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Laura Cepeda, la vuelta de una clásica del teatro

Laura Cepeda - Entrevista Woman's Soul blanco y negro

“El momento en el que se abre el telón y sales a escena no es comparable a nada”

Laura Cepeda Golferichs, más conocida por Laura Cepeda, es noticia porque ha vuelto al teatro después de haberse dedicado durante mucho tiempo a hacer dirección de castings. Actriz que se formó en Italia donde hizo sus primeros trabajos y que tuvo su propia compañía en España, se ha subido a escena de la mano del director Eduardo Recabarren. Primero con “El malestar que insiste”, obra del propio director, con la que estuvo en el Teatro Lara y ahora con “La camarera de la Callas” de Roberto D’Allessandro en el Teatros de las culturas

Antonio Hernández (AH) – ¿Tiene más  de María Callas que de Bruna Lupoli, su camarera?

Laura Cepeda Golferisch (LCG) – Creo que tengo más de Bruna al menos me gustaría tener más de ella. Cuando vi este monólogo en el Festival de Avignon no me interesó mucho porque me pareció una oda a la biografía Callas. Sin embargo, el personaje que lo contaba sí que me interesó. Me pregunté “¿Quién es esta Bruna?”

El caso es que me puse en el ordenador en agosto para buscar información y lo primero que salió fue la esquela de la muerte de Bruna. Me quedé sorprendida.

Me di cuenta que no sabía nada de ella y empecé a investigar. Era una mujer bajita, de pelo castaño. Había alguna foto en la que se veía a María Callas sonreírla muy cálidamente, como si fuera alguien muy cercano.

A partir de ahí encontré unas cartas que no eran las de una señora a su criada. Eran las de una amiga a otra amiga. Le decía que la echaba mucho de menos, que con ella sus vacaciones serían más divertidas porque le sacaba punta a todo.

Me sorprendió muchísimo. Pensé que había un filón y pregunté ¿qué pasaría si una persona que viviese a la sombra de un personaje como María Callas hablase desde lo que vivió? ¿Cómo respondería las preguntas que siempre me he hecho sobre la biografía de María Callas?

Por eso la respuesta es que soy más Bruna porque las preguntas que me hice fueron acerca de ella. Ser la Callas lo entiendo más, ser la Bruna, no.

AH – ¿Qué preguntas se hizo?

LCG – ¿Cómo se puede amar con tanta generosidad? ¿Qué personalidad decide no brillar jamás? Ser la persona que está en la sombra, pero al mismo tiempo saber que el sol de María Callas habría caído antes si ella no hubiera sido su sombra.

¿Qué se siente viviendo con Callas y viendo como era mancillada y se dejaba mancillar? ¿Viendo como la Callas buscaba y necesitaba la aprobación de los demás?

Ella [refiriéndose a Bruna] que era una muchacha de un pueblín del norte de Venecia que comenzó a trabajar con diez años. Una mujer de aproximadamente 1,50 m y flaca que cae a trabajar con María Callas. ¿Qué debió sentir durante los 24 años que vivió con ella?

Bruna fue una mujer que se convirtió en una figura materna o de hermana mayor de la diva. Una mujer que renunció a todo.

AH – ¿Qué respuestas encontró para esas preguntas?

LCG – Creo que un sentimiento parecido como lo que yo sentía al tratar de criar orquídeas, unas plantas muy frágiles, que siempre se me morían y eso me apenaba, pero no desistí hasta que aprendí a cuidarlas poniendo mucha voluntad y constancia; cortándolas de una manera específica, colocándolas en recipientes de cristal Así conseguí que una orquídea me viviera más de tres años y floreciera cada año. Yo amaba a esa orquídea.

Es el placer de cuidar algo o a alguien que solo tú sabes cómo florece. Es un acto único de amor, voluntad de amar sin esperar nada a cambio.

De casi todos los amores se espera una recompensa. Bruna no la esperaba. Cuando María murió ni siquiera tenía un sueldo, ni estaba en el testamento. Solo tenía tres vestidos, dos abrigos, un par de botas, dos pares de zapatos, un velo, tres bolsos y una maleta.

AH – ¿Cómo la remuneraba?

