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El derecho a la vida..¿derecho de quién?

Derecho a la vida

En el año 2010, en el centro de Madrid tuvo lugar una manifestación de más de un millón de personas, según las noticias. Se manifestaban contra la nueva ley anti-aborto que el partido socialista (PSOE) estaba tratando de aprobar en el Congreso. La cláusula que causó tanto revuelo era la que establecía que jóvenes de 16 años podían solicitar un aborto sin el consentimiento de sus padres.

Algunas de mis amigas estaban de acuerdo con la protesta. “Una joven de 16 años necesita el apoyo de su familia en esos momentos; ella no es consciente de que su decisión puede marcarla para toda la vida,” era más o menos el argumento.

Las protestas me hicieron recordar a mi cuñada que se quedó embarazada a los 15 años y que acudió a sus padres pidiendo ayuda. Ellos eran católicos y no querían saber nada de abortos, de manera que la convencieron de casarse con su novio de 17 años. Cuando yo me casé a los 20 años, ella tenía 21, cuatro hijos pequeños y estaba esperando el quinto; su marido era ya un alcohólico a los 23 años. Poco después del nacimiento del 5º hijo, el matrimonio acabó en divorcio y a partir de entonces, la he visto sufrir intentando educar a cinco hijos.

¿Sería posible que esa cláusula en la ley hubiera contemplado la situación de jóvenes que no contaban con el apoyo de sus padres para seguir su desarrollo, sin el estigma de un hijo no deseado o un matrimonio a la fuerza? Me quedé pensando y recordé mi propia experiencia.

Cuando yo tenía 16 años, mi madre se sentó conmigo una noche e intentó explicarme los peligros del “sexo”. Digo ‘intentó’ porque para esa edad yo ya sabía casi todo lo que ella estaba dispuesta a ofrecer y probablemente más. Recuerdo que su cara se volvió de color escarlata y comenzó a tartamudear buscando las palabras. Dijo algo como: “Los niños querrán tocarte y…” y entonces yo la interrumpí.

“No te preocupes, Mamá, sé todo lo que hay que saber acerca de eso y todo está bien.” La vi tan aliviada que era obvio que había dicho lo que necesitaba. Claro, yo sabía todo acerca de “tocamientos” porque no sólo habían intentado tocarme, sino lo habían logrado. Yo también había ‘tocado’, así es que pensé que no había nada que mi madre pudiera decirme y que yo no supiera.

De esta manera, mi educación sexual constaba de dos datos: Los niños querían tocarme y mucho más; y también querían que yo les tocara. Dentro de mi ‘libro’ de conocimientos sexuales, los tocamientos no eran el problema, sino que era en lo ‘mucho más’, donde una no debía entrar. La virginidad era sumamente importante y, mientras no la entregabas, los tocamientos y besos no causaban problema. Así que eso fue lo que hice hasta que llegué al ‘mucho más’ y para entonces yo tenía 18 años y él sabía de condones.

Entonces pensé que quizá el problema no residía en que las niñas de 16 años pudieran optar por un aborto sin el permiso de sus padres, sino en la educación sexual que esas niñas necesitaban para hacerse responsables a la hora de iniciar una vida sexual de adulta. Era obvio que, por lo menos en mi caso, no había habido tal educación.

Cuando cumplí 19 años, hice dos cosas casi simultáneamente: me convertí al catolicismo (no había sido educada dentro de ninguna religión formal) y comencé a salir en serio con un joven estudiante de medicina que tenía 25 años y con quién inicié mi vida sexual (premarital). Ahora sonrío pensando en esa joven que se enfrentó a su recién adquirida contradicción (tener sexo fuera del matrimonio, cuando su nueva religión prohibía tanto eso como el uso de anticonceptivos) acudiendo a confesión después de cada encuentro, pero religiosamente absteniéndose de usar anticonceptivos y confiando en el consabido ‘ritmo’. Como era de esperarse, el ritmo funcionó como suele funcionar y yo me encontré embarazada cuatro meses antes de la fecha de la boda.

