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El Circo de la Vida

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Lentejuelas en el alma, doradas, que brillan más; azules, rojos intensos, amarillos resplandecientes en el pelo, en las uñas, en las suelas de unos zapatos de payaso… Vistámonos de alegría. Con la sonrisa de clown en la recámara; con el “no se vayan todavía, aún hay más”  listo para la función. Que todo se haga fiesta en esta carpa con zurcidos en la lona debajo de la que aplaudimos a elefantes sin señorío, a leones sin garras. (Hop! saluda al público!: y el tigre se inclina sobre la alfombra de la mansedumbre).

Pasen y vean, señores. Que la vida es un circo y el malabarista ya está haciendo su fantástico número en el centro, con doce pelotas de colores, mientras el prestidigitador aguarda su turno, sombrero en mano, del que saldrán veintisiete palomas blancas.

Desfilemos al compás de la música, que la fiesta ha comenzado y los aplausos jalean esta función a la que hemos sido convidados.

Mientras, ….la vida. Sucediendo en las alcantarillas

La vida no es un circo. Es real. Pasa. Está pasando. Y no siempre es de colores ni los fuegos artificiales están permanentemente listos para hacer llover sobre nuestras cabezas confeti de purpurina. Debajo, hay un frágil equilibrio, apenas sujeto por los propios alfileres de la realidad. Ese mantenerse suspendido caminando por la cuerda de los días que se suceden sin red, sin arnés, …sin escuela, sin ensayos. Funambulismo absoluto como modus vivendi. Ya sin miedo, si quiera, para no perder la concentración en avanzar sobre el alambre.

Debajo. En las alcantarillas.

En la superficie, ahora nos ha dado por vivir en estado de gracia, tocados por la varita de una felicidad incombustible, a tiempo completo: elige ser feliz, opta por vivir cada segundo “colocado” de dicha de la dura, como si caminaras por la mismísima senda  de Oz, baldosa amarilla tras baldosa amarillla, con espantapájaros que hablan y ríen (a carcajadas, por supuesto), y hombres de hojalata que hablan y ríen (a carcajadas, por supuesto)… tengan o no corazón.

Discurso de velas henchidas de alegría, listas para que aprietes el botón de desplegar sobre el mástil y que, por arte de magia, el viento sea una leve brisilla fresca que haga de tu vida un viaje liviano mientras se entretiene en apartarte el pelo de la cara con el gesto de un amante.

Y sí, pinta fantástico, como una de esas películas en las que el argumento conduce inexorablemente a un the end cuajado de perdices, pero a mi es que ese consumo desmesurado de felicidad me resulta una moda incómoda, poco práctica y, desde luego, poco real. Una especie de tiranía que te obliga a tirar de las comisuras de los labios siempre hacía arriba, del mismo y único modo, en todo momento, lugar, condición…

¿En serio? ¿De verdad quiero tener la misma sonrisa (uy, perdón, risa, … a carcajadas) bajo el abrigo de un abrazo que a la intemperie más fría?. No… yo quiero morirme de risa cuando me hagas cosquillas o cuando se nos escape un tequiero a la vez, quiero buscar la risa más franca cuando trate de animarte, y que me encuentre ella a mí cuando trates de animarme tú; sonreír (apenas, que para esto sobran las carcajadas) con plenitud cuando nos recostemos el uno en el otro y el tiempo se haga un ovillo con un silencio tan mullido y cómodo como la manta con la que nos abrigamos.

Sí, eso es lo que yo quiero.

Pero, además, por más que le busque la vuelta a la conjugación en primera persona de ese verbo tan henchido de buenas perspectivas (“elegir”), en mi casillero aparece alguna que otra variable más. Esas de la vida que pasa, que esta pasando. Debajo de las alcantarillas. Porque a veces no eres tú quien elige felicidad sino que es la vida la que te elige a tí y destapa, en pase privado, en primera fila y sin previa entrada, la caja de los truenos; a veces hace frio, tanto que se te hiela la risa (salvo, claro está, que fuese una risa templada, sin tener la capacidad de arder jamás y, por ende, también sin la capacidad de helarse).

Sí, a veces la vida va y te parte en dos, y se recrea; te acerca al abismo y juguetea contigo inclemente. Entonces, toca galeras, una temporada en el infierno: perder, en bruto. Y no tiene ni puñetera gracia. Así que si entonces (perdóname) no soy capaz de desencajarme la mandíbula a base de una risa obstinadamente incansable y que dure la vuelta entera de los relojes, no me juzgues porque posiblemente en mi boca, aun con los cantos curvados hacia abajo, haya más vida que en la del “clown” de función continua.

O, por lo menos, más realidad…

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