LCG – La trataba a tutiplén. Cuando la Callas viajaba en primera, Bruna también. La pagaba todo: los médicos, el dentista, la peluquería, la comida, los vestidos, los viajes. De vez en cuando, le daba dinero para que ella lo mandase a su pueblo. Y cuando necesitaba algo se lo pedía y se lo daba o compraba. De todas formas, parece ser que Bruna era muy austera y muy escueta en sus necesidades.

María ejercía un poco como la madre que sufragaba los gastos de Bruna y aceptaba sus decisiones porque Bruna nunca quiso ser independiente de María. Podría pensarse que Bruna estaba enamorada de María. No lo sé, pero aunque fuera así da igual pues era generosa sin pedir nada a cambio.

El otro día, dos señoras salieron de ver la obra llorando sin poderse contener. Cuando las vi les dije que sentía haberlas hecho llorar, y ellas me respondieron que no lo sintiera que el personaje les había tocado mucho para bien. Yo creo que este personaje emociona porque todos, en el fondo, o bien queremos tener una Bruna a nuestro lado, o bien querríamos tener una Bruna dentro de nosotros para ayudar a alguien que sabemos que, con nuestra ayuda, tendría una vida mejor y daría lo mejor de sí.

Hay personajes que forman parte de lo peor de los seres humanos, como Calígula. Sin embargo, Bruna forma parte de lo mejor de los seres humanos.

AH- Escuchándola se nota el amor por su profesión de actriz teatral ¿por qué lo dejó?

LCG – A finales de 1999 me pasaron dos cosas importantes en mi vida. En agosto me separé definitivamente del padre de mis hijos. Y tres meses más tarde murió mi madre. Los dos puntales en los que me apoyaba y me guiaban en el camino desaparecieron de mi vida. Me sentí desolada y sin agarraderas.

Al mismo tiempo, tenía dos hijos pequeños, uno de 7 y otro de 14, y no quería depender de que nadie me mantuviera. Tal vez si mi madre hubiera vivido, yo hubiera seguido mi carrera de actriz, porque podía contar con ella si las cosas no iban bien económicamente. Pero ella no estaba y yo tenía que ser mayor sí o sí. Ser adulta sí o sí.

Yo ya había hecho algo de casting para publicidad, sobre todo en Cataluña, y pagaban lo que no está escrito. Y me pregunté qué pasaría si todas las veces que entonces decía que no por hacer teatro, dijera siempre que sí. Y ahí empecé a hacer casting sin parar, no solo de publicidad, sino también de ficción.

Siento que muchos favores que he hecho me han sido devueltos con creces. En aquella época, un amigo que quería montar un proyecto de televisión y me pidió que le ayudara a hacer un casting para ese proyecto. El proyecto que se llamaba “Raquel busca su sitio” en el que yo tenía un personaje para los primeros capítulos. Además, me pidió que le hiciera el casting para el primer capítulo. Le pregunté “¿a quiénes pongo?” Y me respondió que a quien yo quisiera.

Para nuestra sorpresa nos aceptaron el proyecto dos cadenas. Tal y como lo habíamos presentado, con el casting que habíamos presentado. No me lo podía creer.

Entonces me solicitaron que hiciera el casting de los cinco primeros capítulos. Así que no pude hacer el personaje que en principio tenía en la serie, hice otro más pequeño. Y al final, no sé cómo, acabé haciendo el casting de 22 capítulos.

Haciendo estos 22 capítulos me pidieron ayuda para hacer el casting de Padre Coraje de Benito Zambrano en Madrid antes del verano. Dije que sí porque pensé que me daría tiempo a hacer vacaciones. Pero al final ni vacaciones ni nada. Hice todo el casting de la serie, no solo en Madrid. Ese casting ha sido una de las experiencias más bonitas que yo recuerdo. Por un lado Benito estaba conmigo y yo, además de convocar, hacía todas las replicas de todas las improvisaciones de abogada, de yonki, de médico, de mamá hija puta,…

De ahí salieron muchos actores que ahora son muy conocidos como Luz Valdenebro, José Luis García Pérez, Mariano Peña, Antonio de la Torre, Félix Gómez, Mariana Cordero, Julián Vilagrán, Macarena Gómez … Fueron muchísimos.

AH – Pero usted estudió filosofía ¿qué le lleva a una filósofa a estudiar teatro?

