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Enamorarse otra vez

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Le subo el volumen a la música e intento así bajar la voz de mi cabeza que no para.

Me comería la mano para no llamarte y te entregaría el mundo si lo hicieras. Pero si tan sólo han pasado unas horas, qué pasa acaso… no son celos, ¿o lo son?, vamos a ver, quién puede evadir el destino si lo que ha de ser será, a nuestro favor o a nuestro pesar.

El silencio debe ser una inversión y es así como debo entenderlo.

¡Joder! Qué obsesionada estoy y tengo tanto trabajo, y no me logro concentrar porque estoy enamorándome, y corriendo el riesgo de estar gastándome otra vez la pólvora en ilusiones.

Pero de qué más se trata la vida si no es de correr esos riesgos.

Sería inútil juzgar mi realidad a partir de mis experiencias anteriores. No me puedo dejar dominar por mis prejuicios, siempre quiero creer que serán diferentes mis resultados si tengo el valor de ser una mujer distinta, con más seguridad, con más paciencia, con fe en los designios inescrutables de la vida y de Dios.

A ver, vamos empezando a desenredar el nudo, no está pasando nada, todo pasa, acaso…

¿Qué es lo que quiero que me garantice? Que estará a mi lado y nunca jamás me va a abandonar. Esa sería la garantía de mi felicidad y entonces podría dedicarme a escribir, a trabajar, y hacer todo lo que tengo que hacer.

Encontraría la paz si tuviera la certeza de que me va a querer. Eso me digo. Así me miento. O acaso puedo ser aún más hábil que mi obsesión y empezar a escribir por ejemplo, ahora mismo, sin darle tantas largas al asunto. Tengo tanto qué escribir y siempre estoy demasiado ocupada, demasiado distraída, o enamorada o despechada, y en vez de utilizar ese dolor como fuente de conocimiento, miro con un ojo la pantalla del ordenador y con el otro el maldito teléfono gélido, estático que me mira con lástima, negándose a sonar, negándose y ahorrando su energía en la hora, la fecha y el silencio.

Fumo, y fumo más de lo que deseo. El pulmón agoniza, lo siento pedir clemencia pero mis dedos son caprichosos escriben tonterías y fuman sin pensar. Dedos que yo quisiera tener agarrados a la mano del hombre que creo amar, que amo, acaso.

Por qué no reconocerlo y gritarlo y decirle al mundo: ¡Sí, me enamoré otra vez y qué! ¿Creen que soy tonta por haberlo permitido?, ¿Qué hubiera sido mejor, tragarme las ganas del amor y seguir cumpliendo muy cuerdamente con mis deberes para con la sociedad, la familia y mi propia paz interior? ¿Qué debería haber hecho? ¿Evitar el beso o la caricia? ¿Quedarme sola el domingo viendo películas de final feliz?

Maldición, qué confundida estoy, pero este delirio no me puede derrotar, así se me caigan los dedos en el intento, así llene la memoria de este ordenador pensándote y repensándote, dando vueltas sobre el eje del teléfono que sigue ahí, negro y mudo, no suena ni por equivocación, y yo que debería estar escribiendo y haciendo cosas provechosas, construyéndome, después de tantos derrumbes, un templo de armonía entre mi espalda y mi corazón.

En cambio escucho a Fito diciendo “en esta puta ciudad todo se incendia y se va”. El pobre corazón es el mío que no consigue calma, un poco de serenidad es mucho pedir para tanto amor encarcelado.

Ya sé lo que haré. Dejaré el móvil sobre la mesa y me iré a caminar por la calle, a ver la luz fosforescente del atardecer y el suave meneo de las hojas en otoño. Respiraré una gran bocanada de aire de libertad y dejaré que suene el teléfono en mi ausencia, que suene y se ilumine hasta el infinito y que nadie lo coja, encontraré la llamada perdida y lo dejaré estar… reposar como abandonado entre un bolso inmenso… lo miraré incluso con arrogancia… ya le llamaré de vuelta cuando tenga tiempo, cuando duerma un poco, cuando coma algo nutritivo y me de un baño relajante.

Qué puede ser más importante ahora que mimar con esmero a éste, mi alocado corazón… 

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