por Juan Mayorga, uno de los mejores dramaturgos españoles. Obra que protagoniza con su querido compañero de profesión José Luis García-Pérez y que estará en escena hasta el 26 de febrero para luego girar.

Antonio Hernández (AH) – He leído que El cartógrafo va sobre la memoria y recuperar el pasado ¿tiene Blanca Portillo un pasado teatral que quiere y/o necesita recuperar?

Blanca Portillo (BP) – No es tanto recuperar como no olvidar. Lo que ha pasado es irrecuperable, evidentemente. Pero está ahí y deja una huella. Lo importante es no olvidar.

La función, y en mi vida personal y laboral, lo que intento es no olvidarme de lo que he hecho. De donde vengo. Cómo empecé. Cómo ha sido cada paso. Pienso que si te olvidas de eso pierde solidez el camino.

Eso en la función también se dice. Cuando un país pierde su historia, pierde solidez, pierde pie, pierde profundidad. El presente es muy tirano. Siempre quiere que miremos hacia delante y que nos olvidemos de las cosas malas.

Creo que es todo lo contrario de lo que hay que hacer. Lo que hay que hacer es no olvidar nunca.

AH – ¿Cómo hace usted para no olvidar?

BP – Yo recuerdo constantemente mis comienzos. Y cada vez que doy un paso hacia delante miro hacia atrás. Pienso que cada trabajo que he hecho ha sido un peldaño, un paso en el camino.

No olvidar nunca de donde vienes con lo feliz que eras, lo insegura que eras, con el miedo que tenías, para no dar nada por hecho.

AH He estado revisando ese camino profesional y he visto que va por períodos en los que se repiten directores y/o autores y luego se produce un salto ¿cuándo se sabe que uno tiene que cambiar o dar el salto?

BPYo he tenido la suerte que con toda la gente que me he encontrado ha querido volver a trabajar conmigo. Siempre que he hecho un trabajo con quien he trabajado me ha dicho que tenemos que repetir.

Con Tomaž Pandur he hecho tres espectáculos. Hicimos Barroco, Hamlet y Medea. Eso ocupó cuatro años de mi vida. Ha sido el único momento en el que he dicho ahora tengo que irme a otro lado. Necesito rehacerme, tomar todo esto que he aprendido y empezar a construir yo. Aportar todo lo que me había dado a mi propio camino. Y luego volver a juntarnos. La vida no lo ha permitido [Tomaž Pandur murió en 2016] pero teníamos un par de proyectos por delante.

Nunca descarto volver a trabajar con personas con las que he sido profundamente feliz. Creo que no hay que irse. Hay que airearse. Por eso tampoco creo en el matrimonio.

Hay que ser fiel a la gente a la que quieres, que te hace bien y te hace crecer. Pero hay que saber reciclar lo recibido en soledad, porque sino acabas teniendo la sensación de que necesitas apoyarte y yo quiero construirme a mi misma. Aunque tú te construyes en función de las cosas maravillosas que te van dando otras personas hay que tener un periodo de reflexión.

AH – ¿Fue ese período de reflexión el que hizo que decidiera dar el paso para ser directora de teatro?

BP Sí. Cuando vas acumulando información de gente tan buena y aprendes tanto, llega un momento en que empiezas a sentir el impulso de poner en pie algo por ti misma.

Aunque lo había intentado hace muchos años en proyectos muy pequeños, todo ese aprendizaje me impulso a decir “Y si me pongo yo al otro lado ¿qué? Tengo que poner en práctica todo lo que he aprendido como actriz y observando mucho el trabajo de los directores.”

Es una de las razones por las que hay que poner distancia. Para volcar lo aprendido en tu propio trabajo.

AH- ¿Qué le ha aportado el trabajo de dirección al trabajo actoral que ha hecho después?

BP – Yo creo que uno de los grandes problemas que tenemos los actores es nuestra incapacidad para ver la totalidad. Estamos muy preocupados de nosotros mismos, de la construcción de nuestro personaje, de cómo vamos a hacerlo, de quiénes somos. A veces se nos olvida que no somos nada más que una pieza dentro de un gran mecanismo.