LCG – Fue al revés. A mi siempre me gustó contar historias. En casa, cuando, por ejemplo, había un cumpleaños y había que recitar a la yaya, era yo la que recitaba el poema. Cuando acababa la gente me besaba. ¡Eso era muy bonito y fácil! Además tenía la sensación de que lo hacía bien.

Así que decidí ser actriz cuando, por cierto, no estaba nada bien visto, pero mi madre me dijo “Tú eres una mujer de futuro y tienes que estudiar una carrera porque quiero una hija universitaria. Luego si quieres estudiar interpretación la estudias.” Así que elegí filosofía porque me gustaba y a la vez empecé a estudiar interpretación en la Escuela de Arte Dramático Adrià Gual en Barcelona.

Y entonces pasó lo de Salvador Puig Antich. Yo era muy joven, no tenía ni 19 años. La gente olvida las cosas, pero aquello fue horroroso. Pasamos tres meses intentando que no lo mataran. Además a Puig Antich lo conocíamos media Barcelona, al menos los que nos movíamos por la Plaza de Sant Jaume. Era un tipo con una personalidad muy luminosa, muy solar. Nada que ver con lo que la historia ha hecho con él. Todas las niñas que lo conocíamos estábamos le admirábamos y estábamos medio enamoradas.

Así que me metí en política. Me detuvieron y estuve pendiente, con arresto domiciliario, de un juicio del orden público, del TOP nº2, que no me permitía estudiar. En esta situación, mi madre logró sacarme de España con un pasaporte trucado y me fui a Milán. Cuando llegué allí yo quise hacer mimo o baile porque me gusta mucho. Un noviete que me eché me dijo que fuera a la escuela del Piccolo teatro a preguntar.

Allí me recibió una señora mayor que me decía “La aspettiamo, la aspettiamo.” Yo no sabía nada de italiano y entendí que me esperaban –algo que me sorprendió porque era la primera vez que aparecía por allí o hablaba con ellos. También entendí que tenía que hacer una semana de pruebas y que luego se hacía la selección. Pensé: “¡Cómo es Europa! ¡Que hasta para recibir clase pagadas si no vales no te cogen! No hay color.”

Luego me di cuenta de que había sido una confusión, que me tomaron por otra que estaban esperando; una chica de Sevilla- a la que conocí más tarde-que no apareció. Ella se había prematriculado en junio, como era obligatorio, pero luego no se presentó y cuando yo aparecí, en septiembre, me tomaron por ella. Éramos más de 200 de los que tras 6 días de clase elegían los 20 que harían el primer curso.

A veces pienso que, mucho en mi vida, ha sido el resultado del destino. Porque a los cuatro días del curso de selección fui a hablar con ellos y decirles que yo solo quería clases de baile y de mimo, que no pretendía ser actriz ni nada de eso. Fueron ellos los que me dijeron que esperase al resultado de los seis días y que luego decidiera. Cuando dijeron que estaba entre los 20 elegidos, de los que solo habíamos sido escogidos dos extranjeros, un peruano y yo, pues dije “Adelante”.

Cada año tuve que pasar un examen para continuar. Al final de todos los años de formación, de los 20 alumnos que comenzamos, acabamos solo 6.

AH – Y de Milán a Roma

LCG – El novio se acabó – o siempre he sido muy emotiva y me he movido por amor – y como en el Piccolo me hice muy amiga de una italiana que se llama Franchina me fui con ella a Roma para presentarnos a castings. Dos veces nos cogieron juntas. Para el Baal de Bertolt Brecht con un absurdo napolitano y una función de “Il Duello” de Alfonso Gatto, en el que yo era una bailarina metafísica y ella hacía de la acróbata la que iba encima del caballo. Era una especie de circo metafísico.

La verdad es que no me fue mal. Allí hice mucho teatro.

AH – ¿Por qué volvió?

LCG – Mi madre se puso mala, aunque era muy joven, y me entró un agobio terrible. Pensé que qué hacía yo en Italia mientras que a mi madre le quedaban pocos años de vida y que debía regresar. Afortunadamente, lo de mi madre, fue solo un susto, pero yo ya había decidido intentar conseguir trabajo en España y como no lo conseguía en Barcelona por mi acento de charnega en catalán y en cambio me cogieron para una serie francesa en Madrid, aquí que me vine y aquí sigo feliz desde entonces.

