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Cuando las fiestas duelen

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Los días de sol helado en medio de un cielo azul cobalto te recuerdan que se acercan las fiestas de un año más. El vaho que se te corta entre la bufanda, es ese suspiro que ahogas cuando piensas en los que ya no están. La retahíla aguda de la lotería, el olor naranja de las gambas, la textura arenosa de un mantecado de vino, las pequeña luces diminutas que pululan en balcones y árboles de barrio, las figuras desportilladas de un Belén, todo te rememora a la infancia que se ha desvanecido, recuerdos que aún palpitan, y que ahora se esfuerzan en convertirse en una alegría reciclada para los hijos.

Aunque no te haga ilusión participas de la algarabía comercial, te gastas más de lo que puedes y sabes que da igual porque lo que verdaderamente añoras, no lo podrás comprar. Al menos así piensas que harás felices a otros,  a veces no te das cuenta pero es lo que haces todos los días, pensar en la felicidad de los demás. La tuya está atorada en algún punto del camino, pero no sabes exactamente cómo encontrar una nueva luz, exprimirle alguna gota más a esa ilusión que se te ha ido secando. No estás tan mayor, pero ya no eres ciertamente una jovencita. Hay cosas que notas que te cuestan más, por eso te cuidas de tomar solo una cerveza y ser muy medida con las comilonas, porque luego te pasa factura, porque ya no te sale el baile del cuerpo, porque sientes que no te enteras de lo que hablan, o simplemente no te interesa demasiado. De un tiempo acá, prefieres sentarte, escuchar el murmullo y callar. Los abrazos de los hijos son tu mayor consuelo, verlos sanos, sonrientes… tendrán sus cosas, como todo el mundo, pero están haciendo sus vidas lo mejor que pueden, tenéis poco en común pero siempre serás esa madre que lo ha dado todo, esa esposa que se coge el trozo más pequeño, la misma que cuando había niños se quedaba sin siesta.

Te has esmerado en el pavo, en las patatas al horno, en el flan de chocolate, has comprado jamón del bueno y paté de pato de verdad. Los besas y repites la misma frase de siempre, que la salud es lo importante que lo demás da igual: ya tu hijo encontrará un trabajo a pesar de llevar varios meses en el paro y tener dos niños pequeños, ya tu hija conocerá a un buen chico si es que logra mandar al diablo a todos esos inútiles que se le pegan a la piel. El año nuevo llega con buenos deseos y nuevas esperanzas, tú también quieres creerlo, tú también necesitas creerlo. Aunque a veces te gustaría despertarte y que sea ya diez de enero para que se hayan evaporado los fantasmas del pasado como las burbujas del cava.  Para dejar en paz a esos recuerdos que en estas fechas duelen: las manos pecosas de tu madre, los abrazos carrasposos de tu padre, la sensación de ser una manada con todos los hermanos, las risas, el juego, la ilusión de estar juntos… tanta felicidad sencilla que no sabes en qué momento, con las prisas de ir resolviendo el día a día, se te ha ido fugando de los años.

 

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