A mi el hecho de haber producido y dirigido me ha ayudado a tener una visión de la totalidad. Entonces, cuando te pones a trabajar como actriz tomas conciencia del valor del trabajo de los otros y de lo que tú aportas. Aportas algo que es imprescindible, sin un actor ¿quién sale al escenario? Alguien tiene que salir, pero solo eres una parte de un todo.

Pienso que esa conciencia es muy sana. Primero para el ego. Segundo para generar, para ser creativos, para aportar al espectáculo, no solo a tu trabajo actoral.

A mi dirigir me ha enseñado muchísimo. Creo que una cosa se nutre de la otra. Cuando trabajo como actriz crezco. Y eso lo incorporo en el trabajo con los actores cuando dirijo, intentando que los actores sean muy conscientes de lo que significa montar un espectáculo. El mundo no gira entorno a nuestro ombligo pequeño de actores.

AH – Revisando su carrera se observa que ha hecho muchas mujeres protagonistas pero muy diferentes, desde María de Tobin a Hécuba de Eurípides ¿por qué cree que productores, directores y autores piensan que usted puede hacer cualquier tipo de mujer?

BP- No lo sé, pero sí que ha habido un afán personal en buscar personajes que fueran diferentes a mí. Hay actores y actrices que intentan llevar los personajes hacia ellos. Yo intento hacer los personajes más diferentes a mi. Ese es también un objetivo personal.

Esta profesión me ha permitido conocer partes de mí que desconocía, que no quería mirar. Eso te lo dan personajes que aparentemente no tienen nada que ver contigo. Luego vas descubriendo que sí que tienes todas esas cosas.

Yo creo que ese ejercicio constante y esa voluntad de hacer cosas diferentes es lo que ha hecho ver a productores y directores que puedo abarcar un abanico bastante variado de personajes.

AH – Incluso hombres, y perdone que caiga en el tópico de todas las entrevistas que le hacen. ¿Qué aporta una mujer cuando hace el papel de un hombre?

BP – Yo pienso que en el fondo somos más parecidos de lo que creemos. Que en las diferencias hay más convención social, carga social, que humana.

Nosotras convivimos permanentemente con los hombres, y los hombres con las mujeres. Somos observadoras y los analizamos mucho. Igual por carácter.

Cuando los interpreto trato de analizarlos como seres humanos, no solo como hombres. Busco lo que tenemos en común y resulta que tenemos muchas más cosas de las que creemos si lo miras desde el punto de vista humanista.

Otra cosa es que el mundo se ha construido de una manera determinada. Y ellos tienen el poder y nosotras la sumisión. O nosotras estamos en segundo término y ellos en primer término. Pero en el fondo nuestra sensibilidad no tiene porque ser distinta.

En cualquier caso aporto una mirada. Y eso es el teatro e interpretar personajes. Aportar una mirada hacia un ser humano.

AH – En su carrera hay muchos autores y directores masculinos pero hay pocas mujeres ¿a qué se debe?

BP – He tenido la suerte de trabajar con bastantes mujeres cosa que me ha dado mucha alegría. En cine con Gracia Querejeta, Azucena Rodríguez, incluso con Pilar Miró.

En teatro he podido trabajar con Helena Pimenta y no muchas más porque tampoco hay tantas. Hay algunas que tengo pendientes como Carme Portaceli. Hay gente intersantísima, pero hay menos. Esto es una desgracia.

AH – ¿Hay menos o es que tienen menos visibilidad?

BP Tienen menos visibilidad y hay menos. Porque el mundo está construido así. Ahora es casi un hito histórico que haya una mujer al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y otra mujer al frente de la dirección del Teatro Español. Y se ve como extraño. Nos queda mucho por hacer.

Yo no tengo reparos para ponerme a las ordenes de una mujer, sino que me encanta. Y de autoras. Desgraciadamente hay menos. Ojalá haya más. Yo estaré ahí siempre que se me requiera.

Yo dirijo también. Es decir, también voy dando codazos a ver si nos dejan un sitio. En el fondo creo que es una labor lenta y que ahora son ellos los que tienen que hacer el trabajo y darse cuenta de que no puede haber monopolios. Es ilegítimo.

AH – Hemos hecho un repaso rápido de su carrera profesional y llegamos a El cartógrafo que está en los escenarios en la actualidad ¿qué trae en la mochila a esta función?

