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Envejecimiento

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Se mira en el espejo y descubre una nueva arruga. No sabe cuánto tiempo lleva ahí, pero está segura de que hace un año (quizá dos… es difícil calcular el tiempo que ha pasado cuando uno no se fija) no la tenía. Aunque es casi imperceptible, pero ahí está, al lado de la comisura de sus labios, y se acentúa al sonreír. Pero no por ello va a dejar de hacerlo. Qué más da una arruga más. Sonreír le da vida.

Sus párpados también se han caído un poco con el paso del tiempo y le dan a sus ojos un aspecto algo cansado. No importa. Su sonrisa lo contrarresta. Quizá sus ojos no luzcan ahora tan frescos, pero sí parecen más sabios.

Si se sigue mirando encontrará infinidad de cambios en su cuerpo. Más piel arrugada, más flaccidez, más grasa… En lo físico todo eso ha aumentado, pero otras cosas han disminuido con el paso de los años: menos flexibilidad, menos equilibrio, menos horas de sueño, menos ganas de fiesta…

Ahora disfruta (y mejor) de la soledad; y también de la compañía. Quizá el número de amigos ha mermado, pero ha aumentado la calidad.

Ha perdido inocencia. Ha ganado experiencia. Y también paciencia. Ahora sabe lo quiere y cómo lo quiere. Y no teme decir lo que piensa. Con la edad, ha perdido muchos miedos y también ha ganado otros que va descubriendo.

Se mira de nuevo en el espejo, todavía vestida únicamente con la ropa interior. Se pone algo cómodo y se sienta mientras come un sano tentempié a base de fruta (hace tiempo que su cuerpo le ha pedido menos excesos). Enciende el televisor para que le haga algo de compañía. Allí aparece una de esas “celebrities” que sale en las portadas de las revistas del corazón. Tiene los mismos años que ella, pero no los aparenta. Vestida con una ropa algo estrafalaria y demasiado juvenil para su edad; se ha estirado tanto la cara que parece una muñeca y apenas tiene expresión. Pero las arrugas del cuello la delatan. Lleva unos tacones de vértigo, y ella piensa en sus juanetes mientras observa a la famosa caminar pavoneándose. Le parece antinatural. Se sube la camisola que se ha puesto para andar por casa y se observa las rodillas. La piel ahí no miente. Está arrugada. Se está haciendo vieja.

Apaga el televisor y se dirige a su cuarto a vestirse, ya que enseguida llegará su marido y se irán a tomar algo con sus hijos y sus nietos, ya que hoy es un día de fiesta. Se enfunda el vestido rojo, que aunque el color es llamativo, es muy discreto; al menos le cubre las arrugadas rodillas. Unos zapatos cómodos de medio tacón, un poco de máscara de pestañas para iluminar esos azules y cansados ojos,  y lista.

Se siente cómoda, a pesar de las arrugas de más, los kilos de más y las canas. Y espera que la acompañen muchos años todavía; porque cuantos más años pasan más se quiere a ella misma.

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