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Si yo fuera otra

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Si yo fuera otra, se decía, cuántas veces habría hecho crecer la flor.

Una maceta seca posada en el alféizar de la ventana seguía siendo un desierto para un rayo de sol fino y pobre. María sentía que era demasiado tímida frente a las visitas y en cambio, cuando nadie más ocupaba su habitación, cuando se le aparecía un mundo sordo, podía incluso llorar en las tardes más felices tirada sobre la alfombra roja llenándose el cuerpo de música y reposo.

Su marido llegaba por las noches, le besaba la frente mientras colgaba el sombrero de la percha, y guardaba los brazos entre el cuerpo. A veces su presencia lo llenaba todo de ruido, a veces se unía delicadamente a un silencio superior y ni las moscas siquiera dibujaban sus secretas geometrías en aquellos días invisibles.

María echaba agua con vitaminas a la tierra negra que en la noche parecía un pozo infinito de donde no saldría nada. A veces removía con el dedo la parte superior para sentir los cabellos de las raíces que se le escondían, para tocar la naturaleza dormida que se enredaba en la oscuridad de las semillas, para estar cerca de la posibilidad de la vida. Su marido cortaba el pan y llenaba de boronas la mesa, cortaba queso y rodajas de tomate, pedía más agua, y le decía con dulzura que la próxima vez por favor no le hiciera enfadar y ella pensaba si yo fuera otra… otra que cantara en silencio, que caminara sin tocar el suelo, que cocinara con alquimia, que no tuviera sombra, que volara sin alas…

¿Qué haces cuando te encuentras una cosa bella? pensaba María, ¿te la quedas y la escondes, la regalas, la enseñas, alardeas de tu suerte, tratas de que alguien te diga que te quiere?

A veces nada te sorprende, nada se interrumpe, ni la planta vuelve a brotar, ni empieza a llover en la ventana, ni eres esa otra que quizá supiera cómo llenar de amor la herida, hacer bien su trabajo, encontrar la paz buscada. Saber alimentar era un arte obligado, saber alimentarse era voluntario. Podían darte un extra si lograbas alimentarte mientras alimentabas a otro, incluso serías lo más querido de la temporada. Pero si por alguna razón, como le pasaba a María, se te secaban las manos como los floreros, se te secaba la piel recién salida del agua, y los labios y los pezones, un desierto de ilusiones deshechas, cabellos de raíces podridas aferrados al suelo, entonces regresarías con la certeza de no ser la que otros creen, de estar habitando un cuerpo ajeno.

Un día amanece y nada brota, una sombra de luz llena la alcoba, María derrama un chorro de agua fresca en la maceta, mira al cielo borrado y piensa que es culpa de la primavera, que la próxima vez intentará que nadie más lo note, que su marido no se altere. Se sentaría en el sofá bañada en rosas, incluso miraría a aquel hombre como cuando le dijo, sí, sí quiero, sí puedo, soy yo. Quizá abriría un poco su alma y le invitaría a encontrar con la punta del dedo la semilla callada, quizá prepararía unos corazones de alcachofas para la cena, pero no hoy, mañana, cuando todo renazca, cuando todo persista, cuando coja la fuerza para decirle hoy me quedo conmigo, cariño, vete con la otra que no soy. 

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