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Julieta Soria, la dramaturga que surgió del amor por las palabras

Foto de Julieta Soria - Galgo Estudio

Fotografia: @Galgo Estudio

“Hay todavía muchas historias por contar que tienen a las mujeres como protagonistas”

Julieta Soria es una nueva dramaturga que ha llegado a las carteleras españolas con Mestiza. Obra que estrenó Ay Teatro, el nuevo proyecto teatral de los ronlanleros Yayo Cáceres y Álvaro Tato y la productora y distribuidora Emilia Yagüe, en el Festival de Clásicos en Alcalá de Henares 2018. Producción que, tras pasar por el Festival de Almagro, llega al Teatro Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa antes de salir de gira por España.

Antonio Hernández (AH) – ¿Por qué eligió a Francisca Pizarro para hacer su primera obra de teatro?

Julieta Soria (JS) – La idea se le ocurrió a Yayo Cáceres [el director de Mestiza]. Surgió la posibilidad de trabajar con Gloria Muñoz [la actriz que la protagoniza], Yayo contactó conmigo para escribir el texto y entre algunos posibles personajes femeninos interesantes del Siglo de Oro que barajamos, él propuso a Francisca, la hija del conquistador Francisco Pizarro y la princesa inca Quispe Sisa, que era la primera noble mestiza conocida.

Cuando empezamos a investigar sobre ella nos quedamos locos. Era una especie de espada girando en muchas direcciones. Era América y España, la conquista y el Siglo de Oro español. Era el mestizaje, el exilio y la lengua.

Era una mujer extraordinaria que había vivido cosas extraordinarias, y que había demostrado una determinación poco común en la difícil vida de las mujeres de la época. Era histórica y ficticia, porque aparecía como personaje en una obra de teatro de la época. Representaba un montón de cosas que nos resultaron fascinantes.

AH – Si no entendí mal en la rueda de prensa, ella salía en un libro de Tirso de Molina.

JS – Efectivamente, Tirso de Molina le otorga un breve papel en una trilogía que escribe sobre los Pizarro. Es una obra de senectud que le encarga Juan Pizarro para reivindicar a la familia en un momento en que tanto la fama de los Pizarro como sus bienes peligran.

Así, en una reunión previa a la escritura con Yayo y con Álvaro Tato, dramaturgo y poeta que ha sido nuestro asesor dramatúrgico, se nos ocurrió que “Mestiza” podría contar el encuentro ficticio entre un joven Tirso que acude a sonsacar información a una Francisca ya anciana.

Esta entrevista nunca ocurrió -que sepamos- y por fechas, la única posibilidad de hacerlos coincidir era cuando Tirso tenía unos 19 años y Francisca Pizarro llegaba al fin de sus días. La aparición de Tirso de Molina como personaje nos permitía además contar con Julián Ortega, estupendo actor e hijo de Gloria en la vida real.

AH – ¿Por qué Yayo Cáceres pensó en usted?

JS – Yayo y yo tenemos una larga relación personal y de colaboración. Estoy muy vinculada, amistosa y personalmente, desde los tiempos de la universidad, con la compañía Ron Lalá, que el dirige.

Además, hago las guías didácticas de sus espectáculos. He sido alumna de Yayo en su taller de formación de actores durante un montón de años, alumna de Álvaro Tato en talleres de escritura. Nos queremos y hemos colaborado infinidad de veces juntos.

AH – ¿Por qué el teatro?

JS – Mis padres me llevaban al teatro desde que era muy pequeña y a mí siempre me gustó mucho. Recuerdo muchos montajes de aquella época.

Yo era sobre todo lectora y espectadora de teatro, pero en la universidad, en Filología, me encontré con gente muy aficionada al teatro que me despertaron la inquietud por poner el teatro en práctica.

Fui adquiriendo una cierta formación como actriz aunque pronto me di cuenta que lo mío era más escribir que actuar.

AH- ¿En qué escuelas ha estudiado interpretación?

