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Decisiones y dudas

decisiones y dudas

Me acabo de levantar. Escenario delante de mi: Libre albedrío hasta la hora de mis planes en sociedad.  Con este sol que está a punto de convertiste en lluvia tengo dos opciones: o me voy a correr y disfruto de mi salud o me tomo un café y luego voy a correr.

Cosas de las debilidades humanas, me voy a tomar un café y luego ya veré..

(vamos mal… ya tengo a mi pepito grillo torturando a las 8 de la mañana mi recién estrenada calma del día). Como suelo seguir mis instintos y no a pepito grillo me dirijo al sol con un libro que tengo relegado a cuando esté centrada porque es muy denso. Si me espero a centrarme del todo no lo leeré nunca. Me lo llevo hoy.  Mi libro se llama : 

“Las Decisiones que Jamás tomé” 

Las decisiones empiezan a gestarse cuando algo se te coloca mal en algún lugar del alma y tienes una pieza que no encaja bien en tu perfecto puzzle, cuando hay algo que tienes que resolver. Pero tienen un tiempo corto de vida. Aviso y nota para navegantes que tengáis que tomar una. Este es su ciclo de vida:

Las decisiones pasan a hechos cuando las ejecutas.

A dudas si las alargas mucho.

A frustraciones si dejaste de hacerlo.

Y a eternas  preguntas de lo que pudo haber sido, y ahí ya se quedan para toda la vida, ocupando espacio que puedes llenar con mejores y mas luminosos sentimientos. 

Y ¿ qué pasa con las malas decisiones? Se convierten en un nuevo tema a resolver al que habrá que darle otra salida y otra nueva decisión que ya clasificarás.  Pero con el título decisión no te puedes alargar mucho tiempo porque se te desvanece en las manos y ya ves… se transforma… hasta llegar al momento en que pierdes potestad y alguien la toma por ti.

También están mis favoritas: las buenas decisiones.  Esas que te producen un momento de salto al vacío, pero que  te dan una red sólida y nuevos caminos de luz.

Cuando tomas una buena decisión, es muy agradecida, porque como las abejas a la miel, después de una , van más  y se arregla todo, conformando un maravilloso paisaje.

Las difíciles no son inmediatas, pero con un primer pasito, te sacan de donde ya no quieres estar por mucho tiempo. Y te abren nuevas ventanas y nuevas escaleras cada vez menos resbaladizas.

¿Y cuándo sé que debo tomarla? Sencillamente cuando no eres completamente feliz en algo.

Me contaba un amigo algo muy metafórico con referencia a aquellas cosas a las que nos resignamos, algo  que me hizo pensar, como casi todo lo que dice: “Yo siempre voy buscando el sol en mi vida”. 

A mi como a la mayoría de los seres vivos me gusta el sol. Animales, plantas y personas de manera instintiva buscamos el sol. A no ser que tengas alguna patología y no sabes elegir otro lugar más cómodo que la sombra. 

También puede ser que vivas en Londres, así que patología o no, lo tienes más difícil. 

Me gustó muchísimo y me sirvió de inspiración aunque tuve un sueño esa noche bastante revelador y algo complejo, comparando mi paisaje con la vida misma…

Amo los paisajes de playa, arena, mar, sol, rocas, árboles, gente… y era el paisaje de mi sueño.

La playa, que es el puerto y tu vida diaria  la controlas.

La arena, como las personas, nos carga de energía, pero a veces, como gente que no queremos, se pega y no hay manera de que se vaya. Mejor la arena de piedrecitas que es más sabia,  te acompaña en tu momento idílico y luego sabe que se tiene que ir, quedarse donde la encontraste porque pertenece a ese momento. 

El mar es la inmensidad de la vida donde controlas menos y está lleno de peligros, con lo que mejor que sepas nadar o flotar o fluir, para no extenuarte y ahogarte.  

El sol que da luz, que representa tu alegría y tus mejores momentos, aunque no siempre sale.

Las rocas maravillosas que pueden servir de obstáculo o como puente a otra playa mejor y los árboles que dan sombra cuando casi te quemas, pero cuidado que mucho tiempo bajo el árbol te hace dependiente y mucha sombra da frío.

Y la gente, esos anónimos que aparecen cuando la playa está llena  y a mi me agobian tanto. 

Cuando está a medio llenar,  vas eligiendo donde te pones, y si está sola es maravillosa, pero por un rato. Cuando ya te has curado por dentro, necesitas gente en tu vida con quien compartirte. La naturaleza nos da todos los ingredientes para elaborar nuestro mejor cuadro interior. Ahora bien…¿sabemos decidir? ¿sabemos detectar lo que es una decisión? Y, ¿sabemos cuándo es el momento de tomarla?

Podemos llegar a la playa, que es como la vida misma, y cargarnos de cosas por si acaso las necesitamos. Coche cargado, andando  pesadamente con nuestras mochilas a cuestas, descargando en la playa todo el setting, y vigilando que no te quiten nada… ya ves, ¿no?

