Regístrate ahora

y te regalamos este libro


La magia existe

La magia existe | Woman·s Soul

La magia existe, estoy segura de ello porque la he visto con estos mismos ojitos pequeños que un día se ha de tragar el fuego.

También lo sé porque tengo un amigo mago que además de tocar el laúd y casi cualquier otro instrumento del renacimiento, me enseñó, a mí, una amante irredenta de los animales, la liturgia secreta de los toros y me ha hecho adorar la fiesta más allá de los estereotipos y las ideologías. Pero sin duda, la deuda más importante que tengo con este amigo sin precio es haber descubierto qué, cómo, dónde, por qué y sobre todo, para qué existe la magia.

Lo digo sin pudor ni fisuras las veces que haga falta, la magia existe de verdad. Esa moneda realmente desaparece detrás de nuestra oreja; esa carta, realmente la adivinó leyéndote la mente o viajó por un agujero cuántico desde la mano de mi amigo hasta tu mano. Para ello, sólo es necesario entregarse con libertad a vivir el instante, a creer.

Intentaré explicarme. A ver si lo consigo.

Cualquier conclusión, dogma, relación, persona, realidad o sentimiento que un día percibimos o sentimos de una forma, termina pasando por la prueba del tiempo. Incluso si la parca pilla un atajo para llevarnos, el tiempo, en ese breve espacio en el que se es, hace su trabajo. Y ese simple hecho lo cambia todo, nunca mejor dicho, nada resiste incólume su paso y ello trae aparejada la única constante real en nuestra vida: el cambio.

La magia por el contrario, especialmente la de cerca, que es la que hace mi amigo, ofrece algo que sólo en apariencia parece eterno, que se escapa al tiempo porque transmite una ilusión inmediata, un milagro instantáneo, como el de Nescafé y también con premio para toda la vida.

La magia de cerca permite presenciar democráticamente el milagro una verdad revelada en vivo, repetida además una y mil veces frente a muchos testigos que participan de la misma alucinación colectiva, del mismo truco; un milagro que nos enseña lo maravilloso que puede llegar a ser el engaño o lo que los magos profesionales llaman de una manera políticamente correcta misdirection.

Y esto lo sé porque en mis días estudiantiles me tocó transcribir algún libro de magia para ganarme un dinerito extra: otra cosa más por la que debo agradecimiento a mi amigo. De aquellos días aprendí también que los no iniciados en la magia somos llamados cariñosamente por los magos, profanos.

Así que la magia utiliza técnicas para distraer nuestra atención, poner el foco, la luz en lo que el mago necesita que veamos y no en lo que él hace para que veamos lo que vemos. Y todo ello en pos de un bien superior: que podamos entregarnos a la felicidad, aunque sea por un instante, de creer que algo ha ocurrido así, de la nada, sólo por el egocéntrico hecho de haberlo visto, sin que la razón entre a molestar o los prejuicios eviten lo inevitable, ese del Ohhhhhhhhhh tan impecablemente infantil, que convierte en irrelevante la verdad o la mentira. Insisto: magia pura.

En realidad, si le echamos una pensada, estamos rodeados constantemente por la magia del engaño o la misdirection, pues no sólo la practican los magos, sino que está presente en las profesiones más impensables, las menos obvias. Así, pensemos por ejemplo, en un restaurador de cuadros o en un traductor de poesía. Cuando trabaja lo hace intentando interpretar la obra con lo que sabe del autor y de la época en la que se pintó el cuadro o el sentido de la palabra en el momento en que se escribió el poema; pero también la interpreta con sus propios sentimientos, con lo que él o ella cree que debe transmitir hoy en día, o lo que sería hoy más relevante que entonces, con lo que le parece más importante. Cuando uno ha traducido textos y especialmente poemas, esto es mucho más evidente y complejo, te debates entre 3 ó 4 palabras que pueden ser equivalentes intentando pensar cual escogería el autor, qué quería decir, pero al final hay un momento mágico en el que se te revela una de ellas y la eliges, incluso asumiendo la duda de si el autor habría elegido otra.

Y digo profesiones poco obvias porque en otras como la de vender o la abogacía por ejemplo, el milagro del engaño es mucho más obvio y diría incluso que institucional. En esta última el juez sabe que tú le ofreces sólo una versión de la realidad, la tuya, la de tu cliente, que merece y tiene el mismo derecho que otro a ser defendido de la mejor manera posible. Cuando un juez lee un escrito, se entrega instantáneamente a esa ficción, luego se entrega a la de la parte contraria, la del fiscal si procede y finalmente, decide. Sabiendo además que se mueve para ello entre dos realidades paralelas: la de los hechos que han podido ser probados, sobre los que no tiene duda y la de los que han sido mencionados, pero están fuera de la discusión o no se pudieron probar.

Pero lo importante es que el efecto es siempre el mismo, somos engañados por nuestro propio cerebro o nos dejamos engañar dócilmente por el de otros en pos de un bien superior: tener momentos de felicidad, justicia, placer, etc., etc. etc.

Pero a diferencia de una sentencia o del cuadro restaurado de un pintor famoso, la magia de cerca, cuando está bien hecha, sorprende y deja felices a casi todos. De esto puedo dar fe como espectadora porque a  lo largo de los años he visto actuar a mi amigo-mago-sin-precio muchísimas veces. En cada actuación, sobre todo en las privadas, ha habido siempre un porcentaje mayoritario de gente que tras cada truco exclama: ohhhhhhhhhhhhh y piden sin parar un truco más. Yo me declaro abonada de este tendido y por más que haya visto una y mil veces el mismo espectáculo no quedo nunca sin sorpresa.

