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La perra de mi alma.

1983 Sept  DUMAC (Catira)19042014-2

Hace muchos años tuve una perra labrador color chocolate que se llamaba “Catira”, un término usado en Venezuela para las rubias. Fue la perra de mi alma y me salvó la vida.

Ella entró en mi vida en septiembre de 1982, siete meses después de la muerte de mi padre.

Fue en una función de gala para una asociación benéfica. Fui a la cena-baile acompañada de mi marido y mi madre, quién salía por primera vez a una función social desde la muerte de su marido.

Apenas habíamos cruzado la puerta hacia al salón cuando escuchamos los ladridos lastimeros de un cachorro. Mi madre y yo nos miramos y tomadas de la mano nos dirigimos hacia el sonido. Allí, en una enorme caja de cartón había dos cachorros de labrador, un macho y una hembra, ambos de color chocolate. Cogí la hembrita entre manos y la miré de frente: sus ojos eran de color miel, y su piel de chocolate oscuro era suave y esponjoso. Me enamoré. Miré a mi marido que se había acercado y él supo en ese momento que tendría que conseguírmela.

Dejamos la perrita en su caja y nos dirigimos a nuestra mesa.

Durante toda la cena, mis oídos estuvieron atentos a los sonidos de los cachorros y cuando llegó la hora de la subasta esperé con ansiedad que ofrecieran la perrita.

Por fin, la sacaron y mi marido y otro invitado comenzaron a pujar. Para no alargar la historia, después de unos minutos el contrincante se dio por vencido y la perrita era mía. Me adelanté al escenario y la cogí en brazos. Era preciosa: una bolita tierna de pelos. La coloqué sobre la alfombra del salón para mirarla completa y, bajo la mirada horrorizada del camarero, hizo pipí y caca. Le puse “Catira” porque no era negra como los labradores que había conocido antes.

Los labradores, en general, están llenos de energía y Catira no fue ninguna excepción. Corría por la casa como una enloquecida, comía todo lo que su boca encontraba incluyendo pantuflas, calcetines y libros.

Encantada con su primer éxito excretorio, insistía en hacer pipí y caca en la sala detrás del sofá hasta que un día –no pudiendo controlar mi desesperación- le di tres buenos latigazos con un cinturón. Ella nunca volvió a ensuciar en la casa, pero yo tardé semanas en quitarme el sentimiento de culpa.

Catira se convirtió en un miembro adorado de la familia y ella misma amaba a todo el mundo, aunque definitivamente era mi perra.

Cuando yo estaba en casa, se tiraba a mis pies y me seguía por donde fuera. Por la noche dormía en el suelo junto a mi lado de la cama. Cuando estaba a punto de tener cachorros (había saltado la barda y se cruzó con el perro más feo que se encontró), fue a mí a quién despertó para ayudarla cuando le llegó el momento. Cuando me enfermaba –lo que no era muy seguido- no salía de mi dormitorio. Me acompañaba a dar caminatas en el bosque y se acostaba a mis pies cuando estaba escribiendo. Era la perra más abrazable que había tenido jamás y, aunque para cuando cumplió dos años se calmó y ya no destruía cosas, nunca dejo de ser juguetona y tenía una personalidad (perronalidad, decíamos) encantadora y amorosa.

También era una perra muy inteligente. Le enseñé a “hablar”. Si le decía “háblame”, de inmediato comenzaba a vociferar unos sonidos modulados, virando su cabeza de izquierda a derecha como si conversara. “Busca” era su juego favorito y nunca perdía. Era un cobrador increíble y podía cansar a cualquier trayendo la pelota o el palo 150 veces sin descansar. Si por mala suerte, el palo quedaba en algún árbol, nunca aceptaba un sustituto de manera que había que ir por la escalera y la escoba para bajar la presa deseada y seguir el juego. Conocía su palo. Cuando quedó embarazada, arreglé una gran caja de cartón y lo llené de mantas viejas. Lo coloqué en la cocina y una o dos veces acaricié su vientre y apunté a la caja diciendo “allí”. Sin embargo, pareció rechazar la idea y cada vez que pasaba por la cocina, caminaba lo más alejada posible de donde se encontraba la caja. Era obvio que no le gustaba para nada. Una mañana, su jadeo junto a mi cama me despertó en la madrugada. Estaba sentada allí con la lengua para afuera, jadeando y mirándome. No dudé ni un minuto que el momento había llegado. Cuando me puse de pie, se fue hacia la puerta del dormitorio y esperó, mirándome. Entonces la seguí. Se dirigió derechito a la cocina, se metió en la caja y me miró de nuevo. Casi no podía creerlo. “Buena perrita, sí allí es.” Y tuvo sus cachorros en la caja.