AH – Usted tiene mucho recorrido en teatro antes de acabar haciendo castings.

LCG – Mi vida es el teatro. Cada uno nace con un talento y el mío es el teatro. Donde yo mejor estoy es pisando madera.

Soy feliz cuando estoy en un teatro vacío y a oscuras. Ese momento que entras, no hay nadie y huele al espectáculo anterior y sabes que en breve comenzará a bullir y a llenarse de gente que se callará cuando se apaguen las luces, se abra el telón y aparezca otros compañeros o yo. Es un placer. Es lo más. Es como formar parte de algo irrepetible y porque te da la gana. Un placer gratuito que no se puede valorar. Ese momento no tiene un valor en el mercado. No hay nada comparable a ese momento en el que tú, junto con gente desconocida, decidís compartir un rato porque sí. Además, no hay dos funciones iguales, el recuerdo queda solo en la memoria.

AH – ¿Cómo de importante es el público para usted?

LCG – Sin público no eres nada. Haciendo casting he aprendido una cosa muy importante que muchos actores olvidan. El 50% del trabajo del actor es escuchar, compartir con el público. Y el otro 505 hacerse escuchar. Las dos cosas.

Un actor que no escucha al público, que no deja que el público interfiera haciéndose preguntas, mirando, enfadándose, o lo que sea, se está perdiendo algo importante.

Es como un señor que sabe que canta muy bien y que solo espera que le aplaudas, pero no comparte su canción, porque sólo para él.

Recuerdo una vez en una función de “El jardín de los cerezos” de Antón Chéjov a una actriz llorando en el proscenio con gran intensidad pero el público no parecía interesado. Sin embargo, la gente se quedó extasiada cuando en ese momento vio caer, desde arriba una especie de polvillo que se produjo al mover una cuerda. Se quedó enganchado con lo inesperado.

La actriz estaba llorando encantada con su dolor exhibiéndolo casi de manera pornográfica. No se había dado cuenta que lo importante no era que ella sintiera su dolor, sino que ese dolor lo sintiera el público. No hay que engancharse a una emoción y empujarla hasta el final porque puedes hacer que la gente sienta pudor y baje la mirada.

AH – ¿Es por esto por lo que no ha dejado nunca el teatro?

LCG – No tengo esa sensación de que se me considere una actriz de teatro, que es lo que de verdad soy. Creo que Laura Cepeda como personaje público se ha convertido en una directora de casting y que la gente se acerca a mi porque cree que les puedo dar trabajo mientras que yo, durante todos estos años, lo único que he intentado ha sido seguir formando parte de la tribu de los actores. De hecho, creo que si los actores me pueden valorar es porque trato que saquen lo mejor de sí mismos.

No me quejo de haber sido directora de casting. He disfrutado de verdaderas maravillas al otro lado de la pantalla viendo el trabajo de los actores.

Pero el teatro es lo que más me gusta. El otro día leí una frase de Henning Mankell que me pareció muy bonita. Decía algo así como “Hace nada estaba en el prefacio y no se cómo he llegado al epílogo.” Siento exactamente lo mismo. Si tengo que rescatar cosas de ese trayecto entre el prefacio y el epílogo rescato a mis hijos, mi pareja, mi familia, algunos amigos (que aunque estén muertos siguen conmigo) y el teatro.

Si yo tuviera que llevarme un imaginario a una isla, a parte de los afectivos y personales, me llevaría funciones o personajes de teatro que yo he visto. Como “Castigo sin venganza” con Ana Marzoa, “La vida es sueño” también con Ana Marzoa y José Luis Gómez. O “Cabaré de caricia y puntapié” que era alucinante. ¡Hay tantas!

Porque ¿qué es el teatro? Es contar un cuento que en vez de para niños es para adultos. Aunque en el fondo está apelando al niño que todos llevamos dentro. Esto es lo que me ata y da alas al teatro. Hay algo de contar un cuento a un niño.

¿Qué hago yo en “La camarera de la Callas”? Cuento un cuento. Como cuando le contaba un cuento a mis hijos y les ponía voces. Así, en vez de conseguir que se durmieran lo que conseguía es que me pidieran que les contase un cuento tras otro.