JS – En un momento me planteé entrar en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD), pero soy profesora de instituto y era incompatible con mi horario. Así que decidí tomármelo como afición -aunque seria- y realmente Yayo Cáceres ha sido mi único y gran maestro.

AH – ¿Cuándo descubre que la interpretación no es lo suyo?

JS – A lo largo de unos cuantos años de taller, viendo el trabajo de otros compañeros, me convencí de que, aunque me encantaba la interpretación y me lo pasaba pipa, no era tan buena actriz como yo hubiera querido ser.

Actuar bien es muy difícil. Tal vez hubiera llegado a serlo con más formación y más trabajo, pero me hice consciente de que para lo que sí contaba con formación y facilidad era para escribir y que, como además la vida no da para todo, tenía sentido centrarme en eso.

AH – ¿Ha hecho cursos de escritura?

JS – Sí, varios. En escuelas como la de Cuarta Pared u Hotel Kafka, en talleres con Álvaro Tato, María Velasco y Alberto Conejero De todos he aprendido, pero quizá de lo que más, de haber leído mucho y del propio proceso de escribir algo de manera profesional.

AH – ¿Qué o quién le enganchó a la lectura?

JS – La casa de mis padres, que son profesores ambos, es una verdadera biblioteca, un templo de los libros y de la cultura. Y a mí desde pequeñísima me volvía loca leer y leía lo que caía en mis manos.

He leído siempre de todo. Me dan igual clásicos que contemporáneos, poesía, narrativa, teatro, género negro, ciencia ficción, novela gráfica, cosas raras, todo me interesa.

AH – ¿Qué autores le han influido u orientado en lo que escribe?

JS – Cualquiera que me conozca sabe que soy definitivamente de Virginia Woolf y de Julio Cortázar. Pero hay muchos más como por ejemplo en poesía, San Juan de la Cruz. Cuentistas como Raymond Carver o Borges. La novela rusa, la novela americana, la novela clásica inglesa. No caben todos.

AH – ¿Y de teatro?

JS – Por supuesto el teatro clásico desde Sófocles pasando por Fernando de Rojas, Lope, Calderón, Tirso, Shakespeare o Molière. Si pudiera me reencarnaría en Valle-Inclán. Beckett, Chéjov, Pinter. Me fascina Fernando Arrabal. Y también aprendo muchísimo de compañeros de ahora: Álvaro Tato, Lucía Carballal, María Velasco, Alberto Conejero

AH – ¿Lee los clásicos de forma habitual?

JS – Sí. Y vuelvo a ellos con frecuencia. Por gusto y por trabajo. Para las clases y para ese otro trabajo que me encanta que es hacer guías didácticas de montajes teatrales.

Recientemente he tenido que releer Antígona para trabajarlo con mis alumnos de Artes Escénicas y también otras como El castigo sin venganza y El desdén con el desdén para un par de colaboraciones en los cuadernos pedagógicos de la Compañía Nacional de Teatro Clásico.

AH – ¿De dónde le viene esta vocación didáctica?

JS – Mis padres son profesores, así que lo debo de llevar en la sangre. La prueba es que soy profesora de Lengua y Literatura y de Artes Escénicas en el bachillerato de Artes en un instituto. Enseñar es de las cosas más divertidas que hay.

AH – ¿Qué cree que aporta con las guías didácticas a los espectáculos teatrales?

JS – El teatro es como un truco de magia. Está lleno de secretos, de conejos en la chistera y de cartas trucadas. Y al contrario que con los trucos, lo más interesante es saber cómo se ha logrado la magia teatral.

Una guía didáctica no es estrictamente necesaria. Como espectador deberías poder ver una obra y entenderla, sin más. Pero para ese público que tiene curiosidad y tiempo para profundizar, las guías son un camino muy útil para conocer los referentes, los recovecos y los secretos de las obras.

Cuento también con mi propia experiencia con mis alumnos. Leer, y sobre todo asistir a una obra de teatro es una gran experiencia. Pero lo que culmina esta experiencia es poder tener un tiempo después para comentar, comprender y debatir sobre lo que hemos visto y leído. Ellos sienten muchísima curiosidad por cómo y por qué se hacen las cosas y les satisface tener respuestas.