Unos meses antes, mi madre había desaparecido durante un día entero y nadie parecía saber dónde había ido. Cuando llegó en la noche y se acostó en su cama antes de cenar, pedí una explicación. Me dijo que se había hecho un ‘legrado’, el término amable de ‘aborto’, porque era demasiado vieja (47) para tener otro hijo y en un descuido había quedado embarazada. Cuando me mostré sorprendida se defendió contándome que mi abuela se había hecho más o menos tres, porque en aquellos tiempos los anticonceptivos no eran tan efectivos. En ese momento, fiel a mi nueva religión, juré nunca, nunca hacerme un aborto.

De manera que, cuando me encontré con el conejo de prueba muerto (todavía era la única forma de comprobar la existencia de un embarazo) supe que mi única solución era adelantar para noviembre la boda que estaba planeándose para Febrero. Afortunadamente, a los pocos días, una cena opípara de chucrut afectó a mi cuerpo, y después de haber vaciado mi intestino, continuó su trabajo vaciando también el útero. Como aquello no había sido mi intención, pude salvarme de toda culpa y alegrarme de poder comenzar mi vida de casada sin la carga extra de un bebé. Nadie, excepto mi futuro marido, se enteró jamás del mal paso.

Poco después de casarme, dejé la religión y comencé a tomar anticonceptivos. Así, cuando quise, tuve dos hijos, niño y niña en ese orden. Cuando mi hija cumplió 5 años y entró al kinder, le dije a mi marido que ya no quería más hijos y fui a ligarme las trompas. El ginecólogo que me atendía era un alemán que traía de Estados Unidos lo último en adelantos médicos, así que me recomendó un nuevo método que ni siquiera requería una operación pues se engrapaban las trompas por vía vaginal; me aseguró que era absolutamente eficaz.

Todavía antes de la operación, volví a preguntar: “¿Estás seguro? ¿Absolutamente seguro de que no podré embarazarme nunca más? No deseo tener que enfrentarme jamás a decidirme por un aborto, y definitivamente no quiero otro hijo, así que necesito estar segura.”

El juró haber estudiado el asunto cuidadosamente, así que entré en el hospital esa noche y salí al día siguiente a medio día, libre de los anticonceptivos.

Cinco semanas más tarde, entré furiosa a la oficina del Doctor y tiré una hoja de papel sobre su escritorio:

“El conejo murió”, le dije mirándole directamente a los ojos, “así que ¿ahora qué vas a hacer para solucionarlo?”.

“No entiendo cómo te embarazaste” dijo, y agregó desde la distancia segura de la moralidad Cristiana, “pero yo no hago esas cosas; tendrás que buscar a otra persona para hacerlo.”

Estaba tan furiosa y frustrada que, de haber sido capaz de asesinarlo, aquello habría sido mi primera reacción. En vez de eso, lo insulté con el lenguaje más soez que conocía y salí azotando la puerta.

Gracias a Dios un colega de mi marido nos hizo el favor y de paso me ligó las trompas. Después del aborto, me dijo que el ‘producto’ estaba mal instalado y no habría sobrevivido el embarazo. Sabía que ésto era mentira, pero le agradecí el esfuerzo de ahorrarme el sentimiento de culpabilidad.

La verdad es que he hecho una cantidad enorme de psicoterapia por diversas razones y el aborto nunca ha sido una de ellas; jamás me he sentido culpable, quizás porque tomé todas las precauciones para evitarlo y en ningún momento sentí que aquello había sido mi culpa.

Para cuando mi propia hija llegó a la adolescencia, el mundo había cambiado. El estigma de perder la virginidad antes del matrimonio era cosa del pasado, y los embarazos no deseados de jóvenes estaban al alza. Mi propia experiencia me había mostrado que esperar a que tuviera 16 años para explicarle la verdad acerca de la cigüeña era absurdo e inútil, así que, cuando cumplió 13, me senté con ella para esa conversación de madre a hija.

Comenzaba apenas a interesarse por los chicos. Hablé de muchas cosas, intentando ser lo más delicada posible para no lastimar su sensibilidad, a la vez que le explicaba que aquello no era una cuestión de moralidad, ni del bien o del mal, sino de responsabilidad y auto-respeto.

