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“Magaly”

    Se llamaba Magaly y tenía unos 37 años. Trabajaba de teleoperadora de 9 a 5 y vivía en una gran ciudad igual de alienante que su trabajo: metro, bus, ruido, tráfico, alquileres impagables y relaciones sociales superficiales y difíciles. Se la veía abandonando su puesto de trabajo (esas mil mesas separadas por tablones de madera clara) quitándose el auricular, atusándose el pelo (residuo de coquetería), se despedía cordialmente de todos sus compañeros de trabajo, desde jefes a las señoras de la limpieza.

 

     Era una mujer ya en la considerada “soltería” que como su antiguo aparato de radio, parecía ya irreparable. Me recordaba a la Hepburn de Locuras de verano o a la protagonista de Calle Mayor, ese espíritu mezcla de desolación, de desesperanza, de romanticismo insuperable, de haber perdido definitivamente la música de Schubert…

 

     Cuando llegaba del trabajo, lo primero que hacía era quitarse los zapatos (toda mujer sabe de la liberación de ese momento del día) cenar en bandeja (síntoma ya de poco esmero, del “para una persona sola para qué vas a poner la mesa o ensuciar el mantel que luego hay que planchar”).

 

     Su único placer y refugio era escuchar música clásica en su radio, que una noche cualquiera se estropeó y que al ir a comprar a la mañana siguiente una nueva, el vendedor pesado de turno, le acabó vendiendo una que ni siquiera le gustaba, de la que le aseguraban una alta sensibilidad, pero que a ella, en cambio, le resultó algo fea, pero no se atrevió a decirle que NO al dependiente porque éste le dedicó incluso algún piropo (¡anda que esos no se las conocen!).

 

     En una noche de invierno y gracias a la maravillosa sensibilidad del aparato, Magaly comenzó a oír interferencias y lo que parecían conversaciones privadas de sus vecinos. La mujer quedó desde un primer momento enganchada a una de ellas, una que destacaba en su tono de voz porque su emisor era un hombre de edad, estaba un poco sordo y gritaba mucho al hablar por teléfono. El señor  llamaba todas las noches a la misma hora a una mujer para desearle las buenas noches. Le dedicaba toda clase de piropos, cursilerías, cosas del tipo “si tu me dejarás, te trataría como a una reina…”

 

     A partir de aquella noche, Magaly veía la luz verde de su nueva radio, no (todavía) como anunció del Mal, sino como el verde esperanza del “si aquella mujer mayor había encontrado un amor tan maravilloso…a  ella también le podría pasar”.

 

     Su actitud ante su propia vida fue cambiando progresivamente; se levantaba con una sonrisa, se arreglaba más, se daba unas sesiones de peluquería y de compras de vez en cuando y el ritmo de la ciudad parecía transformarse.

 

     Durante unos días, Magaly no conseguía captar con su radio la frecuencia de la voz del señor mayor, se mostraba nerviosa, inquieta, irascible, y con un atisbo de la antigua languidez. Afortunadamente, o desgraciadamente, o simplemente, una noche logró recuperar la voz del señor mayor que esta vez hablaba por teléfono con un amigo, y explicaba que se había marchado unos días a casa de su hija fuera de la ciudad para quitarse de encima a una pesada y cursi amiguita que había conocido unas semanas atrás en una sala de fiesta donde van a bailar los de la tercera edad.

 

     La historia creo que acabó con una lágrima de Magaly, con un vídeo reemplazando a una radio, con una lánguida mujer que acude al trabajo de 9 a 5 pero que nunca se marcha sin despedirse antes de todo el mundo.    

           

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