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Escribir sin ser escritor

Escribir sin ser escritor

Con los años he descubierto que puedo resignarme a no parecerme a lo que, en la juventud, había soñado de mí misma y observar cómo el camino fue desviándose, mandándome por atajos imprevisibles y casi sin darme cuenta, la ruta resultó distinta de la que yo había trazado. Contrario a lo que podría creerse, la aceptación de ese “fracaso”, me ha dado una sensación de madurez y de serenidad, que como el primer sorbo de vino, tiene un amargor que produce un placer particular, relajante y cálido a la vez. Incluso puedo reconocer, que el sueño mismo ha cambiado y que con el tiempo ya no necesito los estímulos de los fuegos artificiales, los aplausos y los honores que antes creía fundamentales… sino que añoro una vida con la ilusión sencilla de la salud y la paz.

Siempre escribí, desde niña me recuerdo llenando y llenando cuadernos de pensamientos. Creí incluso que sería escritora de profesión, es decir, que escribiría libros y viviría de ello. Tenía en la cabeza permanentemente una retahíla mental obsesiva y con tendencia a desmenuzarlo todo, a mascar cada experiencia, a darle vueltas y vueltas, muchas veces dolorosas e inútiles a cada acontecimiento, a observarlo y analizarlo todo, tanto así que me hizo pensar que la escritura era mi única vía de canalización para poder participar de la vida normal reconociendo lo difícil que me resultaba. No se me daba mal, aunque tampoco puedo decir que tuviera un don especial, pero sabía que hay escritores que no han nacido tocados con una estrella sino que han tenido sobretodo disciplina, constancia, confianza y hasta cabezonería, y yo carezco de casi todas. Aún así seguí escribiendo como una especie de catéter que iba drenando la agonía de estar vivo y de no saber cómo, de una vez por todas, hacer parte del mundo que me tocó vivir. Una de las cosas que resultan más difíciles de escribir de forma más ordenada y profesional, es que todo lo que uno ha leído, o bien, desarrolla músculo o bien, apabulla. A los grandes escritores la lectura los hace culturistas de la palabra. A los demás nos entierra en un escuálido silencio. El sueño a veces pesa tanto que aplasta. Pensaba que era estúpido intentar reproducir una acción que otros seres humanos hacían muchísimo mejor que yo. Pero descubrí que más estúpido aún era callar la voz interior cuando necesita decir algo, cuando moría por no decirlo. Así fuera para terminar escribiendo líneas mediocres que se quedaran en las oscuras cavernas de una carpeta amarilla de ordenador.

Finalmente llevo veinte años trabajado en distintos empleos y he conseguido lo suficiente para poder pagar un apartamento en alquiler, alimento (quizá demasiado), vestirme con ropa barata pero resultona, hacer algunos viajes, en fin, que siempre he tenido miedo de no tener cómo ganarme la vida, pero al final, siempre he conseguido cómo trabajar y probarme a mí misma que no era tan difícil.

Estudie literatura en Bogotá, toda la carrera, justamente para que me enseñaran (qué equivocada estaba) a ser escritora, y lo que consiguieron fue que me sacudiera el entorno de una educación tradicional cuyo lema era “ser para servir”, para permitirme echarme en la poltrona de la bohemia, convertir mi larga cabellera en un nido de pájaros, y dejar salir lo que llamábamos la creatividad, que más bien era el fluir deshilvanado de la conciencia, resultado de meter en la licuadora mental Una temporada en el infiernoLa odiseaEl Perseguidor de Cortázar, la poesía de algún heterónimo de Fernando Pessoa, una pizca de Barthes, dos cantares de gesta y dejarlo reposar bajo la resolana de medio día sobre una montaña de césped cubierto de nubes con formas de animales. Me bebí ese coctel a sorbos pequeños durante toda la carrera mientras soñaba con la gloria que otros conseguían haciendo lo que yo no estaba haciendo: escribiendo.  Mi voz envidiosa, a la que también le achaco la dificultad de escribir, no dejaba de recordarme que entretanto mis compañeras del colegio estaban empezando sus maestrías en las mejores universidades americanas, casándose con su compañero de pupitre con más títulos que dedos en las manos, ganando mucho dinero y luciendo ese brillo, es decir, cumpliendo generación tras generación con lo que los padres esperaban de sus hijos en una sociedad elitista.

Pero triunfar no consistía en vivir una vida sencilla y amorosa o al menos no era la idea que imperaba. Resultaba entonces casi subversivo darse cuenta que uno no tenía las motivaciones para cumplir con ese patrón, ni la ambición para querer habitar en esas cimas, ni la inteligencia quizá, y tampoco las ganas de participar en esa maratón. Reconocer que no todos hemos nacido para ser deportistas de elite, y que algunos simplemente nacimos para ir en bicicleta a comprar el pan, y no pasa nada, es muy importante.

