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Romae, anagrama: Amore.

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¿Cuál es tu sueño? No, no tus aspiraciones ni tus deseos, tu sueño, lo reconocerás porque solo hay uno, ese que se alza sobre todos los demás, ese que confiarías al genio de una lámpara mágica. Cuál es? Lo tienes? Si?.
Pues ahora ve hacia el, sin excusas, sin rodeos; solo ve! Porque te contaré algo: no hay genios, ni lámparas, pero si tu sueño puede hacerse realidad sólo pasará si caminas hacia él sin miedo.

Sin miedo. Sin miedo.

También puedes cerrar los ojos, quedarte parado, levantar un muro tan alto que el niño que fuiste no consiga gritar tan fuerte como para que lo oigas decirte que tu sueño era ella, o más bien lo que de ti hacia ella. Decirte que no lo dejes sin su compañía y, a cambio, le devuelvas aquella sensación de abandono que vivía de pequeño cuando lo dejaban solo.

Con miedo. Con miedo.

Supiste que era tuya en el mismo instante en que la viste avanzar hacia ti. Era el tiempo en que sabías volar y tu empeño venció su miedo a las alturas  (“te amé desde antes de conocerte, todo mi tiempo; te amo ahora que estás aquí, por todo el tiempo” _ recuerdas?) y lo siguiente ya fue un abrir las compuertas y ver que el molde de aquel sueño tenía el relieve exacto de su nombre y que el verbo amar se conjugaba con corazones en la tierra, en el fuego, en el agua…

Ella fue tu golpe de suerte, tu trébol de cuatro hojas.

Pero dime, ¿cuántas veces crees que la vida va a colocarla en tu camino? No, aún mejor: ¿cuántas veces crees que vas a tener la oportunidad volver a convertirte… en ti mismo, sin sucedáneos?  ¿Cuantas veces crees que tendrás la oportunidad de alargar la mano y tener su tacto entre tus dedos, fundida su piel con la tuya, de abrazar su calor breve, de sentir como se encaja en el hueco de tu cuerpo como si en ti encontrara el aliento para vivir…? Dime, ¿cuántas? O mejor, dítelo.

La echaste de tu lado, ¿lo recuerdas? Te las ingeniaste para averiguar la clave secreta que abriera la trampilla por la que la dejaste caer al vacío y, con ella, se precipitó a la nada también aquella parte de ti que lindaba con su respiración, y lo demás ya fue simplemente subsistir. Aprendiste a vivir con su ausencia, ausente tú mismo de todo y de todos,  anestesiado. Quemaste las naves y prendiste fuego a los setos para que se consumieran las migas de pan del camino que podrían traerla de vuelta; y ataste una piedra a los recuerdos para lanzarlos al mar sin siquiera quedarte a ver cómo se hundían. Negativos, irrepetibles que fuiste borrando para que jamás volvieran a revelarse fotografías, momentos, que se graban a fuego, que unen más que años.

Bajarse de un tren en marcha lo llaman los suicidas.

Pero, contra todo pronóstico, una marea inesperada la trae de nuevo a tu orilla y el genio de la lámpara te toca el hombro y te llama por tu nombre. Y sientes que el tiempo no ha pasado, que no han pasado otros brazos, ni otros labios y cobras conciencia de lo que has sabido todo este tiempo: que cada mujer se ha llamado “no es ella” y que ahora es ELLA, de nuevo.

Y sabes que ya no hay excusas y que solo puedes corresponder a la indulgencia de la vida, que te regala el segundo tiempo de un partido llamado SUEÑO, blandiendo los deseos que tus miedos amordazaron. Subiéndote a ese tren que, contra todo pronóstico, hace de ti su estación.

De ti, pequeño niño asustado. De ti.

Por un momento eres capaz de notar cómo la sangre caliente te devuelve a la vida, abriéndose camino con la fuerza con la que la recordabas, … y sientes todos los músculos de tu cuerpo en tensión, listos para saltar sin red, porque ese es tu sitio. Ella es tu sitio, …pase el tiempo que pase.

Pero van corriendo los minutos, se agota el tiempo de descuento y, sin saber bien por qué, no saltas. En su lugar, maldices la carambola del destino que ha vuelto a cuadrar el espacio/tiempo para traer su certeza a tus dudas; la maldices porque sabes … que esta vez tampoco vas a subir a ese tren, que vas a dejarlo pasar; es más, que te vas a marchar de la estación para no verlo ni siquiera alejarse a sabiendas de que la culpa solo merecerá la condena perpetua de un recuerdo indeleble.

