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Noche de insomnio

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Mejor sería hablar por teléfono, es de noche muy tarde y tú no me vas a llamar, así que no son muchas las opciones que me quedan para creer, en mi cabeza al menos, que estoy hablando ya contigo. 

Estos días me he sentido francamente mal. Las cosas por fuera pueden estar bien (salvo la lluvia que no para), pero yo por dentro me siento morir. Tengo un montón de trabajo y no logro callar mi voz interior, yo misma me distraigo a mí misma, me escucho y me callo, me juzgo y me condeno. Me estoy cayendo mal, como si tuviera dentro una lora parlanchina que no hace más que pregonar estupideces. Incluso estoy insomne cosa que no me pasaba desde que me dejaba matar de amor, y es porque la “lora” no me deja dormir. Encuentro respuestas inútiles, que me hacen refundir las preguntas y no dan sosiego. Me lleno entonces de diatribas sordas y lo peor es que no puedo concentrarme. Frente a la página en blanco me pongo en blanco, y ningún dardo atina, pues no hay dardos qué lanzar. Me siento vacía, sola, y si dejo que mi cabeza coja mucho vuelo llego a sentir que nada tiene sentido. 

Es extraño lo cómoda que me siento escribiéndote, quizá no hayamos venido a este mundo sino para ser interlocutores, para leer y ser leídos. ¿Será acaso esa la razón del amor epistolar? A nadie puedo hablar de ésta manera, o sería mejor decir escribir, pues si estuvieras en frente probablemente no tendría necesidad de decir nada, te escucharía atónita, mi voz ronca de perorata se quedaría muda, se rendiría ante la presencia deseada. ¿Y qué más puedo hacer en esta noche silenciosa si ninguna otra presencia me consuela? Al contrario, siento, todos me desconcentran doblemente, pues me hacen recordar que eres tú el que no está. A veces estoy llena de ilusiones y se que parezco una luz ambulante y al poco rato soy tan sólo un hoyo negro, algo ausente que hace bulto. A veces escribo con la luz, a veces con el vacío, con el miedo de arrasar con las palabras aquello que yo quisiera fueran certezas del corazón, y regreso al vacío de nuevo, como si fuera el punto de referencia, la estrella apagada que persigo. 

Esta carta no es respuesta a ninguna otra porque no he recibido ninguna. Es una carta que espera ser escrita pero no respondida, es como uno de esos besos que uno mismo se daba en la mano cuando quería practicar. Sí, eso estoy haciendo: practicando cómo desenredar la lengua. Quiero desenredarme, darle un par de giros a mis pensamientos para dejarlos caer ligeros sobre la almohada, con la certeza de que al otro lado hay otra punta de la madeja, que los nudos no siempre se resuelven con tijeras. Es cosa de delicadeza y paciencia, justo lo que en este momento menos tengo. Así que dejaré de tejer, de besarme la mano, de escribir cartas de amor, ¿hay acaso alguna diferencia? 

3 Comentarios
  1. … es hermoso el sentimiento que desprende y maravillosa la emotividad… me identifico mucho con esto porque yo también escribo cartas que nunca envío ni enviaré y de hacerlo, seguramente, no tendrán respuestas… pero como aligeran y alvian el alma.

    Gracias, saludos….

  2. Autor

    Gracias Rosa. Me alegra que te haya gustado.

  3. Rosa Liñares 1 año

    A veces, las cartas que no esperan ser respondidas son las mejores…
    Me ha gustado mucho el texto, Adriana

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