Nuestra propiedad daba con un campo de golf y con frecuencia los golfistas atinaban a meter su pelota en nuestro jardín. Un día oí que Catira ladraba y ladraba fuera de la puerta de la terraza que daba al jardín. Cuando salí, vi un hombre de pie junto a la barda mirando a Catira. Le pregunté qué quería y me dijo que su pelota había caído en mi jardín.

“¿Dónde está?” pregunté mirando el pasto sin ver absolutamente nada.

“Tu perra la tiene en su boca, “dijo riéndose. Catira siguió ladrando sin soltar la pelota. Era muy divertida.

Catira tenía 10 años cuando todo comenzó a derrumbarse a mi alrededor. Yo estaba bebiendo mucho y escribiendo cada día menos. Me sentía llena de angustia lo que me llevaba a beber más y escribir menos. Sabía que había algo muy equivocado en la dirección que mi vida había tomado, pero el alcoholismo es una enfermedad muy insidiosa que se alimenta de la negación, de manera que culpé a mi matrimonio por mi infelicidad y bebí cada vez más.

Luego, una noche, tuve una pesadilla. En el sueño, yo salía por la puerta de la casa hacia la calle. Catira se encontraba del otro lado de la calle y, en cuanto me vio, corrió hacia mí. Pero, cuando ella cruzaba la calle, el camión distribuidor de gas se materializó de ninguna parte. El impacto cortó a Catira en dos y, mientras yo miraba horrorizada, la parte con la cabeza se arrastró hacia mí impulsándose con sus patas delanteras. Me miró a los ojos con la mirada más dolida y confundida que yo jamás hubiera visto. Desperté gritando de dolor, con el corazón hecho un nudo en el pecho.

Aunque Catira estaba allí mismo a mi lado, vivita y coleando, el dolor en el pecho no cesó. Estaba sollozando como si fuera a vomitar todos mis adentros. Mi marido me abrazó tratando de calmarme, pero el dolor en el pecho y la tristeza tan profunda que no cabía dentro, no desaparecieron. Sin importar lo que hacía, la mirada en los ojos de Catira en el sueño, esa mirada que gritaba en silencio ¡¿por qué?! no se quitaba de mi mente. Y con esa imagen venía el dolor.

Una semana más tarde, agotada por el esfuerzo de seguir viviendo como lo había estado haciendo durante los últimos años, toqué fondo y me interné en una clínica para adicciones. Durante mi recuperación, entre otras terapias, tomé un curso en la interpretación de sueños. Allí, el sueño del atropellamiento de Catira adquirió otros matices. Los animales queridos en un sueño representan, generalmente, el cuerpo propio, entonces Catira era mi propio cuerpo que yo estaba matando. La mirada dolorosa y confundida en sus ojos color de miel expresaba la pregunta que mi pobre cuerpo no podía expresar de otra forma: ¿por qué me estás matando? Mi cuerpo se estaba muriendo, y la parte más afectada, en mi caso, era el colon situado, precisamente, en la parte inferior (que correspondía a la mitad trasera que Catira perdió con el golpe del camión). Llegué a entender que ella había servido para avisarme, como guardiana de mi alma, clamando atención desde el mundo de los sueños. Era la perra de mi alma.

Y, la historia no termina allí.

Dieciocho meses después de dejar la clínica de rehabilitación, me divorcié. Yo pensé que me moría de tristeza y Catira también. Dejó de digerir su comida y tuve que conseguirle unas pastillas especiales de enzimas para que pudiera comer. Engordó y dejó de jugar; comenzó a sufrir de artritis. Perdió toda su alegría. Para cuando el divorcio se había consumado, Catira –de sólo 11 años- se había convertido en una perra vieja.

