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Nunca seré de nadie

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Tu cuerpo de niña y el mío giran ligeros. Mis manos en tu cintura y las tuyas en mi cuello. Así, abrazados y temblando, somos uno solo. Juntos, nos sentimos fuertes e infranqueables, como el muro más alto y robusto.

La música sigue sonando en nuestras cabezas y nosotros bailamos alrededor de nuestro pequeño mundo, un mundo donde los héroes todavía no son malvados.

Nuestros ojos se besan, nuestros labios se miran y nuestros corazones se transforman en relojes, tictaqueando melodías complejas que no comprendemos.

Mi tierna intuición me dice que tú no eres mía, que no me perteneces, que nadie pertenece a nadie. Que somos libres para bailar, abrazar, amar, reír, llorar… Libres para quedarnos o alzar el vuelo cuando nos plazca.

Me derrito en las dulces laderas de tu piel, en el perfume de las flores silvestres que crecen, tímidamente, bajo tu camiseta mojada. Una mezcla entre lo prohibido y lo secreto zarandea nuestros huesos. Luego, un delirio febril enciende el atardecer mientras el aire empapa de salitre nuestro primer beso.

Mis manos dibujan estrellas en tu pelo enmarañado y acarician tus lindas alas de mariposa traviesa. Tú te sonrojas y yo me sonrojo. La tarde también se sonroja.

En nuestra sala de baile no hay lugar para la gente, ni para las luces de neón…, solo para nuestros jóvenes cuerpos que luchan, inquietos, por mantener el equilibrio.

Nos reímos nerviosamente con cada giro y nos pisamos los pies, repetidamente. Nada importa, pero importa todo.

Hay mar de fondo y el sonido de las olas se acompasa con nuestra respiración. Nos regalamos palabras poderosas y nos juramos amor eterno, ahuyentando el graznido incómodo de las gaviotas con el aleteo de nuestros párpados.

En la orilla, el agua llega a la playa y entra traidora por las almenas y los torreones de nuestro desdeñado castillo de arena. Y mientras su rastro se desvanece, convirtiéndose en espuma blanca, tu cuerpo y el mío, de pie, giran una y otra vez sobre si mismos, jugando a ser grandes sin dejar de ser chicos.

En un momento de debilidad, yo te susurro al oído: “Quiero que seas mía para siempre”. Y tú me respondes, tajante y sincera: “Nunca seré de nadie”.

 

Anna Espí Pumarola

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