Por eso en las guías didácticas de Ron Lalá ponemos que son para personas de 0 a 99 años. Están concebidas para jóvenes, pero el trabajo de Ron Lalá es tan sutil y tan complejo dentro de la aparente sencillez, que en realidad cualquiera podría aprender algo de ellas.

AH – En esta obra hay una reivindicación muy clara de Cervantes

JS – Es un homenaje a mi madre que es cervantista radical. Incluso colecciona Quijotes de todo el mundo. Hay que reivindicar a Cervantes. Fue un escritor genial y de un humor y una humanidad enormes. Sus personajes femeninos son los mejores de toda la literatura áurea, qué menos que Francisca, que es una mujer leída e inteligente, sea también fan de Cervantes.

Confieso que me he dado el gusto de aprovechar “Mestiza”, para homenajear a algunos de mis escritores favoritos. La obra está plagada de referentes literarios de los que me han acompañado toda la vida y que me han servido además para dar matices a los personajes.

Por ejemplo, que Tirso fuera lopesco, que lo era de verdad, y que Francisca fuera cervantista, los ponía a cada uno en un lugar interesante y contrapuesto, lo que me servía para el mostrar el conflicto entre ambos desde el principio. Pero también las menciones de Francisca a Teresa de Ávila , a Sor Juana Inés de la Cruz o al propio Shakespeare le daban una determinada verdad al personaje.

AH – En la obra se tocan muchos temas de actualidad como el rol de las mujeres en la sociedad, el debate sobre la conquista de América, la inmigración, la explotación de los pueblos ¿Aparecen porque es una obra escrita hoy en día o estaban en aquel tiempo?

JS – Estaban vivísimos en aquel tiempo. Es lo que más me ha asombrado cuando estaba preparando el texto. Por ejemplo, lo que Francisca Pizarro cuenta en la obra sobre su vida es cierto. Que su marido dejó dicho en su testamento que no se volviera a casar y que ella desafió su voluntad y a la sociedad española entera, hizo de su capa un sayo y se casó de nuevo ¡y con uno más joven!. Que se hizo experta en leyes para poder defender sus derechos a títulos nobiliarios y riquezas. Eso es feminismo del siglo XVII y lo demás son tonterías.

Y te das cuenta de que, con todas las limitaciones que sufrían en aquella época, había mujeres con una voluntad y una determinación de vivir como querían verdaderamente admirable. No es algo que hayamos inventado ahora. No es una reinterpretación contemporánea de estas mujeres. Teresa de Ávila, Sor Juana, María de Zayas, La Calderona, Francisca Pizarro existieron.

Y también las que no existieron, pero alguien inventó: las mujeres cervantinas, lectoras, fuertes, defensoras férreas de su libertad: Marcela, Gelasia, Dorotea. Las mujeres de las obras de Tirso y Lope: inteligentes, astutas, apasionadas.

Y luego estaba la cuestión de la conquista de América. Un tema que es complejo y que me daba respeto tratar porque no soy historiadora. Pero además, un tema que ya tenía plena vigencia en su momento. Y lo que hice fue trasladar las diferentes posturas de los propios españoles ante la conquista a las tablas.

Así, cuando Francisca y Tirso discuten sobre la actuación de los conquistadores toman la palabra prestada de dos de sus coetáneos: Fray Bartolomé de las Casas y Fray Ginés Sepúlveda. Estos dos personajes históricos protagonizaron un famoso encuentro, la Junta de Valladolid, en el que respectivamente acusaban y abogaban por los conquistadores.

Me pareció mucho más interesante no realizar un juicio a posteriori sino reflejar la preocupación por cómo se estaban haciendo las cosas que ya existía en la época. Si las primeras leyes defensoras de los derechos humanos de los indios americanos las hace Francisco de Vitoria en el siglo XVI.

AH – Es la primera obra que estrena ¿tiene alguna más?

