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El adiós y las cuevas

Gran vía Madrid

Una de las cosas que echo de menos de mi vida estudiantil es poder ir al cine toda la tarde y parte de la noche. El estado que me solía asaltar tras una tanda de “éxitos encadenados” como me acostumbré a llamarlo de forma cariñosa era entre ausente y melancólico. Cuando sales por tercera vez en un día de una sala de cine, el mundo de afuera te parece de mentira. Como si lo real fuera eso que has estado viviendo por dentro, sentado, inmóvil en una butaca, al volante de ti mismo, mirando una historia creada por otro.

Hoy podría haber hecho una sesión de éxitos encadenados. Lo tenía todo planeado: dejo a Q con una amiga, A se queda en casa y luego baja a jugar; a las 5:30 me sumerjo en el metro, iré justita, tendré que correr al salir en Plaza España y tardaré más de lo normal por el río de gente que baja a esa hora por la Gran Vía que es, sin duda, una de las calles más bellas del mundo mundial: a prueba de marcianos. Luego la siguiente película, Carol a las 20:30.

Se cumplieron casi todos mis pronósticos: llegué 5 minutos tarde y sin resuello a mi fila-butaca, tan sumergida ya en la penumbra que no pude ver en cuál me senté. Despojada de las capas de cebolla invernales me interné en la habitación con lucernario que aparecía en la pantalla, en lo que parecía ser la cotidianidad de una madre en la convivencia con su hija pequeña.

Al acabar la película, aborté voluntariamente mi plan inicial de éxitos encadenados. No tuve fuerzas ni ganas para ver nada más. Salí de The Room tras esperar a que gotearan los créditos con la absurda ambición de retener los nombres; luego, atropellada por el paso precipitado de las letras y negociando conmigo misma, decidí que sólo los importantes. Ya no retengo ni un sólo nombre, pero se me quedaron atrapadas dentro todas las metáforas visuales de un guión poético.

No podría hacer un resumen de la trama sin estropeársela a quien tenga el valor de ir a verla. Porque hace falta valor, es una película dura que llega a doler. No creo poder valorarla en términos de si merece la pena haberla visto o no. Cada vez más tengo la impresión que las cuestiones importantes no se plantean dentro de nosotros en términos de intercambio, es decir, si recibes más de lo que entregas. El saldo no siempre está claro, no sólo por la obviedad de que nos falta información, sino sobre todo, porque carecemos de la capacidad necesaria para procesar toda la que tenemos al mismo tiempo. Por eso el saldo, la conclusión, el juicio es tan solo una ilusión engendrada por un ego que invariablemente quiere tener la razón.

Cada vez más creo que el saldo posible consiste en ese solitario primer escalón del que luego dependerán los demás para hacer la escalera, esa que te conduce, a veces serpenteando, a veces recto, hacia perspectivas que no habrías visto sin el proceso de subir cada peldaño, sin la eternidad de todo lo que has dejado atrás cuando ya estás arriba. Quizás, más aún desde abajo.

Para comentar The Room hay que centrarse en las enseñanzas que deja. Porque The Room me enseñó cosas. La importancia del adiós. El tamaño del mundo, que se proyecta en líneas imaginarias hacia adentro; también que el mundo de afuera determina el de adentro, dialoga con él hasta llegar a un contrato de mínimos que puede ser común estemos donde estemos; que la belleza del árbol se puede replicar en una sola de sus hojas aunque esté muerta, sola, descoyuntada del total, mojada y abatida por la inclemencia del viento; que los padres nos tocan y no siempre podemos elegir lo que nos queda de ellos ¿o sí?; que la biología es una causa, no una relación y sólo una donación, si el amor, lo cotidiano no la transforma en algo más; que las cáscaras de huevo sirven para hacer guirnaldas de cumpleaños si tienes paciencia de coserlas con hilo y aguja, de pintarlas. Que la maldad es terrible, pero nos habita a todos y también puede hacernos mejores.

Si tengo que elegir, me quedaría con dos ideas: el adiós y las cuevas.

El adiós

Hasta ver The Room nunca había pensado por qué desde pequeña al marcharme de un sitio donde lo había pasado bien decía mientras me alejaba en dirección contraria a mis ojos y a mi mano que se despedía: —adiós playita, adiós abuelita, adiós casita, adiós perrito, adiós Luisa, adiós…—. He repetido como por inercia y sin conciencia la misma costumbre con mis hijas: —niñitas, digan adiós a la casita del pueblo, saluden a la casa de Madrid, háganle un cariñito al coche por habernos traído a casa y díganle adiós a esa playa tan chula—. Como un juego. Desde la perspectiva de los adultos un juego un tanto cursi, pero empequeñecidos y otra vez maravilladamente enanos, nada es cursi, todo es igual de importante, el mundo es enorme, misterioso e inabarcable: somos inmortales porque el tiempo no existe.

The Room me ha hecho consciente de lo importante que es saber decir adiós a las personas, las cosas, los momentos, a la vida. Como un ritual de respeto por el cambio que es la constante vital replicada en cada uno de nuestros latidos, siempre los mismos, siempre diferentes. Cambiar, soltar lastre es reconocer la importancia de lo que nos ha traído hasta allí, de lo que dejamos atrás, es trazar una línea entre lo que nos retiene y lo que nos impulsará a subir más arriba aún, aquello sin lo que no subiríamos. Decir adiós nos ofrece la posibilidad de recibir lo que venga, de subir en el globo para ver nubes nuevas, de internarnos en la lluvia, en un cielo más claro; o más oscuro para que nos parta un rayo de una vez, pero construir la pequeña historia de nuestra vida con un ritual, un hito, un punto de inflexión, que da permiso a seguir con la ropa limpia y planchada, vestidos de domingo. Desde un allá que sólo se veía desde aquí, porque desde aquí, el allá ya es otro, como el camino de ida y el de vuelta cuando vas en el coche mirando hacia delante y luego miras hacia atrás: qué igual y qué distinto a la vez.

Quizás por eso sea tan difícil despedirse. Más aún, si uno no quiere. Nos aferramos a la seguridad de la roca en la que creemos vivir, hasta que llega la percebeira, nos arranca en plena tempestad y nos mete en su cesta.

La cueva

Somos por tanto cazadores de seguridad, seres de cueva, venimos de una, gozamos en/de otras. Nos hipotecamos para tener una cueva en la que crepitar fuego, pintar las paredes con pinturas propias o de otros, con o sin marco. Un espacio que nos cubra para guarecernos de la inclemencia.

A todos los efectos The Room es esa misma cueva eficiente y define el tamaño del mundo para quien no ha visto otra cosa. No es así para quien ya ha estado afuera. Nuestra cueva es nuestro espacio de confort y lo llevamos por dentro. En The Room, el niño no necesita más que esa cueva, allí siente todo con la misma fuerza que cualquier otro de su edad.

The Room es una especie de manual de supervivencia en caso de tragedia prolongada. Muestra que la clave para sobrevivir mejor a una hecatombe puede estar en no saber que se trata de una hecatombe, en no percibirla como tal. Por momentos, la falta de consciencia es a veces tan necesaria, como su presencia en otros. Necesitamos el olvido tanto o más que la memoria. The Room dice también que para que alguien no perciba una tragedia, tiene que haber otra que sí lo haga, que sepa que el mundo no está en una habitación, que no estamos solos, que lo que hacemos puede cambiar nuestro mundo aunque una y otra vez pensemos que no sirvirá para nada.

Tarde o temprano todo lo que hacemos, lo que nos pasa, sirve para algo. Es sólo cuestión de fe y paciencia.

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