Y callas al niño que llora mientras le das la espalda a la película de tu vida, que él dibujaba allá por los cinco años; te escabulles entre el vapor de las máquinas,  lo castigas frente a la pared y amordazas su media voz que te repite, en un hilo y sin cesar, si sabes cuántas veces la vida te da una segunda oportunidad. Porque no quieres oírlo, porque no puedes oírlo. Porque no sabes oírlo.

Escapas una vez más.  Pasando de dos en dos las hojas del calendario, como si el correr de los días pudiera poner tanta tierra de por medio que al recuerdo le fuera imposible seguirte la pista y alcanzarte. Huyendo a todas partes, sin estar en ningún sitio.

En TU sitio. TU sitio. Ella.

Te convences de que puedes seguir caminando sobre la Cara A de tu vida, impune e intocable, despistando lo que fuiste, lo que podrías ser, lo que ya nunca más serás. Y despertar cada mañana listo para huir hacia delante, cambiando una Phylo-Sophia  de vida por otra, sin más, como si las manadas pudieran sustituirse.

Pero, inexorablemente, un sueño inesperado te despertará una mañana empapado en deseo, como si tu cama fuese una bañera donde tu cuerpo y el suyo convergen para perder la noción de la realidad,o tu lente captará un mohín, o un tono de verde exacto al de sus ojos; o quizás sea un tema, que se cuele sin pedirte permiso por una grieta de tu férreo empeño en dejar de soñar, uno de esos de desayunos pausados planeando lavandas en flor o de bailes improvisados, el salón por pista de baile… Y ese algo, entonces, te devolverá la cara Be… que siempre estuvo ahí.

La cara Be… Be. 

¿Cuantas veces se puede apretar el gatillo en un estúpido juego de ruleta rusa a ver si alguna vez pierdes definitivamente? La respuesta es sencilla: DOS. Y una sola bala. La que hiciste impactar directamente en un punto: el corazón del destino. Un golpe tan certero, tan limpio, que a ese punto ya jamás le seguirán otros dos, suspensivos.

De modo que, si eso sucede, si un día te cruzas con una chica en bicicleta y tu corazón se para de golpe al entender que el tren ya pasó, pon luz tenue, descorcha una botella de Champagne y baila con la resignación hasta el amanecer, que ese será tu último baile con ELLA. Y después, que la valentía te asista, porque al infierno no se entra sin conciencia.

Cierra los ojos, cuál es tu sueño; ese que se alza sobre todo lo demás…. Ese que está escrito en las rocas imperecederas, como imperecedero era tu amor por ella. Sueños que se han convertido ya para siempre en imposibles, como cometas que un día echaron a volar y se perdieron en el cielo, igual que se perdió en la memoria de lo que jamás sucederá aquella casa forjada en “hierro”, aquel beso mientras ella lee al abrigo de una chimenea.

Dicen que la vida no da segundas oportunidades… No es verdad, a los elegidos les da dos. Lástima que tu te entretuvieras en jugar a la ruleta rusa y apagaras las velas que iluminaban el camino dejándonos, ya para siempre, a oscuras.

Lejos de tus brazos. Lejos de sus brazos.

Y es que, por mucho que en Romae pueda leerse Amore, a Roma, darling, llegan todos los caminos, pero al AMOR sólo se entra por la puerta grande: la de la decisión. Porque amar es decidir envejecer al lado de alguien. Y necesitar hacerlo. Es desear con todas tus fuerzas que algún día, al mirarla, puedas reconocerte en cada una de las arrugas de la comisura de su boca, y también en las de sus ojos, porque ellas guardarán la memoria de las risas a medias y los besos enteros, de las lágrimas que no llegaron a llanto, atajadas por tus labios, de todos y cada uno de sus momentos de ilusión, de pasión, de sorpresa, de emoción, en los que te sabrás partícipe con idéntica ilusión, pasión, sorpresa, emoción.

Por eso, tápate los oídos mientras oyes el silbato del tren y, al tiempo que lo alejan de ti, vete, no pasa nada; es tan fácil como recordar cada mañana que ella está en tu lista de promesas a olvidar y confiar en que, algún día, viejos ya, una casualidad te la devuelva … una vez más.

En medio, tan sólo habrá sucedido la vida.

Su vida. Tu vida. 

Romae, anagrama: Amore.

 

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