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¿Qué me queda?

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Dolor.
Por la incapacidad de sentir más de lo que necesitaría expresar. Dolor porque mi cuerpo no está preparado para experimentar una pérdida. Porque no nací para despedirme, sino para encontrarte. Para conocer a personas como tú en las que poder echar raíces. Para aprender a confiar y convencerme de que no estamos solos en este mundo. Y es que qué más me daba eso de que “nacemos y morimos solos”, si podía disfrutar de ti durante toda una vida.
Cómo no voy a estar desesperada, si me he acostumbrado a una vida que ya no entiendo lejos de tu lado. Si necesitaría volver a nacer para ser otra persona y, así, no haber sido yo contigo. Tú, ti, contigo. Las palabras que más he usado después de haber aprendido a quererme a mí.
Y ahora qué. Cómo se desaprende el que creías el mayor aprendizaje de tu vida. Cómo se desaprende a querer, cómo se aprende a olvidar. A sobrevivir sin la persona con la que imaginabas pasar el resto de tus días. Dime, cómo.
Cómo se aprende a volver a sentir ganas, a sonreír, a vivir, a desear. Cómo se aprende a ser optimista cuando aposté por ti con los ojos cerrados, cuando la seguridad que me transmitías era todo lo que aliviaba cualquier inoportuna duda acerca de mi futuro contigo.

Cómo se aprende a desaprender. Sobre todo cuando no quieres. Sobre todo cuando olvidarte es lo último en mi lista del manual de supervivencia. Cuando ni quiero, ni debo. Y es que olvidarte sería como si te hubiera matado en vida. Y tú, en vida, es lo que más he querido durante la mía.

Rabia.

Porque nunca podremos cumplir los sueños de los que hablábamos cada noche. Porque los proyectos que tuvimos en mente serán los futuros rasguños de mis recuerdos. Porque al ser lo mejor que había conocido, te escogí a ti. Una elección que ha hipotecado el resto de mi vida. Y es que voy a tener que aprender a vivir contigo, pero sin ti.

Cuando alguien se va, no existe expresión capaz de definir aquello que siente el que se queda. Y qué me queda si no es contigo. Cómo me quedo yo en una vida que no contempla tu existencia.

Soy los restos de lo que podría haber sido contigo. Soy los restos, los retales perdidos de mí misma. Soy lo que nunca hubiera imaginado ser, sintiendo lo que nunca pensé que podría sentir.

Soy los restos de los besos que han pasado por mi boca, de los dedos que me han tocado, del calor que he sentido a tu lado. Pero sobre todo, soy los restos de lo que ya nunca más será. Ay, cuando alguien se va.

Tú, la cicatriz incurable y el trauma para el que aún no se han inventado terapias. Tú, el final infeliz que ningún niño quisiera leer, una  huella en mi recuerdo, un vacío en mi futuro y, sobre todo… mi secreto.

La subasta de mi vida

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