AH – Además de interpretar al personaje ¿ha habido más implicación en la obra?

LCG – Hecho de todo, ¡hasta de taquillera! Eso sí, ayudada por amigos. Cuando decidí volver a trabajar como actriz me dijeron que debería dejar de ser directora de casting para que no hubiera una especie de competencia desleal. Y que cuando lo dejara me volverían a llamar para hacer teatro. Pues bien, solo me llamó una persona durante más de un año.

No entendí nada. Pero luego me di cuenta que no tengo edad, que a las mujeres con más de 45 años no las quiere ni el quico, algo que yo había aprendido haciendo castings. Además, el haber sido directora de casting me hacía tener un pasado borrascoso o sospechoso. Encima, hay muy pocos papeles de mujeres.

Así que el verano pasado volví a coger el texto. La traducción era malísima. Pero descubrí que el Festival de Avignon lo había publicado y lo traduje de neuvo. Al empezar a traducirlo me empecé a llenar de palabras y, luego, de preguntas sobre Bruna. Fue cuando me enteré que se había muerto y pensé que podía hablar en nombre de Bruna, que ella ya no se iba a enfadar.

Volví a leer el monólogo con mi compañero que me decía que estaba loca. Lo mandé a amigos directores y me decían que adónde iba con esto. Un amigo , ante mi testarudez, me dijo que me preguntase por qué quería hacer este monólogo, qué hacía insistir en él.

Fue cuando me pregunté: ¿Qué es ser sombra de un ser maravilloso ver cómo se destroza la vida y no poder hacer nada para impedirlo? Esta fue la gran pregunta. Querer a alguien a quien adoras y ver que el peor enemigo es él mismo y no puedes hacer nada. ¿Qué harías tú en su lugar?

Así que me volví a sentar una tarde de domingo con mi compañero e iba poniendo fuera todo lo que parecía sin interés. De 18 páginas me quedé como con 11. Y me puse a escribir para llegar a las 18 páginas. Todo lo que hay en la obra sobre qué es ser sombra, qué es la felicidad, Onassis y los comentarios sobre la relación. En general, todo lo que es la voz de Bruna, que no tiene que ver con la biografía de la Callas, lo he escrito yo.

También he cogido cosas de la biografía de la Callas que no estaban como su comentario sobre el público. En una entrevista cuando le preguntaron sobre el público, ella respondió que el público necesitaba ídolos para destruirlos, porque el público no acepta que un ídolo es una persona que también se cansa, se asusta y necesita un abrazo y basta que dé muestras de debilidad para ir a por él y destruirlo. Y otra vez dijo “Da igual que hayas sido una gloria irrepetible, el público te dará la espalda.” También ella dijo “Su falta de memoria, la del público, hace que sientas que tu vida no ha tenido sentido.”

.”

AH – ¿Comparte usted estas reflexiones sobre el público?

LCG – Totalmente. El público debería rebelarse. Espero la rebelión del público. El público no es una masa anónima, tonta, degradada, de electroencefalograma plano. El público son corazones que laten pero que no quieren llamar la atención, ni salirse de la línea que hace bip-bip y callan y cuando callan se convierten en el público definido por María.

Espero la rebelión del público, en vez de que se queden delante de la tele para ver un programa de chico-busca-chica en vez de tomarse un Valium.

Como público quiero que lo que pase en la tele me haga reflexionar. ¿Por qué tienen tanto éxito algunas series norteamericanas como Black Mirror o Altered Carbon? Porque son series que te ponen la cabeza en ebullición. Te hacen preguntas a partir de una historia que te interrelacionan con los demás.

AH – A parte de sus circunstancias personales ¿encuentra diferencias en el mundo del teatro actual con respecto a cuando comenzó?

LCG – Muchísimas. Sigo sin entender la multiprogramación. Será un sistema para dar cabida a más espectáculos o para intentar probar de todo, pero a mi me suena a estos restaurantes que te dicen “Doce euros y coma todo lo que le quepa”.

No hay un riesgo. No se cree en un producto. Cuando yo era joven había muchas obras de teatro que en las primeras 3 ó 4 semanas no funcionaban y luego reventaban. Era porque detrás de esas obras había productores que creían en lo que contaban, en el director y en los actores de esa obra. No solo querían hacer caja. Ahora las cosas se hacen solo por su rentabilidad.

