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Con la C: confiar

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Ahí fuera aún no es de noche, ahora la oscuridad se demora un poquito más y te da dos cuerpos de ventaja antes de llegar. Cuando empecé a escribir este post, hace algún que otro domingo, llovía, hacía frío; era una de esas tardes en las que apetece quedarse al abrigo del sofá y de aquel viejo jersey de lana gruesa que la primavera ya ha mandando a galeras. Calor destilado. Esos días en que el invierno, que aún se guardaba un golpe de efecto en la manga, se había empeñado en soltar todo el lastre de nostalgia. Quiero pensar que para dejar las alforjas vacías y listas para los almendros en flor.

Hoy, sin embargo, traigo los ojos llenos de sol y el salitre del mar pegado a los párpados, dibujando en ellos horizontes azules. Una tarde perfecta para apagar el mundo un rato, encender la luz tenue y suave del alma y disfrutar de la intimidad de ese dueto que es un “a solas con una misma”. 

Y, como en un ritual iniciático, me acerco al Gramófono y soplo el polvo de aquel disco que llevaba días esperando que le prestara mi voz para cobrar realidad, y le susurro al oído “adelante, pequeño, suena para mí” Y el Jazz suave se adueña de espacio. Un saxo, una trompeta, …un voz que te mira a  los ojos mientras te saca a bailar a la pista… A LA VIDA. Qué preciosa voz esta de Karen Souza, tan delgada y sutil, caricia que contrasta con el lamento de esa letra de amor hecho jirones.

Crepita el vinilo como si fuera lumbre, como crepita un cigarrillo cuando lo enciendes.Como crepitan los pensamientos al roce de algunas palabras. Y, conforme The Beatles se abren paso, a través de la bellísima versión de The Cooltrane Quartet, van crepitando los míos. Nada mece más y mejor que un saxo atravesando el aire y, después, ya puedes rendirte a la voz suave de Karen aunque hable de cristales afilados.

Que las canciones tienen un enorme poder sobre las emociones es innegable. Te mueven o te acompañan, te conducen o te paran en seco….; te descorren las cortinas de tus propios pensamientos. Te cuentan de ti, del momento en el que estás. Y hoy, mientras suenan los primeros compases de este Oh darling me pregunto ¿qué te dice a ti?.

¿En que orilla del verbo confiar te encuentras?
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Confiar. Precioso verbo que encierra la promesa de todos los futuros. Infinitivo absoluto del verbo amar que debería conjugarse en primera persona del plural (nosotros) y, desde luego, en recíproco.

Confiar es el juramento tácito más verdadero entre dos personas, los cimientos donde hasta un castillo de naipes cobra la solidez de la piedra antigua sobre la que puede elevarse una fortaleza. Confiar es la pared maestra de esa casa llamada “dos”.

Pero ¿hasta dónde?, ¿cuál es la medida exacta de ese impulso que no te devuelva al punto de partida ni, tampoco, atraviese todos los umbrales de la sensatez para dejarte vendido y vencido? Esa (medida) que te mueva las velas extramuros del miedo pero que conserve el corazón intacto.  Alquimia mágica ésa por la que se sabe, a ciencia cierta, que apostarlo todo al rojo no es azar, sino una jugada perfecta.

Uno tiende a guarecerse, alentado por los miedos que salen, como monstruos, de debajo de la cama (como cuando eras pequeño) y se alzan por encima de tu cabeza (de tu corazón ya ni te cuento) Porque, cuando un corazón se hace pedazos, cada fracción de él conservará el mismo impulso de salir corriendo lo más lejos posible de tus brazos que de arrojarse a ellos, suplicando que unas las trizas de nuevo y les des vida, como habría hecho Mary Shelley con Frankenstein.

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¿Cómo saber si quedarse a un lado de la alambrada o pasar al otro, a pecho descubierto y con las palmas de las manos hacia arriba, cuando te dicen “confía en mí, yo nunca te haré daño”?

Lo fácil son las palabras. Lo fácil es decir confía en mí; lo difícil es cerrar los ojos y dejar caer el corazón de espaldas y sin mirar en el último segundo, seguro de que habrá unos brazos que lo recojan sin permitir que caiga al suelo.

Hay a quien no le basta, ni siquiera, tenerte a corazón abierto y meter los dedos en él para, como Santo Tomás, cerciorarse de que seguirás ahí; hay, de hecho, quien ve gigantes en los molinos de viento y, como si llevara arena de otros desiertos en los ojos, no alcanza a ver lo que tiene delante y aventura traiciones fantasmas y, con ello, se traiciona a sí mismo arrancándose lo verdadero en aras de una verdad que es mentira.

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