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Sí, quiero. Sí mágico.

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La vida tiene a veces esas carambolas en las que te junta haz y envés y te reta a bailar hasta el amanecer por la delgada línea que separa uno y otro y de ti depende que, a estas alturas del partido (o de la partida) hayas aprendido a dejarte caer, a peso plomo, por donde el viento sople más flojito, y dejarte llevar como una hoja mecida por la calma o quedarte varado, como un viejo barco que esconde un ancla oxidada.
Yo… lo confieso, aún a veces oigo el crujido de la madera de popa y me descubro entre los dedos restos de la herrumbre de algún ancla. Otras …. me siento una muñeca de trapo olvidada a la que las costuras le pueden.

Pero he descubierto un truco, un remiendo sacado directamente de los libros de ilusionismo en los que el mago escondía los secretos del universo en un viejo sombrero de seta.

Mi truco es dejar  el telón abierto.

No, no me refiero a dejar de ser yo. Me refiero a ser todas las yoes que hay dentro de mí, permitir-me-las todas, sin excepción, concederme el permiso de extenderme más allá de mis propias lindes, descubriendo y redescubriendo una y otra vez los límites para fijar una baliza en ellos y jugar a cruzarla. Y es que ese telón que sujeto en alto, con las manos y el empeño a partes iguales, es el de la vida y a ella me entrego, en cuerpo y alma, a ella le digo Si Quiero. Invítame, muéveme, empújame, súbeme, márcame el compás que yo te sigo, indícame el camino o abre ante mí un cruce ineludible que me obligue a elegir, a apostarlo todo a una carta.

Y ser cada día, sin faltar uno, la actriz/el actor  principal de esta obra de improvisación que se llama “día a día”  y actuar (del verbo vivir) en una función continua en la que no se apagan las luces; salir a escena, sin miedo, y beberte la adrenalina como si fuera una poción mágica, permitiendo que te recorra cada terminación nerviosa, cada dedo con el que acaricias, cada pie con el que haces camino, cada pelo que el viento despeina; hasta que se pare de golpe en las ganas y, como si fueran velas, las vire hacia un “cómete el mundo” y las hinche tanto que las oigas crujir.

 Si, alguna vez  la vida te concede un comodín, uno de esos que sirve para hacer una escalera de color entre los sueños y la realidad, juntando diamantes que mitiguen el filo de las picas con corazones en forma de tréboles de la suerte. El mío, mi comodín, mi truco de prestidigitadora se llama Sí Mágico.

Recuerdo perfectamente cuando me salió al paso, un miércoles cualquiera por la tarde; así, sin intención ninguna, como suceden las cosas causales. No sé ni cómo logró llamar mi atención ocupada como andaba buscando en los bolsillos y hasta en el forro del otoño un orden que me permitiera encajar las piezas de aquella muñeca de trapo, probando porqués que siempre quedaban demasiado grandes o demasiado pequeños. Insisto, sería por casualidad…como suceden las cosas causales.

 Los comodines es lo que tienen, que te eligen y sólo te queda rendirte a ellos.

Mi Sí Mágico es eso que los actores utilizan para  meterse dentro del papel asignado, para aceptar las circunstancias de su personaje y vivirlas como si fueran reales y, concentrándose en ellas, jugar con la mente de un niño a ser, a estarporque sólo cuando se juega con la mente y el corazón, aceptando el juego, es cuando lo imaginario se vive real.

Recuerdo que me hechizó aquello de aceptar las circunstancias como si fueran reales y, bajo su embrujo, me convertí a su fe y me lo quedé para mí. Sí (mágico), en ese momento lo decidí: viviría las circunstancias reales como si fueran reales. No, no me he equivocado al escribirlo, como tampoco me equivoqué al pensarlo…

Y es que aquello que no era sino una técnica de la actuación vino, de puntillas pero incontestable, a zanjar la batalla mil y una que andaba yo librando entre lo que es y lo que parece, lo que se percibe y lo real, la verdad objetiva y las verdades subjetivas. Lo que es y lo que debería ser. Lo justo y lo injusto. Muss es sein. Es muss sein. 

Y a partir de ahí se convirtió en reto, en propósito, en acto de voluntad, en modus vivendi para este carrusel que es la vida.

Aceptar. Sin veto. Sin preguntas. Sin buscar notas a pie de página, concentrada, simplemente, en jugar con la mente y el corazón a cualquier juego que te proponga la vida, dejándote ser todas las yoes a las que cada circunstancia o momento de la vida pasa lista.

Y cuando lo entiendes, cuando cobras consciencia de que una situación o circunstancia puede ser o no real pero que eso es lo de menos, sueltas los interrogantes que se te habían quedado entre dientes, y dejas de barajar porqués (que siempre quedan demasiado pequeños o demasiados grandes); y abandonas la cruzada de desmontar los espejismos como un adalid de la verdad a quien nadie escucha. Porque, al fin y al cabo, quizás algo no es lo que parece, pero ¿acaso importa si lo que parece es lo único que se te concede?

Cuando lo entiendes saltas a escena, como un espontáneo esperando con ansia tu momento, y te lanzas a vivir la vida _sea real o imaginaria _ con todo lo que tienes a mano, total, escatimar jamás fue buen negocio si se trata de uno mismo. Y en escena pones en práctica aquello que aprendiste un miércoles cualquiera por la tarde: que no hay que perder el ritmo, ni el juego, que la complicidad te enriquece, que si escuchas hablas mejor, que el espacio se llena de ti cuando tú te llenas de él.

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