JS – Tengo otro texto dedicado a dos mujeres del siglo XX: Zenobia Camprubí y Margarita Gil Roësset. La primera fue, además de mujer y colaboradora de Juan Ramón Jiménez, traductora, escritora, profesora de universidad, y una mujer de un vitalismo maravilloso.

Marga fue una poeta, ilustradora y escultora prodigiosa, una de las primeras mujeres en esculpir en piedra, con un estilo y una técnica formidable y sorprendente, tanto que con 22 años se incluyó su obra en la Exposición Nacional de Bellas Artes 1930 y dejó a la crítica boquiabierta.

Ellas se conocieron y fueron muy amigas durante una breve e intensa temporada, durante la cual, Marga realizó un busto en piedra de Zenobia. Su fin fue trágico, pero es una historia llena de poesía y amor por el arte y por la vida, que quiero contar.

Y tengo idea de continuar trabajando el tema de las mujeres en la conquista de América.

AH – ¿Por qué elije mujeres para sus obras?

JS – ¡Porque son interesantísimas! No es nada autoimpuesto aunque sí siento un interés natural hacia los personajes de mujeres. Por un lado, por el olvido sistemático a las que se las ha sometido, hay un millón de mujeres extraordinarias por descubrir.

Además, supongo que por esa dificultad añadida que ha supuesto ser mujer a lo largo de la historia, sus vidas son particularmente interesantes.

En general, han tenido que sobrevivir, que enfrentarse, que reinventarse, lo cual las hace muy atrayentes como figuras históricas y como personajes literarios. Yo aún me sorprendo de la cantidad de historias apasionantes por contar que tienen a las mujeres como protagonistas, y que siguen ahí esperando a que las saquen a la luz.

AH – Trabaja mucho sobre personajes reales ¿no tiene intención de trabajar personajes ficticios?

JS – ¡Sí, por favor! Por cómo se han dado las cosas, hasta ahora todo han sido personajes históricos, pero estoy deseando inventar por completo a un personaje.

AH – ¿Qué importancia tiene la ficción en las obras que ha escrito?

JS – Yo vivo instalada en la ficción desde que recuerdo. Las historias, los cuentos, las invenciones, la fantasía, me han permitido entender más la vida que, a veces, la propia vida. Me han hecho mejor y me han enseñado a ponerme del lado de las personas.

En las obras que tienen materia de la Historia, la ficción además permite dar luz a las zonas oscuras de lo histórico: la intrahistoria, el alma de los personajes, los olvidados.

La ficción no sustituye a la Historia, no da respuestas, pero permite que nos encontremos frente a frente con aspectos que la Historia, que quien cuenta la Historia, a veces no enseña. Luego cada uno sacará la conclusión que quiera.

La vida es, además, pura ficción: nos inventamos como personajes, luchamos para ser los protagonistas, nos ponemos máscaras, nos las quitamos, creamos historias que además luego nos creemos y nos ayudan a vivir, a entender, a ser sociales.

AH – ¿Cómo le ayudó el estudiar interpretación a la hora de escribir teatro?

JS – Muchísimo. Te ayuda a tener piedad por los actores y a no machacarlos con tus delirios de escritor. Un escritor que tiene la experiencia de la interpretación -o de haber trabajado con actores- es consciente de que lo que escribe debe estar al servicio de un montaje que funcione.

Uno puede escribir un texto maravilloso, lleno de poesía e imágenes encadenadas, filosófico, profundo, lo que sea. Y eso no tiene por qué servir para el teatro y es importante ser consciente de ello.

Saber que lo que escribas se tiene que poner en pie, lo tiene que defender alguien, tiene que entenderse, debe resultar eficaz, debe contener acción, obliga a escribir de una manera diferente. Y a la vez creo que es algo muy útil no solo para el teatro, también para otros tipos de escritura.

AH – ¿Qué hiciste para que Francisca Pizarro pudiese vivir en escena?

JS – ¡Eso lo consigue Gloria Muñoz, no yo! Pero ya que lo preguntas creo que lo que hace que Francisca haya resultado un personaje tan vivo es el humor. El que tenía ya el texto, el que ha añadido la puesta en escena de Yayo (porque el humor y la música son la marca de las obras que dirige) y el que Gloria, que es otra reina del humor, ha aportado con su interpretación.