Después del divorcio, Catira y yo fuimos a vivir a una nueva casa. Yo lloraba todos los días y cada vez que comenzaba a llorar, aunque fuera en silencio simplemente dejando caer las lágrimas por mis mejillas, ella lo percibía y se escondía en el fondo del armario detrás de toda mi ropa y no salía hasta que yo había dejado de llorar.

Seis meses después del divorcio, me fui de viaje durante un mes. Cuando volví, encontré una perra moribunda: estaba enormemente gorda y plagada de artritis. Aunque con mi vuelta se recuperó algo, yo estaba segura que no duraría mucho.

Entonces, conocí al hombre que sería mi segunda pareja, o más bien debería decir “conocimos”, porque apenas unas semanas después de que él comenzó a visitarnos, Catira empezó a mejorar. Cuando me mudé a vivir con él once meses después, ella había perdido todo el peso que había ganado con el divorcio, y corría y saltaba de nuevo como una perra joven. Además, de repente su sistema digestivo se curó del mal que la había tenido a dieta y podía comer cualquier cosa sin ayuda de las pastillas. La transformación fue impresionante.

Observé sorprendida mientras todas las señas de decrepitud que la habían hecho vieja antes de tiempo desaparecían; Catira era feliz, tenía una familia de nuevo.

Yo llevaba como tres meses viviendo con mi nueva pareja cuando recibí la llamada. Iba en mi coche camino a una cita en la ciudad y sonó mi móvil: era el jardinero. Catira había estado en frente de la casa acostada en el sol cuando entró el camión del gas. No la vieron y ella, obviamente, no se dio cuenta de que estaba en peligro. El camión había pasado encima de sus patas traseras y le rompió ambas piernas y posiblemente la cadera.

No podía moverse.

Recordé el sueño de tres años antes y sentí la fatalidad del hecho. Llamé al veterinario, y me dirigí hacia la casa. Cuando llegué, Catira seguía en el pavimento de la entrada; habían colocado una silla delante para que no la atropellara otro coche al entrar. Cuando me acerqué, levantó la cabeza y me miró. En sus ojos color de miel creí percibir su alivio al verme. No fue como en el sueño. Me senté junto a ella, acercándome con cuidado hasta poder acostar su cabeza en mi regazo. De la casa, el jardinero trajo un paraguas para hacerle sombra. Su cuarto trasero estaba totalmente destrozado y era obvio que no había nada que hacer excepto esperar al veterinario con la inyección para dormirla y acabar con su dolor.

Mientras esperábamos le acaricié la cabeza y le di las gracias una y otra vez. Le dije lo agradecida que estaba de haberla tenido en mi vida durante los últimos 13 años, le dije cuánto la quería, cómo había salvado mi vida y que mi gratitud no tenía medida. Fue un momento lleno de paz. Le di las gracias de haberse quedado conmigo durante el tiempo tan difícil para ambas después del divorcio y por haber absorbido tanto de mi dolor en su propio cuerpo que se tornó gorda y artrítica. Le di las gracias de haberse esperado hasta que yo tuviera una familia nueva antes de cumplir con lo que me parecía entonces su destino.

Le dije que no tardaría el veterinario en llegar y traerle paz. Ella pareció relajarse. Yo podía sentir el peso de su cabeza en mi regazo. Para cuando llegó el veterinario, mi hija también había acudido y esperaba conmigo. Juntas la sostuvimos en nuestro corazón mientras suavemente se encaminaba al último sueño. Yo continué abrazándola todavía un buen rato después hasta que fue el momento de dejarla ir.

Las lágrimas que corrían por mis mejillas eran lágrimas de amor y gratitud.

Desde entonces, jamás he dudado que Catira vino a mi vida, después de la muerte de mi padre, para salvarme y ayudarme a encontrar un nuevo camino. Me sorprende cómo la vida produjo un sueño que me salvó, y luego, tres años después, hizo realidad lo que había soñado, cuando yo ya estaba bien y suficientemente fuerte para soportarlo.

Desde entonces he tenido otros perros y los he querido a todos. Pero Catira, para mí, no era una perra: ella era mi alma envuelta en chocolate y miel.

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