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Eva Yerbabuena, un perfume del baile flamenco

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Fotografia: @Rubén Martín

“Si yo siento, el público va a sentir”

Eva Yerbabuena es esa bailaora nacida en Alemania aunque crecida en Granada que quieren por igual los profesionales del baile y el público. Solo hay que ver la cantidad de premios que ha recibido de unos y de otros a lo largo de su carrera. No solo eso, también hay que ver la cantidad y calidad de los profesionales con los que ha trabajado. Desde Miguel Poveda a Pina Bausch, por nombrar a algunos de los más conocidos. Una profesional del baile que es noticia por estrenar en el Festival Grec de Barcelona el espectáculo “Cuentos de azúcar” con la cantante japonesa Anna Sato, cuyos ensayos interrumpe para conceder una entrevista a Woman’s Soul.

Antonio Hernández (AH) – Usted nació en Alemania ¿le ha marcado de alguna manera en su carrera?

Eva Yerbabuena (EY) – Si me ha marcado ha sido para bien. Nunca pensé que me iba a dedicar a bailar de forma profesional. Era una persona supertimida y relacionarme con gente de mi edad me aterraba.

Cuando empecé con esto escuchaba que lo de bailar era mucho de tripas,  muy terrenal, muy de sentimiento. Al mismo tiempo oía decir que tenías que beberlo y vivirlo a diario. Lo que me creaba muchas confusiones y muchas dudas. No vengo de una familia de cantaores, bailaoras o guitarristas por lo que era fácil pensar que para mí iba a ser imposible. Pero yo creo mucho en mi intuición y la seguí.

Es verdad que mis padres emigraron a Alemania para ganar dinero para su casita y yo nací allí. Pero me trajeron a los 17 días de nacer. Por lo que hay muchos compañeros que me dicen que lo quite de mi biografía, pero no lo voy a quitar.

El flamenco es un medio para expresar sentimiento. Entonces ¿qué pasa? ¿qué los que han nacido fuera no tienen sentimientos? El día a día me ha confirmado que se puede tocar una guitarra aunque no se venga de una familia flamenca. Para mí era todo un reto. De hecho, mi familia no tenía ni idea de nada de esto. No sabían ni por donde había que empezar.

No creo que el haber nacido en Alemania me haya restado nada.

AH – ¿Cómo veían todo esto sus padres desde Alemania?

EY – Creo que cada uno tenemos un libro escrito. Cosas por cumplir. Cosas por retomar. Por dejar hechas o no, para decidir volver y terminarlas. Las cosas pasan por algo.

Mis padres iban y venían de Alemania mientras yo vivía con mis abuelos. Las vivencias que he tenido con mis abuelos no lo cambio por nada. El contacto con la tierra. Aprender a reconocer las plantas, recoger patatas. El trato con los animales porque vendían cerdos y corderos. Daría la vida porque mis hijas tuvieran la misma infancia, pero a ellas les ha tocado el mundo de los ordenadores.

AH – ¿Por qué empezó con el baile flamenco?

EY – Todo empezó por cumplir el deseo de una tía que era como mi hermana mayor y que murió muy joven, a los 29 años, cuando yo tenía 11. Su obsesión era que yo fuera a una escuela de flamenco para que aprendiera a bailar. Tenía muy claro que yo me iba a dedicar a esto. Insistió tanto que cuando murió mi madre me llevo a la escuela.

Al principio fue como un juego y te das cuenta que te sirve para perder la timidez, para conocer gente nueva, las costumbres del lugar al que perteneces, cómo han evolucionado, y, al final, te atrapa.

He podido vivir con las mujeres de Granada desde que tenía tres añitos. Iba con mi abuela a los secadores de tabaco, donde todo eran mujeres que recogían las hojas de tabaco, las colocaban en el secadero, hacían los manojos y escuchaba sus historias.

AH – ¿Puede que esa necesidad de que diferentes puntos de vista se entiendan y lleguen a un acuerdo le hayan llevado a crear “Cuentos de azúcar” el nuevo espectáculo que estrena en el Festival Grec de Barcelona?

EY – Hace dos años estrené “Apariencias” en el Teatro Villamarta. Justo cuando terminé la función se presentó Anna Sato, la cantante de “Cuentos de azúcar”. Venía de Japón, de la isla Amami, no habla nada de español solo me regaló un CD.

Cuatro o cinco días después cuando ya había descansado, cogí el coche para ir a Granada y puse el CD para escucharlo. La primera canción me golpeó tantísimo que pensé “Tengo que hacer algo con esta mujer. ¡Dios mío!” El escucharla me lleva a un sitio que yo ya sé que he estado. No te puedo explicar esto de otra manera.

