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Transformer…

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Al apagar el despertador, Myriam sintió dolor en el hombro. A su lado, su marido seguía durmiendo, de espaldas a ella. Podía oír su respiración agitada. Se incorporó a duras penas y advirtió entonces el dolor persistente de los riñones. Todo el cuerpo le dolía. Mientras avanzaba por el pasillo estiró los brazos e hizo giros de cadera. Derecha, izquierda. El dolor se atenuaba. Al pasar ante la puerta de la habitación de sus hijos oyó un leve gemido del menor. En su rostro se insinuó una preocupación; sabía que el niño padecía pesadillas.

Myriam se levantaba temprano. Necesitaba su tiempo para arreglarse, nunca mejor dicho. Una vez en el baño, rehuyó mirar el espejo y pasó a la ducha. Al secarse, descubrió un nuevo moretón en el muslo y enseguida le aplicó una pomada antiinflamatoria. La noche anterior se había caído entre dos muebles y se había golpeado. Esa era la cantinela. Ahora sí, se enfrentó al espejo. Se palpó la cara con las yemas de los dedos. Todavía notaba la mejilla entumecida, pero el color se había tornado amarillento. Menos trabajo en disimular el golpe, pensó. Se había convertido en una experta maquilladora. Después de aplicarse distintas capas de bálsamos reparadores, cremas correctoras y otras embellecedoras, Myriam había conseguido enmascarar el dolor que la embargaba y que no era solo físico.

Delante del espejo se vistió una blusa ligera, impoluta, y un traje ajustado que dibujaba una silueta atractiva. Se calzó los zapatos de salón altos y se encontró elegante. A través del espejo se dio cuenta de que su marido, el rostro todavía abotargado por el sueño, la observaba.

―¿Para quién te has vestido hoy? ―le dijo, desabrido, al tiempo que le apretaba una nalga.

Myriam contuvo la respiración, atemorizada.

―Voy como siempre, Paco ―respondió en tono cansado.

―Pues no vas como siempre; que anoche daba asco verte.

―Por favor, Paco, ahora no, por favor ―dijo con voz temblorosa.

Sonó el timbre. Como el actor que se prepara para salir a escena, Myriam se abrochó la chaqueta, cogió el maletín de trabajo y respiró hondo. Entonces, abrió la puerta al tiempo que esbozaba una amplia sonrisa.

―¡Buenos días, Carmen!, ya le he dejado los desayunos de los niños preparados. ―Añadió en tono cantarín―: Me voy, que llego tarde.

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