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Del amor y otros palabros

Del amor y otros palabros | Woman·s Soul

Al igual que llamamos Dios a todo aquello que no podemos explicar o que sólo se puede revelar a través del don de la fe, bautizamos con la palabra Amor a esos miles de pequeños sentimientos confusos, difusos, que nos hacen cambiar de opinión, que nos suben y nos bajan de la montaña del alma, merced a los cuales hacemos las pocas cosas que merecen la pena ser hechas.

Cuando sentimos algo por primera vez, no tiene forma ni contornos, es como cuando nace una idea que todavía tiene mucho trecho para hacerse algo concreto, como un ruido lejano que no estás seguro que de verdad hayas escuchado, pero que poco a poco se va haciendo persistente. O lo descartamos por su escasa importancia o a veces, y esto es destacable, lo desechamos también, pero por su excesiva relevancia.

En cambio, si el sentimiento persiste, necesitamos poner orden a esa sensación dispersa e incómoda de que algo no tiene nombre ni categoría; que no podamos llamar a ‘eso’ de ninguna forma concreta ni auto explicativa parece restarle veracidad a la realidad. Así que desde un punto de vista práctico poner nombre a casi todo nos calma porque de lo contrario nos veríamos obligados, como en una especie de día de la marmota constante, una y otra vez, a volver sobre el mismo punto y a interrogarnos continuamente sobre el fenómeno —Hay opciones entremedias claro, pero me interesa el extremo—.

Y entonces llega la socorrida palabra que tanto nos conforta y a veces se nos ocurre llamarlo amor. Solemos quedarnos un rato tranquilos como el pacífico tiburón ballena, flotando apaciblemente en el agua calentita y abriendo nuestras fauces para dejar entrar en el cuerpo todo ese plancton para que nos alimente.

Cuando me pongo fabuladora me da por pensar en un mundo en el que la palabra amor, junto a muchas otras aparentemente trascendentes no existieran. Un mundo en el que las palabras fueran pocas e importantes, que no sirvieran para juzgar, categorizar y clasificar, sino para pronunciar las pocas cosas que merecen la pena ser pronunciadas para seducir al silencio. Pensar que en su lugar habría miles de interesantes pequeñas burbujitas de distintos tamaños que, al igual que el montón de diminutas estrellas que nos miran cada noche desde la atalaya del firmamento, simplemente estén allí haciendo su efecto, simplemente siendo, brillando, no para ser vistas, sino que sea como latir para el corazón o respirar para el pulmón: natural y nada más.

Y entonces llega la imagen de mis hijas y todo se me va al traste. El nombre, la palabra no tengo ni que trabajármela, no tengo que pensar en si lo que siento es contingente o no porque en realidad me termina dando igual el nombre que le ponga. Sé, de una manera absurdamente clara que lo que siento es tan absoluto, tan lúcido que, aunque no tuviera nombre, se llamaría, comería, hablaría y se movería como ellas. Por las noches iría a donde esos seres-palabra y, aunque no los nombrara, les daría un beso ya dormidas y sentiría lo que siento cada noche al verlas dormir: que hay cosas inexplicables que se arredran en las notas marginales de cualquier tipo de registro y que están escritas con zumo de limón. Sólo un poco de calorcito y se revela en la boca del estómago esa mezcla de horror a que sufran envuelto en una sábana de ternura, de esperanza, de promesa, de necesidad que sean mejores que yo, de necesitar ser mejor sólo para que ellas puedan verlo y disfrutarlo.

Los hijos nos abren la puerta a una dimensión a la que es imposible acceder de cualquier otra manera, que es incomparable con ninguna. Es verdad, hay padres de padres, pero los hijos son la oportunidad de una cantidad infinita de plancton que nos deja a los tiburones ballena con una obesidad tan mórbida como plácida. Y es verdad, cuando llega otro niño a la familia, uno se pregunta cómo es posible que uno llegue a querer a alguien tanto como a este otro renacuajo. Pero se puede.

Y entonces sé de inmediato la importancia de la palabra Amor, para qué sirve, me doy cuenta que es una de esas pocas palabras relevantes.

Lo demás… quién sabe.

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