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Mieles de otoño

Mieles de otoño | Woman·s Soul

El frío devora los días, y así inauguramos la temporada más bella en Madrid: el otoño, tal como lo recuerdo en Salamanca. Todo el mundo habla del verano en España, pero el otoño es especialmente hermoso. Ava Gardner, Hemingway y Frank Sinatra solían venir los otoños a Madrid, al dulzor de la uva recién recogida, y Alvaro Cunqueiro dice en algún lugar que incluso la dama Pasifae y el rey Minos de Creta vinieron a Sevilla a pasar sus lunas de miel por estas fechas. No sé si conocen la historia: Pasifae estaba casada con Minos, el rey más poderoso del Mediterráneo, y este le hizo un feo al dios Neptuno, algo relacionado con un sacrificio de un toro blanco, y el dios griego, tan suyo, se vengó forzando a la sensual Pasifae a enamorarse del toro bravo, que germinó dentro de ella y entre ambos crearon a Asterión, el minotauro de Creta.

Pero antes de aquellos lances Pasifae y Minos fueron pareja franca, envidiada y amorosa, y debían caminar por la península como una pareja del cine. Pasifae era menuda, de ojos y cabellos negros y muy cantora, y vestiría, lo sabemos por las vasijas cretenses, falda de volantes, y quizá fue ella la que puso de moda las faldas de volantes que aún se lucen en las ferias andaluzas, y unas sirenas le regalaron por su boda una gran caracola irisada donde habían atrapado el recuerdo de sus voces, para que encendiera al toro de Creta (al primero y al segundo) con palabras primorosas y sugerentes. Y quizá en alguna reunión con las nativas, a la secreta sombra de una higuera, la princesa les desveló el misterio de las voces que poblaban la caracola, y estás las aprendieron, y desde entonces cuando hablaron de amor las peninsulares, aunque nunca hubieran visto el mar, lo evocaban en canciones, y así se dice en romances castellanos “¡Quién hubiese tal ventura sobre las olas del mar!” o “Saltante el agua y juguetón el viento, en el próspero tiempo las sirenas van poblando mi voz enamorada.”

“¡Ojalá tuviéramos una lengua para lo cotidiano y otra para el amor!”, se lamentaba Cunqueiro. No tenemos otra lengua, pero tenemos los cuentos, escuchados, contados, o soñados, para poblar la voz enamorada.

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