Incrustando tu toalla o toallas con todo tu stand de cosas que luego te van a incomodar más que otra cosa. O podemos ir ligeros, casi sin nada, casi sin toalla. En mi sueño iba con mi pamela para quedarme más rato y un pareo que ya llevaba puesto, andaba ligera. Elegí una playa de arena de piedritas, para jugar con ellas, para hacer dibujos en la arena, para descargar mi energía, para tumbarme piel piel con ella y para al levantarme a bañarme dejar las pocas que quedaban en mi piel en su lugar natural. No podemos llevarnos lo que no es nuestro, no podemos sacar de su ecosistema natural lo que no es de nuestro ecosistema.  A mi lado gente descargando sombrillas, libros, neveras, música para todos…hay personas que se manifiestan demasiado. Como iba ligera de equipaje no me costó nada seguir andando hacia las rocas y seguir descubriendo donde yo me sentiría mejor, y de paso ver cosas nuevas, paisajes nuevos, y llegar a un nuevo lugar. Si era peor, retrocedería, pero como siempre en estos casos, había un nuevo oasis detrás. Detrás de mi, una madre gritaba a unos niños cerca de mis rocas que se iban a caer, que se iban a matar, que quería verlos, que volvieran corriendo. Tal vez la madre podría haberlos acompañado para protegerlos físicamente, y de paso dejarlos volar y erigirse en un rol más libre y más completo que ser la guardiana de su chiringuito montado en tres toallas. Y de paso disfrutar ella un poco más. Llegué a una nueva cala y decidí bañarme. y al nadar, que pierdo la noción de la distancia , nadé más de la cuenta. En mi tesón de extremar mis experiencias me herí y necesitaba volver pero me iba a quedar sin aliento. Y en mi tesón de alejarme de casi todo el mundo en algunos momentos no había nadie que me ayudara. Los peligros y algunas decisiones llevan soledad implícita. Mejor fluir, o en este caso flotar. Eso que a los controladores nos cuesta tanto. En lugar de dejarse llevar, nadamos hasta la extenuación y eso no es sostenible. Nadie puede nadar todo el rato y para siempre. Lección para aprender. Tenía que tomar esa decisión: fluir. El ruido de una lanchita cerca me hubiera molestado en otra situación, pero como siempre, las cosas pasan por algo. Un hombre en una lancha que se me acercó y me socorrió cuando me estaba casi ahogando. Me ayudó a subir y me dijo.. mira en esas rocas hay un árbol. Así puedes descansar y no te da tanto el sol. Acepté encantada por ese milagro. Llegamos a las rocas, y me recuperé. Hablábamos debajo del árbol y de vez en cuando él se movía hacia el sol para recuperar rayos. Era una persona de esas que empiezas a hablar y anochece y no sabes ni cómo ha pasado. Conexiones una detrás de otra. Y entonces me dijo, ¿vamos a buscar el sol?. En otro contexto me hubiera parecido la frase más bonita del mundo, pero sentí que es una persona de esas que siempre se despiden. Cogimos la lancha y fuimos a la playa de nuevo. De nuevo la gente, los gritos, la arena que se pega… ahí empecé a echar de menos el árbol. El me dijo que era maravilloso pero que dan sombra. Que no puede vivir en la sombra. Que la sombra le recuerda a sus desdichas, al lugar donde nunca quiere estar. Ni tan solo un momento. Me parece que debe ser muy incómodo ir siempre en busca del sol. Tal vez tengas que tomar algunas decisiones. Porque en la vida hay muchas sombras y tendrás dolor de cuello y de espalda si siempre vas a escaparte de las sombras. Tampoco puedes ser infeliz a partir de la puesta de sol.  Era un ser especial. Con más sombras que luces. Pero cuando sacaba su luz, era inmenso, brillante, casi deslumbrante. Y cuando cerrabas los ojos veías su silueta tatuada en tu córnea mucho rato. De aquellos seres que perduran en el recuerdo. Decidió vivir la mitad de su tiempo. 

En aquellos lugares donde sólo había sol o moviéndose todo el rato para buscarlo. Sólo se sentía cómodo en el calor y la luz.  En otro tiempo hubiera tratado de convencerle. El sabía que necesitaba algún cambio, y lo hacía sólo. Lo encontré en una playa pero lo visualizaba más cómodo en un desierto.  Le hubiera dado consejos, filtrados por mis buenas y malas experiencias, y por algún deseo oculto de permanecer con él más tiempo. Pero tomé la decisión dejarlo ir, porque siempre sabría que a la puesta de sol lo iba a perder, que se me iba a desvanecer todas las veces en el mejor momento de la conversación, y así lo mejor para él y para mi era devolverlo a su ecosistema. A su decisión de vivir todo el día pero sentir la mitad del tiempo. 

Me dejó en la orilla y caminé hacia mi destino de vuelta. Era de noche, y yo sentía mucho calor, aún sin sol,  mucha luz, la de las estrellas, la de la luna, la de mi recuerdo y la de mi misma, que ya se había encendido. Y en el sol o en la sombra no se iba a apagar. Porque hay que saber flotar en las sombras y encontrar a alguien que como mi caballero de luz, me sacó de ella. Aunque no estuviera jamás acompañándome en la sombra misma.

Esa fue mi gran decisión. Y encontré un gran maestro. 

Decide encenderte y no apagarte más girl… no hay más luz ni mejor decisión

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