Otro porcentaje, infinitamente más pequeño, lo integran los personajes que, como los niños, van a pillar al mago como sea y actúan —ingenuamente— con la creencia de que van a lograrlo.

El tercer y último grupo es, sociológicamente hablando, el más interesante; y lo integran individuos (generalmente hombres, aunque no sé muy bien por qué y en un estado etílico casi siempre importante) que parecen tener como única misión en la vida saber a toda costa cómo hace el mago cada uno de sus trucos. Deben pensar, en plena euforia, que si logran saberlo también podrán repetir los mismos trucos y despertar la misma admiración en el personal. Todos, sin excepción, queremos ser queridos por otros, lo adornemos con chocolate, nata o azúcar glacé.

Y el verdadero milagro está en que los tres grupos, por razones muy distintas suelen converger: el primero porque está entregado al disfrute de la magia y le importa un pepinillo en vinagre cómo lo hizo o cuantas horas haya dedicado el mago a practicar para que nadie note nada. El segundo grupo porque mi amigo-mago-sin-precio es un gran mago y no lo pilla ni Dios. Y el tercer grupo, el de los Frodo que quieren ponerse el anillo y “ver” como sea, terminan felices “viendo” por una razón no desprovista de la misma belleza que las anteriores: mi amigo tiene un truco, siempre el mismo y sólo uno, que explica una y otra vez a la misma categoría de individuos. Y por increíble que parezca, cuando lo hace, el milagro vuelve a ocurrir.

Este placer instantáneo es muy distinto para el mago que lleva años, muchas horas dedicadas a practicar una y mil veces hasta que el truco sale. Y esa parte, la del backstage es la que está detrás de todos los milagros verdaderos, detrás de todos esos ohhhhhhhhhs, que soltamos en los momentos de admiración suele haber muchas horas de trabajo que no se ven. Es este mismo espíritu dual el que impregna un tipo de magia más rara, menos visible, pero muy poderosa y en ocasiones, curativa: la magia de la convergencia.

Para hacer ohhhhhhhh ante este tipo de magia, para tener la certeza de que el único truco es, como el del mago, el trabajo de horas, es también necesario el paso del tiempo. El suficiente para ver las cosas repetirse una y otra vez bajo máscaras, disfraces, aparentemente distintos. Como en cualquier otro truco, para ver la magia de la convergencia son necesarios algunos ingredientes mágicos: constancia y sobre todo, libertad, aunque sea sólo de pensamiento para romper o adaptar los moldes que nos hemos venido construyendo a lo largo de nuestra vida. Sólo así podremos ser testigos y ver algo donde antes no estaba o incluso, parecía imposible que estuviera, otra vez: magia pura.

En un momento mágico de convergencia de pronto todo ocurre a un mismo tiempo: coincidimos en un cierto punto sin saber cómo ni por qué. Es como si de repente un círculo que antes era línea recta se cerrara: los de izquierdas y los de derechas llegan a las mismas conclusiones a pesar de haber tomado caminos tan distintos, a pesar de sus propias contradicciones; los judíos y los cristianos aceptan su origen común, lo indispensable de los unos y los otros en el juego de la existencia propia, del reconocimiento mutuo. La certeza de que la negación de lo contrario equivaldría a la de lo propio, de que todo tiene un sentido y un lugar, de que hay sitio para todos si tenemos la libertad mental para dejar entrar cosas nuevas, ideas sin corsé.

Intentando buscar una imagen que ilustre esto se me ha ocurrido una muy terapéutica y estival: hay que imaginar que estamos llegando a una cala escarpada a la que cuesta llegar y estamos cargados de trastos (en mi caso, hay que añadir silla plegable y sombrilla). Elegido el sitio en la arena —cuando la hay—, abandonados los bártulos, comienza el momento místico. Vamos deshaciéndonos de todo: el pareo, las chanclas, las gafas y el sombrero, los más atrevidos, incluso del bañador; caminando, otros corriendo hacia el mar y una vez allí, después de una brazadas para espantar el shock térmico, nuestra única misión es estirarnos, flotar; ver ese azul o esas nubes que el cielo parece haber fabricado para nosotros que parecemos ser, en ese instante, el centro del universo. Escuchar cómo bailan las olas del mar en esa caverna subterránea, en ese submundo que vive una existencia paralela, de ondas distintas, de sonidos que huyen acolchados, absorbidos por la vastedad del agua, inmensa, incalculable.

Y descansar, flotando, pendulando en función de que nuestra oreja, nuestro oído se sumerja o emerja de entre esos dos mundos en ese momento sin tiempo en el que parecen darse la mano en el centro de la línea del agua, pero con la misión secreta de no importar, de ser esencia pura sin conciencia. En ese instante todo jura eternidad, imágenes sin sentido ni objetivo: levemente ser, y nada más.

Lo que vengo diciendo desde el principio: la magia existe. Sea tan obvia, tan inmediata como la del mago que ha trabajado años para que podamos verla en un instante de felicidad sin ambages; esté escondida, agazapada detrás de cualquier cosa a la espera de que el alma entrenada por el tiempo y la libertad la vea, la disfrute y sencillamente… no espere nada más. Donde todo es instante, nada pasa ya.

0 Comentarios

Contesta

CONTACTO

Si tienes cualquier sugerencia que hacernos o alguna pregunta sobre el funcionamiento de la página, no dudes en ponerte en contacto con nosotros. Estaremos encantados de atenderte.

Enviando

Copyright © 2016 Woman's Soul | Website Created by El Petit Kraken

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

o    

¿Olvidó sus datos?

Create Account