El otro día me quejaba a uno de mis hijos que estudia publicidad y me dijo, “Mamá es que como actriz no eres rentable, no estás a la venta.” Le tuve que recordar que yo nunca había estado a la venta [dice riéndose].

Da igual que tengas un producto terminado. No existes si no perteneces a un grupo de poer, en el que haya una gran productora que haya decidido qué se va a hacer, cómo se va a distribuir, en qué teatro se va a estrenar, cuánto tiempo va durar,… Es como si fueran a lanzar un marca de compresas.

Quedamos unos cuantos insensatos, marcianos y enamorados del teatro que hacemos las cosas como esas hormigas que van con un palo que es cinco veces mayor que ella. En mi caso me hice la traducción, me hice la producción y me pregunté “¿Ahora qué hago?”

Me acordé que en el sótano de [la librería] Sin Tarima, Mario Gas había dirigido un espectáculo unipersonal con Ricardo Moya. Se llamaba “Memoria de un hombre ridículo” de Dostoyevski. Y se me ocurrió ofrecérselo a Santiago, el dueño de esa librería, que me dejó hacerlo. Es un gran tipo.

Empecé a hacerlo en febrero con dos sillas y unas fotos y creamos un espacio en la cueva. La sorpresa fue que se llenó. En principio solo íbamos a hacer 5 funciones. Luego prorrogamos 8 más. Tal vez hubiéramos seguido si no hubieran venido los del Teatro de las Culturas a verlo que me dijeron que lo querían para su espacio. Esto fue antes de Semana Santa. Hemos hecho 8 funciones y hemos prorrogado en mayo.

No me importaría seguir en esta sala o irme a la sala pequeña del Lara, a los Luchana o al ambigú de El Pavón Teatro Kamikaze o El Montacargas. Incluso trabajar en verano.

Yo no quiero figurar. Lo que quiero es hacer teatro. Lo que quiero es emocionar. Es como si tuviera una cajita de música con una bailarina, a la que se le ha podido caer el tutú, que cuando la abro y la toco suena fenomenal y la gente la mira, le gusta mirarla, ¿por qué tengo que tenerla en un cajón? Así me siento yo con respecto al teatro, ¿por qué tengo que quedarme en un cajón?

AH – ¿Así que va a seguir haciendo teatro?

LCG – No lo sé. Porque no me gustaría seguir haciendo monólogos, la gente se hartaría de verme, y yo no tengo dinero para producir espectáculos a gran escala.

Hace poco presenté un texto para microteatro y me lo cogieron. Una escena de 15 minutos. He estado haciendo La golfa, sesiones de 22:30 a 01:30, los miércoles, jueves, viernes y sábados. Los gestores de la sala estaban encantados conmigo. Me decían hace más de dos años que no ha habido ninguna actriz de mi edad haciendo las sesiones golfas y aguantando. Eran 7 pases un sábado.

Me lo pasaba bomba. Me preguntaban que porque me lo pasaba tan bien. Y les respondía que porque este era el teatro que yo hacía. Dos sesiones al día, 12 a la semana. Una a las siete y otra a las diez y media. La última era la más chula porque venían todos los más locos de Madrid, salvo los viernes y los sábados. Eran los solitarios, los mayores abandonados, el universitario que acaba de llegar y no sabía que hacer, el chico que acababa de ligar con la novia y para impresionarla la llevaba a esa hora al teatro. Ese era nuestro público. Detrás de ellos había la necesidad de estar juntos en algún momento, de estar con alguien.

Entonces acabábamos a las doce y media de la noche y nos encontrábamos en el Oliver o en la cafetería del Mary Guerri [Teatro María Guerrero] con el resto de los compañeros. No había más de 500 actores en toda España, no más y no estoy hablando de la prehistoria, estoy hablando de finales de los ochenta. Era un mundo muy pequeño, muy compacto.

AH – ¿Qué le diría a una persona que quisiera comenzar una carrera cómo actor o actriz?

LCG – Pues que tenga un plan B que sea prácticamente un plan A. Eso sí, que se prepara. Que no crea que puede ser actor o actriz porque sabe contar un chiste, da bien en cámara o tiene un buen cuerpo. Todo eso es como el dinero, se arruga con el tiempo. El billete sale muy estiradito del banco, pero en cuanto que ha pasado por cuatro manos da igual.

