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Somos una manada

Somos una manada | Woman·s Soul

En una de nuestras infinitas excursiones por los universos de internet nos topamos con esta foto y el mundo (de safari) se detuvo en ese momento. Primero miramos con curiosidad y luego empezamos a leer la explicación, como quien lee un prospecto de la medicina habitual, o sea sin ningún interés. Pero cuando llevábamos unos segundos nuestra actitud de en-guardia se fue relajando… huelga decir que nosotras somos como esos soldados del monumento al soldado desconocido, que ni con tormenta de nieve bajamos la barbilla ni los hombros.

La explicación decía esto: ‘Manada de lobos: los primeros tres son los viejos y los enfermos, ellos son los que marcan el ritmo del resto de la manada. Si no fuera de ese modo, se quedarían atrás, perdiendo contacto con el resto. En caso de una emboscada ellos serían sacrificados. Después vienen cinco lobos fuertes, la línea del frente. En el centro están el resto de los miembros, detrás de estos están los cinco más fuertes, siguiéndolos. Por último, solo, el alpha, controlando todo desde atrás. La manada se mueve al ritmo de los mayores y se ayudan y vigilan entre todos. Foto de Cesari Brai.”

Conmovidas por lo que debería ser en nuestra sociedad buscamos más al respecto y descubrimos que no era más que un bulo. Decepcionadas lo comentamos y luego lo dejamos olvidado con tantas otras falsas informaciones que nos encontramos. Pero había algo en esta foto que seguía resonando dentro de nosotras: ¿Quién se tomaría la molestia de escribir algo así, falso y luego esparcirlo por la red? Nosotras, creednos, sabemos que esparcir algo por la red no es fácil. Y ese mentiroso nos conmovió en lo más profundo de nuestro científico ser. No nos importó que fuera mentira, lo que nos importaba era esa necesidad de narrarlo, de crear una historia. Quien lo hubiera escrito era un Esopo del siglo XXI intentando decirnos que los animales hacen algo que nosotros deberíamos hacer. Un mentiroso samaritano, envolviendo en ciencia lo que el corazón sabe desde hace mucho y que la lógica no nos deja ver.

A nuestros mayores no los relegamos a la parte de atrás de la manada, nosotros no hacemos eso: directamente los echamos de ella. Ellos no marcan el ritmo. Los mantenemos en un plano de inferioridad y los escuchamos condescendientes los domingos por la tarde, aquellos que tienen suerte, mirando el reloj, esperando la hora hasta que empiece el fútbol. Pero son nuestros mayores quienes deberían marcar nuestro ritmo, son ellos los que tienen la experiencia y la generosidad para querer compartir sus historias con nosotros. Si los dejáramos marcar nuestro ritmo no iríamos tan deprisa, si esa prisa no nos lleva a ningún sitio. Si fueran parte de la manada, las familias seríamos auténticas familias y los individuos seríamos de verdad parte de un grupo, con sentido. Y la soledad del alpha, de quienes llevamos sobre los hombros la carga de ser fuertes y valientes, no sería soledad, si no un camino de aprendizaje. Hasta que seamos mayores y entonces marquemos el ritmo de los jóvenes de la manada y compartamos con ellos todas las historias, verdaderas o falsas, de las que hemos aprendido.

La explicación de la foto era mentira, un bulo. Pero el corazón nos dice que debería ser verdad.

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