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Construir tu propio nido

Construir ru propio nido

Pensar que a partir de ahora todo es posible. Pintar las paredes, sí, pelarlas antes, encaramar la escalera, untarse un poco y secarse la frente con la manga.  Tener la ilusión de construir algo, un hogar por ejemplo. Uno propio. Decidir que el amarillo se verá bien con la silla azul pacífico y que se prefieren los platos blancos a los decorados. Conseguir toallas, también para las manos y un bote de jabón líquido con aroma de vainilla o lavanda. Comprar en el rastro una mesa de noche con su lamparita, quizá dos, aunque sólo este ocupado un lado de la cama, y en el chino una alfombrilla de limpiarse los pies.

Decidir dónde hay más luz para poner la silla de leer, y darle a los libros lugares preferentes, repisas personalizadas: aquí la poesía, aquí las novelas para los días de lluvia, aquí los libros que evocan recuerdos, aquí los que deberías haber leído y aún no lo consigues, y así… al fin y al cabo serán una gran compañía en esta nueva aventura en soledad.

Un sacacorchos, un abrelatas, una jarra para el agua y una tetera. Cuántas cosas más se necesitan para que una casa sea una casa: un colchón, almohadas y mantas, sábanas, fundas, y algunas telas y cojines estampados para ponerle colores a las alegrías. Colocar cortinas en la habitación y en el baño, las cortinas son límites que separan la luz de la sombra, lo seco de lo mojado, lo mío de lo de los demás.

Las primeras tres noches tendrán sabor de hotel, sólo que nadie hará la cama, ni doblará la punta del papel de baño. Será una posada austera. El insomnio vendrá sigiloso e intentará que os hagáis buenos amigos. El silencio estimulará los pequeños sonidos que serán de nuevo monstruos, espíritus y animales feroces que harán crujir las maderas, chirriar las ventanas, y soplar los vientos fantasmales de la infancia.

En la madrugada seguirá inquietándote el tema de la decoración. Pensarás en aquel retrato familiar que tanto te gusta, ese día soleado en que estabais todos unidos y sonrientes, cuando aún vivía la abuela y tus padres no se había divorciado, ¿Dónde ponerlo? Quizá deberías colgarlo encima del comedor, o mejor en la alcoba más íntimo, aunque hay algo triste en ello, y quizá es momento de sacudirse la herencia genética y guardarlo en un cajón, por si fuera acaso eso lo que no te ha dejado llegar más lejos, irte antes, ser más libre.

Luego tu mente estará ocupada en el afiche de Jim Morrison con su mirada eléctrica, su melena felina, sin camisa y señalándote a ti y solo a ti, la chica despreocupada que pensaba que la vida era muy larga y se podía hacer y decir casi siempre lo que le viniera en gana, antes de darte cuenta que crecer implica otras cosas a veces no tan agradables y que hay que aprender a morder palabras y fingir sonrisas. Una imagen que quizá ya no debería seguir colgada en las paredes de tu vida, porque esa que señala ya no eres tú. Definitivamente no eres la misma.

La cuestión principal es qué mujer serás ahora que la vida te da la oportunidad de reinventarte. ¿Un poco excéntrica con un cojín de piel de leopardo sobre el sofá amarillo quemado, rodeada de amigos bohemios que fuman y sueñan?; ¿Tradicional con un mantel de flores y las servilletas a juego y esas amigas inseparables con las que tomaras meriendas frugales en el Parque del Retiro?; ¿Sofisticada con una lámpara geométrica en metal enhiesta y simple, visitando galerías, clubs privados y teatros? ¿Importan realmente esos detalles? ¿Vivirás intensamente esta nueva vida lejos del nido?, ¿Buscarás rápidamente una compañía para llenar ese vacío o en cambio alguien para casarte y formar tu propia familia, esa que ahora tanto añoras?, ¿Tendrás suerte y pronto llegará alguien a usar la otra mesa de noche?, ¿Esperarás mejor a aprender toda la sabiduría que esconde la soledad? Qué se cuelga, qué se pone, qué se tira, qué sirve y qué es inútil. Cartas, pliegos, piedras, qué se hace con el tiempo libre y esta nueva independencia. Una ciudad diferente, dos habitaciones una para ti y otra para ti también, calles adoquinadas, balcones de hierro forjado, segundo piso, cocina americana, Madrid, casi verano.

Ya no está mamá con sus cocidos y sus lentejas y esa manera tan perfecta de tenderte la cama. Ya no está tu vecino de la puerta de al lado que tanto te hizo suspirar y llorar y escribir cartas estúpidas que terminaron en la papelera. Echarás tantas cosas de menos, lo que menos te imaginas, los pelos del perro en tus chaquetas oscuras, el olor de la madera en los días de lluvia, el abrazo de oso de tu padre sin afeitar.

Desde el balcón de tu nueva casa se escuchan gentes en la terraza, hablan fuerte con bebidas heladas sobre mesas desvestidas, bajo sombrillas coloridas, comentan la vida, parecen no necesitar a nadie más que a sí mismos. Dicen que eso se consigue con los años. Cuánto camino te queda todavía… un poco de labial, camisa de flores rojas y ¡a la calle, pequeña recién llegada! que a partir de ahora esta historia solo podrás escribirla tú.

Adriana Jaramillo Seligmann

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