“Es tú responsabilidad,” le expliqué, “decidir cuando quieres iniciar tu vida sexual con un chico. Yo no puedo tomar esa decisión por ti. Sólo puedo esperar que escojas un chico amable y amoroso para que tu iniciación sea una experiencia placentera y plena de amor.” A propósito, evité la frase ‘perder tu virginidad’ porque siempre me había parecido sexista que los hombres se inician en algo fascinante, mientras las mujeres ‘perdemos’ algo.

Después le expliqué que decidir iniciar su vida sexual le confería una muy importante decisión: “Es tú responsabilidad no traer un bebé no deseado al mundo. Eres joven y tienes muchos años por delante para tener hijos, así que es imperativo que aprendas cómo prevenir la concepción. Cuando decidas iniciar tu vida sexual, es posible que quieras ir a ver a un ginecólogo para que te recete la pastilla.” También le hablé de los otros métodos anticonceptivos, pero le expliqué que eran más falibles que la pastilla. Asimismo, le aseguré que si en algún momento necesitaba mi ayuda, podía preguntarme cualquier cosa, hablarme de cualquier problema –incluyendo un embarazo- y que yo estaría allí para apoyarla. Puse énfasis en esto sobre todo, en que podía confiar en mí para apoyarla siempre.

El momento que escogí había sido perfecto. Para cuando cumplió 14, era toda una adolescente y no quería saber nada de consejos de mamá. A los 15 años, ya tenía novio fijo y las dos veces que quise recordarle sobre los anticonceptivos, se puso arisca y exclamó: “¡Ay mamá! Déjame en paz. Voy a llegar virgen al matrimonio, porque así lo quiero yo.”

Cuando cumplió 20, anunció que se iba a casar y, como había jurado llegar virgen al matrimonio, yo le comencé a hablar de la conveniencia de ir a un ginecólogo antes de la boda para que le recetara las pastillas.

Me llamó aparte para que no nos oyera su padre. “Mamá, llevo dos años tomando la pastilla,” me dijo, “pero no quiero que mi papá lo sepa.”

Creo que nunca antes me había sentido tan orgullosa y llena de amor por mi hija como en ese momento. Hacía un momento, la había considerado todavía una niña; ahora la veía como una mujer joven y responsable. Me reí de alegría y corrí a abrazarla: “Eres todo lo que una madre podría desear en una hija, y ¡claro que no diré nada a tu papá! Éstas son cosas de mujer y él, quizás, no entendería.”

De boca de mi hija, escuché la historia de cómo –a los 18 años- había querido iniciar su vida sexual con su novio y había buscado el nombre de una ginecóloga en la sección amarilla del directorio telefónico. Haciéndose acompañar por una prima, había ido a hacerse su primera revisión ginecológica y conseguir la receta para sus pastillas. Me sentí inundada de gratitud hacia mi hija por haber sido tan responsable y a la vida por haberme dado la oportunidad –gracias a mi propia experiencia- de haberle sido de ayuda.

Pero suponte que no hubiera sido así; suponte que se hubiera embarazado a los 16 años. ¿Puedo estar segura de que habría venido a mí, buscando ayuda? La respuesta es “no”. La posibilidad de que lo hubiera hecho era mayor gracias a que había hablado con ella y que el sexo no era tema tabú entre nosotras. Las adolescentes tienden a querer enfrentar sus propios problemas, haciendo a un lado a sus padres sin importar cuán comprensivos hayan sido. Si a los 16 años el aborto no es legal sin el consentimiento de los padres, posiblemente ella habría buscado un aborto ilegal con todos los peligros que aquello conlleva.

Esto no quiere decir que crea que legalizar el aborto para las jóvenes de 16 años, sin el consentimiento de sus padres soluciona el problema; de ninguna manera. Sólo una buena educación sexual, que enfatize en la responsabilidad y el respeto hacia el propio cuerpo, comenzará a solucionar este auge de embarazos no deseados.

No creo, con toda honestidad, que ninguna mujer escoja el aborto como método anticonceptivo teniendo al alcance otras opciones mucho menos agresivas. El aborto es una elección que nace de la ignorancia y de la irresponsabilidad. Ahora que el tabú del sexo se ha levantado, sólo la educación que enseña responsabilidad y auto-respeto, dentro de la libertad de elección, puede hacer del aborto voluntario la decisión responsable de unas pocas que, como yo, hayan hecho todo lo posible para evitar un embarazo indeseado.

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