BP Lo primero que me plantee es trabajar un texto de Juan [Mayorga] con Juan [Mayorga]. Le conozco desde hace muchos años y tenía muchas ganas de trabajar con él. No es habitual que un autor dirija. Fui hacer el mismo viaje que él hizo a Varsovia [lugar en el que sucede la obra].

Después de todos los personajes que he hecho, de lo que he dirigido, tenía una necesidad imperiosa de sentirme muy, muy, actriz colaborando con un director.

Desde el trabajo que hice con Tomaž Pandur no había encontrado esa sensación de colaboración plena. Porque en El testamento de María lo que hice fue aportar mi posible e hipotética inteligencia actoral. Pero Agustí Villaronga tenía el montaje muy claro en su cabeza. Sabía lo que quería hacer. Con Tomaž había sido la única vez en la que yo había podido dialogar sobre todos los aspectos del montaje. Ser una parte más del proyecto, más allá de que yo fuese actriz. Intuía que con Juan podía ser eso, y así ha sido.

Creo que el actor no es un muñeco con más o menos talento para hacer las cosas a las ordenes de un director. Creo que somos elementos creativos. Y con Juan traje toda esa mochila de información. Me marché a Varsovia a vivir lo que él había vivido para poder dialogar de tú a tú con él. Con su experiencia y con la mía. Y ha sido un proceso maravilloso.

AH – La obra ya estaba escrita ¿verdad?

BP – Sí, llevaba mucho tiempo escrita. Creo que desde 2008. Habíamos hablado varias veces de hacerla. Pero cuando además decidimos hacerla con dos actores siendo una obra escrita para 12 actores imponía una forma de abordar el texto distinta. Mucho más experimental.

Entonces intenté cargarme de todo lo necesario para dárselo. Para aportarlo al proyecto. El resultado nos hace sentirnos muy orgullosos a los tres y a todo el equipo artístico que ha colaborado. Porque ha sido un trabajo dialogado.

No sé si Juan cambiará en unos años. Espero que no. Es un director que escucha, que pregunta, que no da por hecho nada, que se autocuestiona permanentemente. Ese es el gran avance que está haciendo. Cada vez dialoga más y tiene en cuenta el punto de vista de las personas que tiene a su alrededor, después de un trabajo tan solitario como es el de la escritura.

Dirigir es dialogar con un montón de gente y lo está haciendo maravillosamente bien. El resultado está ahí.

AH – ¿Cómo de importante es el público para este trabajo?

BP – No solo es importante. Es fundamental. Sin él no tiene sentido. Todo este círculo se cierra cuando hay unos ojos que miran y una memoria que luego recuerda. Sin ellos no tiene sentido nada de lo que hagamos. Yo no hago teatro para nosotros, ni para el señor de la tele ni para el compañero de profesión.

Yo hago esto para el señor o la señora que va a una taquilla y paga con su dinero para ver un sueño. Para pensar, para imaginar, para crear en su cabeza. Sin ellos no tiene sentido nada.

AH – Siguiendo la temática de El cartógrafo ¿cómo de importante es que ese espectador no olvide?

BP – Yo creo que eso está en la función también. El teatro es parte de la memoria. Es la oralidad. Te puedes remontar a los cuentos de la abuela. Nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros bisabuelos contaron cosas a través de la palabra.

Y es a través de la palabra que el teatro entra en la memoria del espectador. Mientras alguien recuerde lo que ha visto y lo cuente a alguien ese legado permanece.

El teatro es efímero, desaparece, nunca más se puede volver a ver. El recuerdo está en el espectador. Lo que queda del teatro, se queda en el espectador que lo contará a sus hijos, a sus amigos, a sus nietos,… Mientras ellos sigan contando, nosotros seguiremos contando.

AH – Y para terminar ¿qué pregunta que no le han hecho le gustaría que le hubiera hecho en esta entrevista?

BP – No te sabría decir. Creo que me han preguntado de todo menos por mi vida personal pero por eso no quiero que me pregunten. No creo que falte ninguna pregunta.

Me han hecho las preguntas que yo me he hecho a mí misma. Incluso estas que tú me estás haciendo yo me las hago a mí misma. No siento que falte ninguna pregunta por hacer pero siempre hay alguien que aparece con algo sorprendente.

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