Cuando hablé con ella y le pedí que me tradujese lo que decían esas canciones me di cuenta que son relatos exactamente iguales a los que tenemos aquí.

Por ejemplo, Anna canta una canción a capela en el espectáculo donde habla de un pájaro negro que se le aparece y llora. Entonces ella hace una visita a una chamana para preguntarle si alguien de su familia va a morir o va a enfermar.

Me quedé alucinada. Cuando vivía con mis abuelos y la lechuza cantaba en el tejado, mis abuelos decían: “La lechuza está cantando veremos a ver quién se enferma o quién muere.” ¡Era lo mismo que canta Anna Sato!

La isla de Amami era una isla que se dedicaba a la caña de azúcar, al arroz y a fabricar el tejido de la seda de los kimonos, en la que había esclavos para hacer el trabajo. El dueño de una fábrica se enamoró de una esclava porque era muy hermosa. Se lo hizo pasar mal. La violó, la pegó y ella decidió quitarse la vida. Como tantas historias que se han vivido aquí. Su tumba se encuentra en la isla y todavía se visita.

AH- ¿Está esta historia incluida en “Cuentos de azúcar”?

EY – Sí. Este espectáculo es de una paz y una espiritualidad que no lo puedo explicar. No sé qué es lo que es. Es una intuición.

Habrá gente que esperará que ella cante flamenco. Para nada. Ella va cantar sus cuentos de Amami. Y yo voy a contar los míos. Todo lo que me ha transmitido escuchar su voz.

Ha sido una experiencia maravillosa y enriquecedora y lo va a ser para todo el mundo que vaya al teatro.

AH – En su biografía se la relaciona con grandes figuras internacionales de la danza como Pina Bausch, Mijaíl Barýshnikov, Carolyn Carlson o Ana Laguna ¿cómo han llegado ellos a usted o usted a ellos?

EY – Nunca he pretendido nada, ¡jamás! [al decirlo deja vibrando la s final en el aire] Van llegando las cosas. Soy una persona que piensa que si llega es por algo que eso que llega es un mensaje.

A Pina Bausch la conocí por Isabel González una manager que me pidió si le podía hacer el favor de cubrir dos funciones en París. En ese momento estaba haciendo una gira con Sara Baras y El Güito que no podían hacer estas dos últimas funciones. Le dije que sí.

En agradecimiento ella me preguntó que si conocía a Pina Bausch y que si quería conocerla. Le dije que no la conocía y que me gustaría. Cuando llegué a Wuppertal me encontré con gente como Ana Laguna o Sylvie Guillem. Mirara a donde mirara estaba todo el mundo allí. Desde que llegué al teatro fue emoción tras emoción.

Era una noche dedicada a las mujeres en la que yo actuaba la última porque tenían que quitar el linóleum, que es malísimo para los que bailamos flamenco, y poner la tarima.

Justo antes de mí actuaba Barýshnikov, fíjate tú, y me puse a llorar en el camerino. Me preguntaba si yo me merecía aquello que me estaba pasando. Entonces entró Pina con una pequeño regalo y me encontró llorando con el corazón encogido. Ella no hablaba y español y yo no hablaba inglés. Le decía que no se preocupase que era emoción hasta que llegó Isabel y se lo explico.

Esto fue en 1998. Después han venido muchas otras personas con las que he trabajado. Ha sido una forma de enriquecerme. Hasta que al final ha llegado Anna Sato que me ha emocionado con su voz. A mi las voces es una de las cosas que más me emocionan.

AH – Mientras que fuera de España parece que trabaja con coreógrafos o bailarines que son más de danza contemporánea o clásica en España colabora más con el mundo del flamenco ¿por qué?

EY – Creo que en España no ha surgido esa inquietud. Empiezo a conocer el mundo de contemporáneo en 1996 tras ver “Carmen” de Mats Ek. Hasta entonces yo estaba metida en mi mundo del flamenco, porque siempre te faltan horas para seguir aprendiendo cada día.

Entonces conozco a Pina. Cuando vas a festival de Wuppetal te faltan horas. Desde por la mañana había eventos en todos lados. Allí conocí a todo el mundo. Empecé a despertar.

Luego tuve la oportunidad de ir una semana para ver como trabajaba la compañía de Pina Bausch. Y asistir a varios encuentros. Luego me pidió hacer una coreografía de cuatro minutos. Y Ana Laguna también.

Nunca he pretendido llamar a alguien para hacer algo. Cuando ha surgido, ha surgido. No soy una persona de tratar que las cosas sucedan. Deben ir por su propio cauce. Vienen a ti o tú vas a ella por una necesidad. Fíjate trabajé con Patrick de Bana justo cuando dejó la Compañía Nacional de Danza en donde había sido el primer bailarín cuando la dirigía Nacho Duato.

