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Relaciones postmodernas

Relaciones postmodernas

La insoportable levedad de nuestros tiempos

Acabo de pasar la treintena, físicamente no estoy nada mal, me he pasado la vida formándome y trabajando para ser una mujer de provecho y atesorar un nivel cultural. Tengo una vida social muy activa, soy abierta, vivo sola y todo el mundo dice que soy una tía muy guay. Entonces, ¿por qué me no tengo pareja? ¿por qué los hombres no me duran más de tres citas? ¿por qué desaparecen sin dejar rastro?

Es un perfil genérico, pero seguro que os suena. En este artículo vamos a intentar resolver el misterio del ghosting y otros engendros postmodernos desgranando los factores que pueden estar influyendo en que a día de hoy construir una pareja sólida y mantenerla sea más difícil que llevar un móvil sin internet.

Bienvenidos al s.XXI

  • Internet y las redes sociales: Nuestros abuelos tuvieron una media de 1-3 contactos sexuales antes de asentarse con la persona con la que formaron familia, nosotros hace tiempo que perdimos la cuenta. El poder de las redes para conectar personas que de otra manera no se habrían conocido, es excepcional. Sin embargo, el número de contactos no se correlaciona con el número de vínculos y la fortaleza de los mismos. Es decir, podemos tener contacto con mucha gente, pero eso no significa que tengamos un vínculo o una relación con esa gente. Tampoco el elegir detalladamente las características de la persona con la que nos queremos citar (hay aplicaciones en las que puedes elegir hasta el color de ojos), garantiza el éxito de la cita. En cambio sí podemos garantizar que un exceso de citas continuado en el tiempo va a provocar frustración y algo que se parece bastante al síndrome de burn out.
  • La mentalidad neoliberal: ¿Cuál es el valor más importante en un esquema neoliberal? La libertad, pero no cualquier libertad, sino la libertad de elección. A más posibilidades de escoger, mejor. Axioma incuestionable. Bien, pues resulta que psicólogos especializados en elección como Barry Schwartz afirman que más posibilidades no son sinónimo de más felicidad, sino de duda y culpabilidad. Los nacidos en los early 80´s somos la generación más dudosa de la historia, especialmente ante las decisiones sobre a qué dedicarnos y con quien emparejarnos. Y es que elegir implica renunciar a todo lo demá Somos maximizadores y aunque conozcamos a alguien estupendo, siempre pensamos que podemos encontrar a alguien mejor. Igual que cuando escogemos restaurante y pensamos que deberíamos haber ido al otro que tenían un mejor menú y más barato o vamos a un concierto lamentándonos de no haber ido a otro evento mucho más interesante que se estaba produciendo simultáneamente en nuestra ciudad.
  • Individualismo: sabemos que las sociedades en las que el individuo no tiene valor en sí, sino en función de lo que éste aporta al grupo, no se caracterizan por la alegría y el jolgorio de sus habitantes. Pero si llegamos a creernos en demasía los preceptos individualistas, nuestro ego puede inflarse hasta el punto de aplastar a los demá El individualismo mal llevado se convierte en hedonismo (mi placer está por encima de tu dolor, rechazo del conflicto, de la responsabilidad con el otro y de todo lo que implique una relación y no sea placentero), egoísmo (el otro existe para satisfacer mis necesidades de admiración, expresión y entretenimiento) y utilitarismo relacional (la pareja no es el eje de mi vida, es un complemento).
  • La Era de la Imagen y la sociedad de Hiperconsumo: estamos acostumbrados a pasear por escaparates y sentirnos atraídos por algún producto. A veces lo compramos inmediatamente, no vaya a ser que se nos escape, a veces solo nos lo probamos, lo tocamos y no nos lo quedamos. No es tan difícil pues, confundir a las personas (sujetos) que se anuncian en escaparates electrónicos, con objetos y por lo tanto los consumamos y desechemos una vez desvanecido el deseo. Placer de usar y tirar y consentimiento por parte de nuestra sociedad. Vía libre al festín de cuerpos.