Con 23 años metí mi vida en dos maletas y me vine a vivir a Madrid. Entonces, lejos de la tierra, de la presión y de la idea de mi misma heredada o autoimpuesta, surgió la gran pregunta, ¿Qué es entonces lo que quieres hacer?, ¿Qué te hace feliz? Después de muchos golpes, frustraciones y tropiezos encontré respuestas bastante simples. Por ejemplo, me gusta mirar por la ventana cómo se caen las hojas del otoño al atardecer y no pensar. Enamorarme locamente muchas veces, hasta haber encontrado el gran amor con el que me case. Leer un libro que me envuelva y me de ganas de haberlo escrito, o escuchar música que me haga bailar el corazón. Respirar hondo el aire de la primavera en el coche con el cristal abierto. Observar el cielo azul de Madrid, el más azul de todos los cielos. Planear lo que voy a cocinar cada día, algunas veces me entretiene y otras me aburre, pero hace parte de la contención cálida que proporciona la rutina familiar. Oler la nuca de mi niño de dos años, sentir sus manitas agarradas a mi cuello, podría decir que mi hijo es lo que más me ha interesado en el mundo, pero intento indagar si la maternidad puede llegar a ser en sí un gran tema o si hay que aliñarlo de otras cosas de la vida, para no ser uno solo y exclusivamente mamá, y nada más que mamá, que creo es más que nada un agobio para los hijos y una decepción para el marido y a la larga para uno mismo, aunque no es fácil. ¿Todo esto merece ser contado? ¿Tiene para alguien algún interés? ¿Vale la pena que vuelva a soñar con “ser escritora” sabiendo que podría no escribir nunca algo que merezca ser publicado?

Eso no quita que haya que lidiar con trabajos y jefes miserables con los que hay que pedalear para producir dinero. Contestar todo el día correos electrónicos y atender peticiones de  gente que a veces olvida que detrás de la maquina hay un ser humano. Mantener conversaciones que no dicen nada con la apariencia de decir mucho para que ninguno de los interlocutores parezca que no quiere participar. Estar al lado de gente que tiene mucha necesidad de demostrar que son mejores, o que saben más. Verse envuelto en maquinaciones retorcidas, estrategias incomprensibles, juegos de control. Sentir cerca el odio, el resentimiento, el sufrimiento de los demás y reconocer que no sabes cómo contribuir a que cambie y que no queda otra que aceptar que así tal cual es también la vida y que no eres tan sabio para leer las razones ocultas del destino.

No tengo aún ninguna respuesta. Solo sé que me siento más cerca de la gente que ha hecho la labor de intentar conocerse a sí misma y ser mejor persona con su propia mochila de experiencias. ¿Podría ser la escritura una vía de autoconocimiento, así simplemente? ¿Escribir no para exhibirse en la mesa de novedades sino para liberar el alma, para conectar con ese yo cuyo sueño principal ha sido simplemente ser lo más feliz posible y sanar las heridas que se han acumulado en el paso por el mundo? Escribir la vida sabiendo que lo importante no es impresionar al que lee sino transformar al que la está escribiendo, es decir sorprenderse y descubrir la riqueza y la complejidad del mundo que llevamos dentro todos y cada uno de nosotros. Sentarse aquí en este precioso y breve instante en que mi hijo aún duerme y volver a soñar y volver a escribir y decidir hacerlo aquí, ahora mismo desde la única voz que queda en el fondo: la propia.

4 Comentarios
  1. Bit Ma 10 meses

    Waaaooohhhh llore, llore mucho, que horror…
    Soy mamá bloguera con corazón de escritora, cuán identificada me he sentido con tu escrito, que lindo y qeu verdadero. Sabes? muchas veces me he frustrado por intentar encajar en este mundo actual del blogging y me he esforzado en concentrar mis ideas en el que sería mi mejor tema, ser mamá, porque de qué otra cosa podría ser más experta? pero al carajo!!! amé volver a recibir lo qeu significa la escritura, ese desahogo del alma en las mil o dos palabras que te guían el significado de lo que quieres decir, no voy a luchar más por obtener mi viral 5 cosas que odio de ser mamá y así, voy a dejar ir mis palabras sin pretender la fama, solamente desahogando mi alma con este arte del corazón que tanto me llena.
    Gracias, me devolviste el primer amor.
    Bendiciones!

  2. Autor

    Gracias por esas palabras tan bonitas y que tanto me han emocionado, Sonia. Sólo por eso, ya merece la pena seguir intentándolo.

  3. Autor

    Gracias por esas palabras tan bonitas y que tanto me han emocionado, Sonia. Sólo por eso ya merece la pena seguir escribiendo.

  4. Sonia Buil 1 año

    Adriana, no sé si es el segundo texto que leo tuyo, pero has vuelto a conseguir engancharme en esta lectura que, he de reconocer, se me ha antojado demasiado corta. De nuevo me he sentido muy identificada con tus palabras y, seguro que esto habrá ayudado. Sin embargo, no es el motivo principal. Escribes con una mezcla de dulzura, de fuerza, de transparencia, cuidando cada palabra, mimando cada frase, puliendo cada detalle. No creo que sea por haber estudiado para ello, puede que algo ayude, pero, a pesar de que tú misma menosprecias tu capacidad, a través de estas líneas se intuye, se percibe, se siente, una persona con infinidad de cosas que contar, muchas experiencias que ofrecer al resto del mundo, cantidad de valores que transmitir. Te pediría que no te calles, que sigas escribiendo, que seas ejemplo de muchos, aunque no de todos.
    Un saludo!

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