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“Carta a un ángel mujer”

 

     Hoy está nublado. Será un día gris. Apuesto que será gris en todos los sentidos. Es uno de esos días en los que una chica acaba poniéndose colonia de sus hermanos antes de echar los pies a la calle por cometer alguna excentricidad. Cualquier otro día no se le hubiera pasado por la cabeza pero hoy está todo permitido para intentar sacudirse lo gris.

     Estos días son callados. Callados, no silenciosos. El botón que pone en marcha el mecanismo de la memoria se activa antes de haber salido de la cama y los recuerdos aún siguen en funcionamiento, pululando por nuestra mente, cuando llegada la noche volvemos a las sábanas.

     El viento sopla encabronado. Los viejos dicen que son días en los que los demonios andan sueltos. Aunque son cosas de viejos, no resulta difícil imaginar a diablillos cornudos con cara de mala leche rabeando por todos sitios.

     Hace mucho frío. Un frío de helar y de nevar, aunque no veamos ni los hielos ni las nieves. Están en el interior. Te congelan los huesos desde por la mañana y da igual cuánta ropa te pongas encima que sigues sintiendo frío. Cuando amanece creo que se apodera del espíritu y allí decide quedarse para todo el día. Por eso da lo mismo las fundas con las que una se revista. Sólo consigues apuntalar la superficie.

     En días como éste se suele llorar. Se llora con miedo a romper el silencio y se llora las propias penas en algún duelo ajeno. Se llora acompañando a la luna.

     No estoy sola en el salón pero como si lo estuviera. Sólo se oye el tic-tac de tu reloj de pared y unos sonidos intermitentes que el abuelo hace, creo que con la holgura de la dentadura postiza… ¿Le reconoces?

     Mira de vez en cuando a la ventana que da al patio de los geranios y se asoma al cielo. Después apoya la cabeza en sus manos y sus manos se cogen al bastón. Puede estar así durante horas. De pronto, en alguna cabezada, se le resbala la punta de la goma del bastón deslizándose por el ladrillo encerado y se le afloja la postura. Entonces se le suelta la lengua y construye un largo párrafo lingüístico en el que consigue cagarse en todo ser de este mundo y también le llega a alguno del más allá.

     A mí este hecho tan insólito y tan humano a la vez, me asusta un poco. Pero él ni siquiera muestra sobresalto. Sucede, desahoga y vuelve a esperar. Asegura otra vez la punta engomada del bastón en la junta del ladrillo, sus manos agarran la curva de la madera y la frente se deja caer en ella inclinando la cabeza. Y continúa la espera.

     No olvida que la muerte se adelantó a su historia y desde entonces está enojado con la vida. Creo que ya no tiene intención de perdonarla.

     Duele el corazón… ¿Sabes?

     No lo dice pero le delata su mirada extraviada que aún te busca. Son los mismos ojos que aprendieron a encontrarte en la oscuridad y que hoy fracasan… ¿Los ves?

     Muestran la debilidad de esas personas que ya no entienden lo que se les dice. Creo que se siente abandonado y creo que le entiendo. El dolor de la soledad y del abandono es el peor que se puede sentir… ¿Recuerdas a mi amor?

     También desapareció. Se fue poniendo fin a mi historia sin decirme lo que había faltado o lo que sobró. También él se adelantó y tampoco yo le perdonaré. Duele el corazón.

     No es el mismo dolor que el tuyo. Yo me refiero al corazón del alma no al del cuerpo que fue el que a ti te traicionó. Es ese que no se ve ni late pero se siente… ¿Entiendes?

     Cuando es el corazón del alma el que se rompe se queda un susto en tu vida que resulta imposible a veces tragar.

     En mí no parecía raro. Mi experiencia vivida y sentida no da para mucho. Pero en el abuelo resulta más extraño. Le ha tocado vivir el salto de ver a las mulas arando la tierra y a los hombres paseando por la luna. Es un poco fuerte… ¿No crees?

     Te echamos de menos. Hay personas que tenéis la gracia de ser en la vida como una especie de imán para los problemas de los demás. Al final, se os va desprendiendo el dolor de esta vida en la misma medida que os van saliendo las alas de la otra.

     Pensando en ti y en el abuelo una se da cuenta que debe casarse no sólo por amor sino además por convicción. Como sabrás, hoy ambos conceptos, AMOR y CONVICCIÓN, parecen formar parte de las páginas de un cuento utópico de otro mundo que de los renglones torcidos de éste.

¿Cuándo empezó a deshonrarse nuestra inocencia?

¿Cómo dices? ¿Con la luz?

… Tal vez. Solo sé que desde entonces el mundo está más gris y que la desilusión y la desconfianza han tomado ventaja en mi historia. Ahora sé que debo tener cuidado con los bocados de los hombres-fiera. Tranquila. Me quedaré aquí y seguiré aprendiendo.

 

     ¡Vaya! Parece que se marchan las nubes.

     Tenías razón: el viaje hacia el interior de nosotros mismos empieza y acaba con la luz.

     Ya ha salido el sol. Ya te contaré.

 

 

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