Curiosamente creo que también la ha hecho vivir la literatura. Quise darle un lugar en la tradición literaria, relacionarla con otras escritoras y textos de la época y ella los ha hecho suyos y ha ocupado ese lugar con total naturalidad y desparpajo.

AH – ¿Le hubiera gustado hacer el personaje de Francisca?

JS – Tiene que ser divertidísimo. Pero luego veo lo que hace Gloria y pienso “zapatero a tus zapatos.”

AH – ¿Ha venido a ver la obra con sus alumnos?

JS – ¡Aún no han venido, pero ya tienen sus entradas! Hay muchos alumnos aficionados al teatro en mi instituto. Este año no les doy clase pero el pasado estuvimos todo el año haciendo salidas voluntarias y se apuntaban muchos.

Empezamos por Crimen y telón de Ron Lalá, y a partir de allí se entusiasmaron y me pidieron más. Así que fuimos a ver también Hablar por Hablar de Fernando Sánchez Cabezudo y Solitudes de Kulunka Teatro. Espectáculos que yo tenía la certeza de que iban a enganchar con ellos. Y así fue. Y este año me recompensan mis esfuerzos viniendo a ver “Mestiza”. ¡Y vienen noventa! Me hace muchísima ilusión.

AH – ¿Qué ha aprendido yendo al teatro con ellos?

JS – Pues verás. En general tienen una forma interesante de ver el teatro. Aprecian muchísimo que lo que se cuenta tenga interés, que los mantenga prendidos, que haya acción, que tenga ritmo. Les encanta que haya música.

Es curioso porque a veces eran más exigentes que yo: enseguida señalan lo que no funciona, las caídas del ritmo, lo que les parece incoherente. No necesitan -en contra de lo que plantean muchos “espectáculos para jóvenes”- que se les simplifique la trama. De hecho, las adaptaciones juveniles de clásicos a menudo les resultan infantiles. Lo único que piden es no aburrirse.

Y yo tengo que decir que pocas cosas les entusiasman más que una obra de teatro que les rompe la cabeza. Los he visto emocionados y entusiasmados algunos con ganas de subirse a un escenario.

Vale la pena, como profe, esforzarse en buscar el espectáculo adecuado para ellos. Entonces, como me ocurrió a mí con “Crimen y Telón”, te persiguen durante todo el año para que los lleves a ver más. El teatro es para los jóvenes y los jóvenes para el teatro. Debería metérsenos en la cabeza.

AH – El público de teatro actual es fundamentalmente femenino ¿cree que los chicos y las chicas perciben el teatro de forma distinta?

JS – Yo no lo creo. Los grados de madurez y las sensibilidades, como en casi todas todas las edades, dependen mucho de cada individuo o individua. Pero si realmente hay más espectadoras de teatro (y más lectoras) bien por nosotras.

AH – ¿Por qué cree que los jóvenes no van al teatro?

JS – Intervienen muchísimos factores. El amor al teatro se enseña en primera instancia en las familias. Para que forme parte de las familias, a su vez debería haber estado presente de forma previa en la educación de estas o bien ser algo valorado por una generalidad social.

Luego estamos los profes, que tampoco tenemos siempre la posibilidad de escoger para ellos obras que les proporcionen un encuentro satisfactorio con el teatro. Y si van una vez y esa vez los echa para atrás va a ser difícil recuperarlos luego.

Pero insisto. No es que el teatro no sea para los jóvenes. Sí lo es, pero hay que tomárselo en serio: las familias, los centros educativos, las instituciones públicas. Nadie duda de que aprender inglés o matemáticas sea necesario para la formación de los jóvenes. Y el teatro también debería serlo.

AH – ¿Qué hace como profesora de artes escénicas en un instituto?

JS – ¡Lo que puedo! [dice sonriendo]. Trato de inculcarles pasión por el teatro, cultura teatral, que lean cosas, que jueguen a ser actores, dramaturgos, escenógrafos y otras profesiones del teatro.

