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Miedos

Pájaros en la cabeza

No me considero una persona muy miedosa. Aunque, por supuesto, he sufrido mis miedos; unos fundados y otros infundados.

Cuando era pequeña, durante una temporada, tuve pesadillas. Dos pesadillas se me repetían constantemente. Todavía puedo recordarlas a la perfección. Una de ellas, la más recurrente, era que una enorme espiral avanzaba sobre mi cabeza, agrandándose a medida que se iba acercando y en el momento que estaba justo a punto de aplastarme yo gritaba y salía corriendo a la habitación de mis padres. Asustada, corría descalza atravesando el pasillo y, curiosamente, sin miedo a la oscuridad.

El otro sueño transcurría en el pueblo, y estaba acompañada por mis primos. Un enorme socavón se abría en la carretera, al lado de la casa de mis abuelos. Y en el fondo, un hombre que parecía enano por la distancia, nos amenazaba con un pico en la mano. Él nos reñía y nos gritaba desde el fondo de la tierra y cuando se iba aproximando a nosotros, salíamos corriendo. Ahí, de nuevo, yo salía gritando y corriendo a la habitación de mis padres.

Nunca le di demasiada importancia a esos sueños recurrentes. Eran simples pesadillas. No me llevaron a ningún terapeuta para que analizase el por qué se producían. Simplemente, con el paso del tiempo se fueron atenuando hasta desaparecer. Una simple anécdota que contar de mi niñez. Yo misma interpreté, a mi manera, la razón de aquellos sueños. El  primero parecía obvio. En aquella época, teníamos la cocina eléctrica en casa y los hornillos eran unas espirales que a medida que cogían temperatura se iban poniendo de color rojo vivo. Constantemente, mi madre insistía en avisarnos de que no tocásemos aquellos fuegos, a menos que quisiésemos abrasarnos las manos. Así que le tenía cierto miedo a la cocina. En el otro caso, en mi niñez solía ir al pueblo y jugar con mis primos. Por supuesto, a pesar de la libertad de que allí se podía disfrutar por aquel entonces, también nos insistían en lo que no podíamos hacer o a dónde no podíamos ir. “No os acerquéis a la cantera”. Y, probablemente, ese socavón que yo veía en mis sueños simbolizaba la cantera de piedra que había cerca a la que no debíamos ir. Quizá, esos sueños eran provocados por el miedo (inconsciente) a qué pasaría si hacía algo de lo que me habían prohibido.

Eran mis miedos y, seguramente, mis pesadillas tenían que ver con ellos. Yo misma interpreté mis sueños y no le di más importancia. Al fin y al cabo, desaparecieron de mi vida; posiblemente igual que los miedos que los provocaban.

Siempre me gustaron las películas de terror y de suspense. No me asustaba la oscuridad ni había algo que pudiese decir que realmente me daba miedo.

Pero, a medida que me voy haciendo mayor, otros miedos vienen a mí. No tengo miedo a envejecer, ni miedo a morir. Pero si hay algo a lo que sí le tengo miedo es a perder la memoria. El mero hecho de pensarlo no me produce miedo, me produce pánico. No quiero olvidar. No quiero olvidar nada. Ni los buenos momentos ni los malos. Ni la gente que ha ido formando parte de mi vida, a ratos, a breves momentos, o durante años.

Yo, que siempre presumí de tener una memoria casi prodigiosa, empiezo a darme cuenta de que no siempre va a ser así. La memoria a veces ya me falla y eso me da miedo. Todavía recuerdo el número de teléfono de mi mejor amiga de la infancia, aunque no lo haya vuelto a marcar desde hace treinta años. Y aún soy capaz de recordar un momento, una conversación o un gesto que se produjo hace más de veinte años como si hubiese sido ayer. Pero no sé durante cuánto más tiempo podré recordarlo. Y eso me da miedo. Y, peor aún… no sé si esos recuerdos son fieles a la realidad o fruto de mi imaginación. Porque la memoria es muy engañosa y selectiva.

Todavía conservo una agenda telefónica de cuando era joven. Cada vez que hago limpieza en ese cajón donde está olvidada, pienso en tirarla, pero luego la reviso toda y vuelvo a guardarla. Ya no queda allí ningún número de teléfono que me sea útil hoy en día. Ni siquiera existían los móviles entonces. Números de casa de antiguos amigos, antiguos novios, de casa de sus padres… Números de personas que no sé qué ha sido de ellas, que algunas incluso están muertas ya. ¿Por qué no me deshago de esa maldita agenda? (aparte de porque es preciosa, con una funda de cuero hecha a mano). Porque me da miedo. Porque siento que si lo hago, perderé parte de mi memoria. Algo se borrará y no quiero. No quiero perder los recuerdos, aunque solo acudan a mi mente en las pocas ocasiones en que la agenda vuelve a caer en mis manos. Porque quiero recordar, aunque sea brevemente, a toda esa gente que en algún momento estuvo en mi vida. Porque quiero seguir sabiendo de dónde vengo, quién era, cómo era, qué hacía. Y necesito recordar. Recordarme. Para saber quién soy. Porque los años pasan, y uno puede cambiar de ropa, de peinado, ser más gordo o más flaco, pero la esencia permanece siempre. Y no quiero perderla. Y no quiero olvidar nombres, caras y momentos. Tengo miedo a despertarme un día y no reconocer a la persona que esté a mi lado, ni a mí misma.

Eso me da miedo…

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