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Once upon…

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Erase una vez. UNA, no mil, ni cuatrocientas veinte, ni dos docenas, ni siquiera un par o media más; no … érase una sola vez: una sola vida.

Porque sólo hay una: Un sólo camino; a ser posible hacia delante.

Ahora bien, para recorrerlo hay infinitas opciones: evidentes o más o menos ocultas, racionales o irracionales, ortodoxas o alternativas; en línea recta o sinuosas. Todas las que se te ocurran y aquellas a las que te lleve la imaginación, si es que eres de los/las que no se conforman con una vida enlatada; y luego están, también, las que la vida, con sus luces y sus sombras, te propone (sin dejarte opción, eso sí). Salvo las últimas, todas las formas de caminar, todos los posibles senderos, están en tu mano.

Tú decides. 

Hace tiempo que tengo un tema en el tintero, asomando apenas por el borde, aguardando su turno. Un tema recurrente en esas conversaciones de filosofía con espuma de cerveza o de café y que el (maravilloso) film La La Land rescató una vez más para mí con una fuerza imprevista, posiblemente porque imprevisto me resultó el final. Recuerdo que la película me enganchó absolutamente desde el inicio; era fácil, esa estética retro tenía los mil puntos ganados conmigo, aunque se los jugaba a la carta de los musicales, que no son precisamente de mi devoción y ganó, sin lugar a dudas.

Ni siquiera recuerdo seguir la subida de la historia, el nudo, y la bajada hasta el final, absorta como estaba en ese aire vintage que traspasaba la pantalla (hasta un club de jazz había!); y entonces ella entró en aquel garito y vio el nombre, primero, y luego a él que se sentó al piano y comenzó a teclear ese Epilogo… y la vida, la otra vida, la que no habían vivido, paso delante de sus ojos. Todo cupo en ese intervalo de tiempo en que el piano se comió el presente; todo lo que no fueron, lo que jamás serían. Porque decidieron ser otra cosa, cualquier cosa… menos ellos dos juntos.

Eligieron.

Y elegir significa descartar.

Descartar significa elegir.

Y aquel tema de tardes de filosofía y café volvió a repiquetear sobre la mesa, como los dedos cuando tamborilean inquietos mientras piensas en algo de repente. Y se quedó unos días mezclado con aquella nostalgia pegajosa de ese piano final de la película que, desde entonces, escucho sin parar y que acompaña a estas letras ahora, sonando y resonando entre ellas, porque fue entonces cuando se inició este post, armando su esqueleto. Y es que, a estas alturas del partido, ya van muchas elecciones _propias y ajenas _ vividas, muchos giros, cambios de sentido, stops y hasta cedas el paso que han ido cambiando (o a lo mejor enderezando) el curso de la vida.

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Porque cada paso que damos implica, necesariamente, dejar de dar todos los restantes. Caminamos a golpe de decisiones en una “suerte de juego de azar” continuo en el que elegimos, elegimos, elegimos. Virando el barco, a veces a favor del viento, otras rasgando la tormenta confiando en que no sea ella la que nos parta en dos. Cruzando calles, puentes, mares. Cruzando los dedos.

Corriendo en pos o huyendo. Queriendo o des-queriendo. Soñando o cayendo en el escepticismo.

A ciegas. A oscuras.

Y así se va haciendo el camino (ya lo decía el maestro: se hace camino al andar; al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar).

Y es que somos el resultado de lo que hemos sido y hemos sido el resultado de cada una de las elecciones que, libre y voluntariamente, hemos tomado. Incluso el resultado de aquellas veces en que hemos dejado de elegir, porque dejar de elegir constituye, en sí, una elección (no hacer nada ya es hacer algo)

Y a veces es inevitable pensar: ¿qué hubiera pasado si en lugar de torcer la esquina en cada oportunidad, hubiera seguido de frente?, ¿si en lugar de decidir B hubiera decidido A?. ¿Qué si norte en lugar de sur, si abajo en lugar de arriba, si agua templada en lugar de hielo ardiente? ¿Qué hubiera sucedido si en lugar de desayunar campos de lavanda en flor hubiera elegido cenar en la misma mesa cada noche de cada día de cada vida? Y, por un momento, haces un ejercicio de imaginación y ves a esa otra yo, bordeas su contorno con los dedos, re-conociéndola, re-conociendo a todas las yoes que dejaste de ser; y puedes divisar cada una de las huellas de su camino …aunque jamás fue tu camino.

Incluso te preguntas “qué hubiera ocurrido si...” en aquellas oportunidades en que la vida te cercenó la capacidad de elegir y tuviste que encajar si o si. Esas en que tampoco te queda el “todo pasa por algo” porque tú eres más del “qué puta es la vida a veces”.

¿Qué hubiera ocurrido … si…

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