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Vuelve el miedo

la luz tras la puerta

Vuelve el miedo. A veces asoma discretamente; en otras ocasiones avanza a mordiscos hasta mi estómago.

Tú no lo sientes. Yo sí.

¿Cómo vas a sentir miedo, si eres adolescente? El mundo se hace grande para ti y tú eres una exploradora. No hay miedo, sólo ganas de descubrir.

Vivirás la experiencia del primer amor. Y te sentirás tan feliz y enamorada que pensarás que será para siempre. Siento decirte que eso es muy improbable. No será un amor para siempre, pero sí lo recordarás siempre. Así que disfrútalo. Sólo hay un primer amor.

Pero yo sigo teniendo miedo. No puedo saber si te enamorarás de un chico (o de una chica, porque eres libre para elegir a quién quieres amar) educado en ese rancio machismo que parece que nos persigue hasta la eternidad. Puede que te enamores de alguien que te quiera controlar, que cuestione tu modo de vestir o de actuar, que se crea superior a ti y te quiera bajo su poder. Aunque, fíjate, curiosamente no tengo miedo a que eso ocurra, porque sé que tú no lo permitirás. No te hemos educado así.

Las horas, los espacios y las ansias de volar se amplían. Y yo siento miedo. Sé que no puedo controlarte. Que en tu vida se agranda el horizonte y ya hace mucho tiempo que abandonaste la “bolsa marsupial”.

Probablemente estés con tus amigas, sentada en el parque, comiendo pipas, bebiendo coca-cola y riendo sin preocupaciones. Y yo pienso que en algún lugar de este país una muchacha está siendo arrastrada por los pelos e introducida en un coche a la fuerza, o tirada por un barranco o ahogada en un lago. Y pienso que podrías ser tú. Y tengo miedo. Es horrible imaginar algo así. Por eso tengo miedo.

Buscarás lugares donde besarte con alguien a escondidas. Descubrirás tu sexualidad y no habrá marcha atrás. Pero tengo miedo a que te topes con alguno de esos especímenes, de mentes retorcidas, que no entienden que “NO” es “NO”.

Tengo miedo de que llegue un momento en que dejes de contarme tus historias con la naturalidad que lo haces ahora. Que un día caigas y no puedas levantarte y no te atrevas a pedirme ayuda. Pues no dudes en pedírmela, porque yo estaré aquí para ti. Siempre.

Me asusta que te dejes influenciar. Que dejes de ser tú por culpa de los demás. Que te hagan daño las palabras o los actos de amigos o amores. No quiero que cambies. Aunque crezcas y te hagas una mujer.

Y supongo que seguiré sintiendo este miedo mientras viva. Pero lo esconderé y no dejaré que asome más que lo imprescindible. Mientras, tú disfruta. Y vive.

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