AH – Con alguno de estos coreógrafos y bailarines con los que ha trabajado ha convertido esa relación profesional en una relación personal ¿cómo se pasa de lo profesional a lo personal?

EY – Hay que saber separar lo profesional de lo personal. Es cierto. Pero antes de todo somos personas. Cuando me subo a un escenario soy Eva Yerbabuena durante hora y veinte, pero termino y soy una persona más que tiene que conocer su lado humano.

Hay gente de la que puede que solo me interese lo profesional. Sin embargo, para trabajar tengo que compartir un espacio, tiempo e ideas. Para eso tienes que abrirte. Para poder trabajar y entregarte primerio tienes que conocer y coincidir con las otras personas en muchas cosas. No me refiero a coincidir en lo ideológico o en los gustos sino en algo más profundo.

AH – Con esta perspectiva ¿qué experiencias profesionales y personales le está proporcionando la creación de “Cuentos de azúcar”?

EY – Aún y cómo está el patio de la cultura en este país, y que montar algo te cuesta la vida, “Cuentos de azúcar” está siendo una experiencia que no sé cómo contártela. Tiene una espiritualidad y una paz que es muy necesaria para todos en todos los sentidos.

Para mí ha sido como ponerme una botella de oxígeno. Iba al estudio y daba igual lo que estuviese pasando. Entraba a las nueve de la mañana y me acordaba de mi hija a las once de la noche y, entonces, tenerme que recordar que no la había visto.

Es que soy una mujer que ama incondicionalmente su trabajo. Lo adoro. No puedo dejarlo. Más cuando estoy a punto de estrenar, cuando estoy con contracciones, como digo yo. Pero no sé si me ha pasado antes lo que me está pasando con “Cuentos de azúcar”. No quiero que el proceso acabe.

Sin embargo, no puedo responderte adecuadamente esta pregunta porque hasta que no estrenas y descansas un tiempo no eres consciente de lo que ha pasado.

AH – En su biografía hay muchos premios tanto de la crítica como del público. Existe un equilibrio entre los que dan unos y otros ¿qué le aportan los premios?

EY – Para mí el público es vital. Cuando el teatro está vacío no es la misma sensación que cuando está lleno. Aunque haya un silencio extremo tú sabes que están allí. Hay una conversación. Eso es impagable. Una sensación interna que no te lo provoca nada. Yo estoy aquí por ellos-

El reconocimiento de los premios te da el empuje necesario para seguir adelante. Significan que hay que gente que valora tu trabajo, está pendiente de lo que haces. Es algo maravilloso.

Cuando empiezo una creación no pienso en lo que le va gustar o no al público o en lo que se puede hacer o no. No soy una persona que se deje llevar por las tendencias. Sé lo que tengo que hacer y eso es lo que hago. Luego viene esa pizquita de responsabilidad de que el público disfrute con lo que hago.

No soy de esas personas que no quieran entender pero sé que no puedo entenderlo todo. Hay muchas que no entiendo cuando me muevo por el mundo. Pero si soy una persona que quiere sentir. Esto es lo más importante. Si yo siento, el público va a sentir, eso está claro.

AH – Ha sido capaz de crecer y desarrollarse manteniendo el público que tenía al inicio, más aficionado a un flamenco tradicional, e incorporar a un público nuevo ¿cómo lo ha hecho?

EY – Creo que es muy importante el respeto. Está por encima de todo. Tengo que respetar aquello que me ha dado la posibilidad de crecer, conocer otras culturas y otras costumbres. Este respeto tiene que ver con la humildad y la honestidad.

Y a las puertas de cumplir 48 años, que me quedan días, tengo muy claro que la sencillez también es muy importante, que es lo más difícil y complicado de conseguir.

Siempre tiene uno que buscar el equilibrio. No sé hacer otra cosa que bailar flamenco cuando me subo al escenario. No me puedo limitar sentir si quiero hacer que los demás sientan. No tengo en ese aspecto ningún miedo.

Uno tiene que vivir su intimidad para poderla compartir en pequeñas cantidades y muy sutilmente con los demás. No es fácil. Es como los perfumes. Hay que acertar con las cantidades. Los hay clásicos para toda la vida y los hay para diferentes ocasiones. Y luego hay gente que les gusta más unos u otros.

Los espectáculos son lo mismo. Pero luego estás tú. Está tu sello. Y no me puedo olvidar de aquello que me atrapó en su momento y que me hizo crecer. Fue el flamenco. Eso es imprescindible.

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