Por eso le diría que se preparase y que se preparase bien. Pero al mismo tiempo, que tiene que vivir de algo que le permitiese hacer castings, ir por las tardes al teatro, ensayar. Por ejemplo, trabajar en el comercio como en Ikea o Decathlon, empresas que te permitan cambiar horarios, o dar clases particulares, o tener una cafetería o una floristería con sus hermanos. Algo que le permita vivir, pagar las facturas y si le llamasen del teatro acudir.

Del teatro ya no se puede vivir. ¿Quién puede vivir del teatro? ¿ José Sacristán ? Porque ahora una función no dura. ¿Cuánto dura una función en El Pavón Teatro Kamikaze? ¿O en el Teatro Español? ¿Doce? ¿Dieciséis representaciones?

¿Sabe cuántas funciones hice yo de “Amadeus”? Trescientas sesenta en un año y medio. Solo en Madrid hice 300. ¿Dónde haces ahora trescientas sesenta? El otro día me escribió una persona y me dijo que estaba muy contenta porque habían hecho 20 funciones ¿20 funciones es que te vaya bien?.

Le pregunté a una actriz que había hecho “La camarera de la Callas” en París que si le había ido bien y me respondió que sí. Que habían hecho 30 funciones. Se me salen los ojos de las órbitas cuando alguien dice que le ha ido bien con 30 funciones.

Yo, apenas he hecho unas veintitantas representaciones de “La camarera de la Callas” y seguramente llegue a unas treinta y pienso que, como actriz, estoy en el inicio de entender lo que estoy haciendo.

AH – Entonces ¿comparte con María Pastor que uno se empieza a hacer con la obra y el personaje tras unas 40 representaciones con público?

LCG – Sí. Yo me he sentido cómoda con Bruna, que el personaje y yo empezamos a ir de mano e incluso que me permita alguna pequeña “locura” como un pequeño movimiento de baile hace solo dos funciones. Y llevo 22 funciones. A la 20 ya podía decir que no me queda mal el traje. Sí, tal vez me falten otras 20 para poder decir qué bien me sienta el traje de Bruna.

AH – ¿Hay algo que le gustaría que le preguntara?

LCG – Sí. Sobre dónde se encuentra el talento de un actor. Porque dicho talento solo se encuentra en el teatro. Por eso los directores de casting deberían ir al teatro como parte esencial de su trabajo

Me casa de quicio que se diga que el teatro es algo anticuado, de viejos. Es como decir que una pieza de Chopin o un cuento de Maupassant es antiguo

AH – ¿Por qué cree que la juventud ha abandonado el teatro?

LCG – Es cierto que hubo un tiempo que se hicieron cosas muy rimbombantes. En las que se decía “Esto es cultura, aprended.” Era un teatro muy demagógico y eso asustó al público y lo aburrió.

Además, ahora hay mucha velocidad en el consumo de información. La prueba la tengo en que cuando hacía casting y mandaba un correo solo se leían las tres primeras líneas del e-mail. Esto te dice como están las cosas en nuestro tiempo. Nadie reflexiona. Nadie se da una pausa para mirar, para pensar, para reflexionar sobre uno mismo.

Cuando Marx escribió “El capital” estaba el obrero y el capitalista. Había dos antagonistas. El obrero podía oponerse y revertir una situación injusta. Con la sociedad del bienestar todos nos hemos vuelto nuestro propio capitalista y nuestro propio obrero. El primero dice tengo que conseguir dinero, tengo que comprarme un coche, un i-Phone, salir a cenar, hacer vacaciones. Tengo que tener, tener, tener. Y luego está el obrero que se dice me paso 18 horas currando para ganar 1000 euros de los que la mitad se los queda la Seguridad Social. No puedo más.

Por tanto, ya no hay revolución posible. ¿Quién acaba con quién si tú mismo eres obrero y capitalista a la vez? La única revolución posible en la actualidad estriba en la reflexión. En buscar lugares para juntarnos a pensar en las cosas que nos pasan a todos. Y ¿dónde se puede hacer esto mejor que en el teatro?

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