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Días señalados que señalan la vida.

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Me gustan los días que significan algo. Esos stops en el calendario que te devuelven momentos o personas importantes, que rescatan una parte de tu historia y te la traen a la orilla de nuevo, como un mar obstinado que arrojara una y otra vez a tus pies una botella que ya abriste. Me gustan porque se es quien se es (también) por lo que se ha sido y por “con quien” se ha sido; de modo que ese permiso a la nostalgia no deja de ser un canto al presente, una forma de re-pasar los dedos por los bordes de nuestra propia alma, por los nudos que la vida ha dejado en ella, por cada uno de los círculos que dibujan el tronco de ése árbol en el que te has convertido, con sus ramas y sus flores.

La mayor parte de las personas que conozco no son muy de fechas. Dicen que no tienen memoria suficiente para recordarlas, o que lo importante no son los días concretos sino el sentimiento. Disfrutan a tiempo presente del presente, olvidan lo malo sin guardar posos en el fondo de los baules, ni siquiera por no caer dos veces en la misma piedra, y no conservan fotos cuyos colores tiren a sepia.

Mi calendario, por el contrario, tiene balizas bien señaladas y, si las sigues como si recorrieras una ciudad antigua, haciendo altos en cada una de las piedras que guardan su memoria, puedes hacerte una idea de quién, cómo, por qué e, incluso, para qué soy (y posiblemente también del resto de las preposiciones).

Fechas: señales en tu identidad, señas de identidad. 21 de agosto, 2 de abril, 17 de octubre, 21 de junio y un puñado más, de esos de los de una sola mano, que son los importantes, entre los que se contaba estos días uno en concreto, el 28 de julio. En él, hace dos años escribía esto que ahora rescato para este post:

Hay fechas que se fijan en el calendario, se apoderan de él y lo hacen suyo; fechas en las que uno comprueba la viveza del recuerdo, agazapado mientras aguarda con paciencia su lugar, sabedor de su cualidad de improrrogable.

Re-memorar, bonita palabra.

Hay fechas en la que, si uno cierra los ojos, puede volver atrás y re-producir momentos, sensaciones, y darse cuenta de que se es la suma de lo vivido y que, por eso, lo importante siempre es sumar. Y re-corres la dirección de la cicatrices que la vida va dejando impresas en tu piel y te das cuenta de que, a veces, la vida te regala dos minutos cero. Que re-novarse por imperativo vital, gota a gota, con el pecho roto, es parte del camino.Y al abrir los ojos re-pasas una vez más el milagro que es vivir y re-cobras la respiración que, por un segundo, el recuerdo de los leones te ha arrebatado. Y sigues caminando agradeciendo que el frio dejara de colarse por tu nuca.

Releo las que fueron mis palabras entonces, que siguen vigentes como vigentes seguirán siempre, y me doy cuenta de lo bueno que traen las fechas que te recuerdan agradecer “a la” vida y agradecer “la” vida y no quiero renunciar a tener un día de cada uno de los años venideros en que actualice la alegría y la celebración de estar vivos, y le de cuerda, como a los relojes antiguos.

Porque  hasta los momentos dolorosos o, incluso, más ellos que cualesquiera otros, pueden re-avivar no sólo el dolor sino también el impulso de seguir (más y mejor, siempre). Te recuerdan que eres resistente _del verbo resistir_, que eres fuerte e, incluso, por qué no, que eres grande. Y te hacen volver a valorar la mera existencia, si es que lo has perdido de vista momentáneamente; porque eso es lo que tienen las obligaciones, el madrugar, los horarios fijos, el seguir sin parar… que a veces no nos dejan tiempo para recordar la vida, o se nos pierde en el horizonte y no está de más volver a mirarla a los ojos y brindar con ella, siquiera sea ese día marcado en el calendario, y mecerte en sus brazos con un vals de esos antiguos enredado en los pies.

Sí, me gustan las fechas señaladas. Si son de vivencias felices, traerlas del pasado al presente es recrearse (y re-crear-se) en ellas. Si los recuerdos son de vivencias tristes o adversas, nada te repondrá al estado anterior a ellas pero obviarlas tampoco hará que desaparezcan; es más, ocurre justamente que el pasado más triste suele ser el más presente. Pero a veces (sólo a veces) en él puede subyacer, a pesar de todo, una llamita de paz, de luz, de energía o de amor que ese día señalado puede encender para calentarte el alma y a veces (sólo a veces) uno puede elegir elevar esa llamita por encima de la pena o la rabia, del dolor, de la impotencia.

Desde aquellas palabras, y desde la baliza a la que aluden, se ha sumado a mi calendario alguna que otra herida, alguna que otra cicatriz más y alguna que otra ausencia dolorosa; y también quedaron marcados días felices, de esos que te recuerdan quién eres. De todos conservaré algo: de los primeros, el saber curar heridas y la dirección que ha de tener la linea que marcan los pespuntes de los rotos, para no salirte de ella jamás; de los segundos, sobre todo la ilusión, y la espada (la palabra, sin más) con la que he ido abriendo camino para hallar el camino. De todos, la gratitud y  la fuerza que hace que sea quien soy …porque no queda más remedio y porque es el mejor remedio. 

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