Más que rollo, menos que pareja

Nos quedan lejos los tiempos en que las cosas eran claras además de sólidas, cuando los adioses eran definitivos, los Noes contundentes, las conversaciones definitorias y solo existían unas cuantas fórmulas de relación. Entre la pareja estable y los amigos encontrábamos la moralmente dudosa categoría de “amantes” y poco más. Hoy en día en cambio, muchas “parejas” cuando se preguntan ¿qué somos? se les abre un interrogante en la cabeza como si se tratara de un bocadillo de cómic.

Una fórmula nueva se ha abierto camino en nuestro siglo. Algunos la llaman “amigovios”, “follamigos”, “amigos con derecho a roce”, etc. En todo caso se trata de relaciones ambiguas, en las que no se sabe qué tipo de compromiso se tiene ni cuales son las cláusulas del contrato, por lo que la confusión está asegurada.

Lo que parece y no és

Y es que los “amigovios” parecen pareja. Pueden pasarse meses quedando regularmente, incluso es posible que ya hayan mezclado sus amistades. La diferencia es que cuando se quedan solos y surge el tema de las definiciones, ahí o nadie se pronuncia o uno de los dos dice la frase pero para qué vamos a definir lo que somos o directamente pone un dique de contención yo no quiero tener pareja en este momento, pero me gusta estar contigo y estamos bien así, ¿no? O la famosa…no puedo prometerte nada. Si uno de los dos se enamora, tenemos un problema. Cada cita como dice Walter Riso, se convertirá en un Si con sabor a No.

Máximo beneficio, mínima responsabilidad

La estrategia suena redonda. Consiste en montarse una relación en la que obtengas lo mejor de estar soltero y lo mejor de estar en pareja, sin asumir las responsabilidades de ninguna de las dos opciones. Es decir, cuando uno está soltero tiene ciertos derechos, por ejemplo, ir a cualquier sitio sin tener que dar explicaciones o permitirse la promiscuidad, pero solo podrá iniciar proyectos en los que no necesite una pareja y no tendrá a nadie que le espere en casa, le de mimos, le apoye y le escuche. Cuando uno tiene pareja, tiene un proyecto de vida y una fuente estable de compañía y afecto, pero a no ser que el trato sea otro, le debe fidelidad, respeto y consideración con sus necesidades. Imaginemos un estado en el que tengamos a alguien que siempre está ahí, enamorado y dispuesto a compartir su vida con nosotros pero que no tenga derecho a explicaciones, reclamaciones de ningún tipo, fidelidad y no pueda pedir lo que necesita.

 Compromiso, palabra ansiógena

Si de algo carecen este tipo de relaciones es de compromiso. Se trata por un lado de la promesa de continuidad, es decir, esa sensación de que el otro no va a desaparecer de la noche a la mañana sin dejar ni una nota. Y por otro, el proyecto de futuro común, esa idea de que tú y yo vamos a construir algo juntos. Y es que por poner una metáfora, las relaciones no son lagos sino ríos donde el agua si no fluye, se estanca y se corrompe. En prosa; si las relaciones no evolucionan, mueren. Más que disfrutar de un Carpe Diem, podemos decir que los amigovios van por la vida como fantasmas condenados a un eterno presente.

El heroico momento de decir adiós

Conoces a alguien, empiezas a quedar hasta que llega un momento en el que te das cuenta de que esa persona no te gusta como pareja, no te visualizas en un futuro o hay algo que directamente te desagrada. Nuestros padres sabían qué hacer en ese momento.

Mira, tengo que decirte algo. Me pareces una persona estupenda y lo he pasado bien contigo, pero no te veo como pareja. Podemos quedar como amigos. Y detrás de esto ¿qué sucedía? Generalmente no se volvían a ver más y no pasaba nada.

Eso de alargar las relaciones en las que se sabe de antemano que no se va a llegar a nada sólido, es típico de nuestro siglo. Tanto por la parte del que no quiere que la relación crezca como por la parte del que sí quiere. El uno “disfrutando del presente”, el otro esperando un cambio de opinión o un enamoramiento con el tiempo. Todo por no saber renunciar, soltar, perder y sencillamente decir adiós cuando es necesario.

Como dice nuestro querido Barry,

Tememos abrir una puerta y que se cierren todas las demás

Elia Quiñones

Psicóloga, terapeuta de pareja

www.eliaquiñones.com

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