Es cierto que a veces, ni el espacio, ni la hora de clase, ni la edad nos juegan a favor. Imagina una clase de teatro a las 8:15 de la mañana, en un aula pequeña y llena de mesas en la que no puedes armar mucho jaleo y con gente muy dormida de 17 años.

Pero ahí estamos. Vamos recorriendo la historia del teatro, haciendo lecturas dramatizadas, ejercicios de improvisación, y tenemos en marcha un montaje creado de cero por ellos mismos en el que hablamos de teatro y de cine. ¡Algo sacaremos de todo esto!

AH – ¿Incluiría la enseñanza de artes escénicas en todos los programas formativos y no solo en el bachillerato artístico?

JS – Claro que sí. El teatro, la danza y la música deberían formar parte de la educación desde los primeros años. El compromiso físico y emocional con lo que están aprendiendo es fundamental para que ese aprendizaje se produzca realmente.

Como dice Tirso de Molina en “Mestiza”: “[el teatro] permite vivir en las propias carnes y ver con los propios ojos.” Igual que el aprendizaje artístico. Que nos vincula con nuestras emociones, con las historias de otros, con el dominio de una técnica, con el rigor del aprendizaje.

Se trata de una dimensión que sería muy efectiva llevada a la educación y apenas se explota. Y tiene otras muchas ventajas: mejora el autocontrol, físico y mental, las habilidades comunicativas, la resolución de problemas, la creatividad, el trabajo en equipo, la empatía, la sensibilidad artística. Estoy segura de que incluirlo en los programas educativos cambiaría la sociedad en la que vivimos.

AH – Gracias al interés y éxito de “Mestiza” está haciendo muchas entrevistas ¿Hay algo que no le hayamos preguntado en esas entrevistas y de lo que le gustaría hablar?

JS – ¡Creo que no! Me siento muy bien preguntada en general. Ahora, por poder, hablaría largo rato de cómo ha sido este proceso de trabajo, de lo que he aprendido de mis compañeros, de cosas interesantes con las que me he encontrado haciendo la dramaturgia, de la construcción de los personajes.

AH – ¿Cómo construye Julieta Soria sus personajes?

JS – Es curioso, porque tengo la sensación de que los personajes tienen ya su historia construida. Es verdad que en estos casos son personajes reales y existe ya una historia detrás. Pero va más allá.

Cuando comienzas a escrutarlos, a investigar sobre qué hicieron o qué fueron, te das cuenta de que la vida es una arquitectura casi perfecta. Que están llenas de poesía, de coincidencias, de recurrencias, de insignificancias que dan sentido al todo.

Uno no piensa que en su vida las cosas sean así, vamos viviendo a lo loco, sin nada establecido. Y, sin embargo, mirar la vida de los otros desde el punto de vista artístico, te aporta una visión muy diferente. Como de círculo casi perfecto.

Así que es cuestión de mirar las vidas de los otros, de tratar de entenderlas, de buscar lo que tuvieron de bello, de feo o de diferente, ir tirando de todos esos hilos y cuando te quieres dar cuenta el personaje ya está hecho.

Luego hay que ponerlo a hablar, dotarlos de un código, un registro, un humor propio.

Yo me obsesiono mucho con que todo lo que un personaje diga tenga una carga, un sentido más allá, una emoción. Que no hablen para nada. Esto no siempre se percibe a primera vista, pero estar, está.

AH – ¿Dónde se queda la poesía en este proceso?

JS – La poesía está presente todo el tiempo en todo lo que hago y tiene que ver con mi amor por el lenguaje. Con la poesía dices el triple de lo que expresas sin poesía. Cuando hay poesía en un personaje está lleno de posibilidades.

La poesía nos permite expresarnos cuando no sabemos lo que nos pasa, o cuando sí lo sabemos, pero las palabras normales no alcanzan. La poesía ilumina, dice lo que no se puede decir de otra manera. No concibo el mundo sin ficción, ni sin humor, ni sin poesía.

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