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Dejar de fumar

Fuente Pinterest. Autor desconocido.

No se si es más grande el vacío que me llena o el que me contiene. Trato de remplazar uno con otro y a la inversa. A veces sale y a veces entra. No se qué clase de límite me forma. Me miro las manos mientras decido escribirlo, aquí estoy por fin.

Ayer me sentí igual de sola pero no lo escribí, ¿es acaso mi soledad distinta esta mañana? No me gusta despertar lástima ni tampoco avergonzarme de mi condición. No me hace especial tener un vacío. Sé que, de alguna manera, todos lo tienen, pero yo sólo he sentido el mío y con ese me basta, por eso prefiero estar sola. Si me uniera con otro ser humano compartiríamos un abismo mucho más hondo, como dos gotas de agua que se juntan, se vuelven pesadas, cargadas de sí mismas, se revientan. La gravedad es densa, solitaria. Me he quedado en silencio, me cuesta trabajo hablar frente a tantos rostros e ignorar lo que pasa por sus mentes. Si pasara una mosca cerca de mi cabeza me sentiría menos sola, pero a nadie le es permitido estar de este lado. De este lado es que la soledad se despliega y va contagiando las cosas y los nombres, y va borrando, en su paso, lo que alguna vez fue deseo y después recuerdo. Entre el deseo y el recuerdo están todos los acontecimientos: entre un beso y una sombrilla, entre el grito y un cenicero de metal, entre una mirada y el color de la alfombra, todo ha sucedido. Me complazco al recordarlo.

Los recuerdos justifican los deseos, es imposible revivirlos, pero se pueden observar. Son como huesos de peces disecados entre ámbar. Mi memoria es como un acuario de pescados secos. A veces creo que vivir no es otra cosa que hacer una colección privada de recuerdos, un mausoleo particular. Es posible entonces que no lleguemos del todo a comprendernos, me pregunto hasta qué punto nuestras penas son penas universales y cuando son lo que llamaría mi madre: niñerías, cosa que entiende por creaciones mentales de la miseria, es decir, por ejemplo, depresiones. Si estás triste sin razón aparente, es porque eres una muchachita consentida y perezosa. La depresión es pereza, me decía, pero la pereza es miedo, le contestaba yo.

Hay acaso alguna entre nosotras que no se haya quedado en la cama todo un día, tibia, sudorosa, con ganas de no seguir viviendo, de morir frente al televisor, acabar así, no más, con tanto derroche inútil de ganas de respirar, de bañarse todas las mañanas, de dar los buenos días, de tener pesadillas y el mismo beso de sosiego, viejo y repetido, con el único estimulo de romperse el lomo por un cheque mensual, que al menos alcance para comprar un seguro de vida y un espacio en el mundo. “A dónde vas triste, noctámbula, dadora de infinito”, un verso puede ser un recuerdo, y de recuerdo pasar a ser un deseo. Hay días en que creo que respiro más hondo sólo para escuchar un verso. La vida entera se complace, se justifica, se comprende.

Quise ser poeta alguna vez, lo reconozco aunque me avergüence, y sé que ustedes probablemente también lo intentaron. Quién creería que de aquel fallido intento hayan nacido la mayoría de mis desgracias y de mis placeres. Nunca llegué a completar una página, ni a tener la satisfacción de un punto final, y ahora que estoy tan lejos me explico esos momentos como deseos insaciables, demasiada inmortalidad, o más bien, demasiado deseo de no ser olvidada. Si alguna vez hubiera sido consciente de que la vida se va en un soplo, seguramente hubiera encontrado más puntos finales. Ahora es primavera y se me agolpan curiosamente las líneas. Quién las dicta, quién las lee, quién me está acompañando contra mi voluntad. No quiero que nadie sepa que yo existo y a la vez lo digo para que todos se enteren. Así como digo que no amo a nadie para que sepan lo mucho que necesito de su atención.

Ya sé que es ridículo intentar continuar con esta diatriba oscura, pero es que he dejado de fumar. Escribiendo ocupo las manos y entretengo la mente. He dejado el café, las copas y los amores que duelen, todo lo que me incita a fumar tuve que desplazarlo a otro sitio. Al cofre de los deseos abandonados. Los que no me serán permitidos, o mejor lo que no me voy a permitir. Yo lo decidí, nadie me lo prohíbe porque no vivo con nadie. A nadie le importa que me fume un cigarrillo sin abrir las ventanas. A nadie le importa que ronque y tosa toda la noche. No despierto a nadie, a nadie hago infeliz. Salvo a mi misma y me sorprende ver cómo he construido una relación de pareja con esa otra que soy y que es la que me reprocha el aliento de cenicero. Una compañera que está esperando un hijo dice que tiene grandes deseos de cuidarse a sí misma. Le ha quedado fácil dejar de fumar porque cada vez que se imagina a su bebé fumando se le desaparecen las ganas. No bebe, hace ejercicio, controla los dulces, los carbohidratos. Yo me asombro de verla conseguir todo esto sin tener, al menos, una experiencia mística. Pero dice que es más fuerte su amor que sus ansias, pero es que ella no está sola.

Yo alguna vez tuve un amor, cuando estaba en mi edad núbil, con esta idea de triunfo y de vida completa. Era un chico, guapo, inteligente, tierno y de los que se van fácilmente. Pero ni un día de los que estuve con él me sentí lo suficientemente plena como para dejar de fumar, no lo he hecho ni por él, ni por la hija que aún no tengo. Quizá no haya amado nunca lo suficiente, pero al menos hoy no he dado esa primera calada.

1 Comentario
  1. Rosa Liñares 4 años

    Yo también he dejado de fumar… llevo mes y medio sin hacerlo.
    Tú al menos has intentado canalizarlo y ponerte a escribir. Yo la primera semana no pude escribir, ni leer, ni nada…
    Pero estoy encantada. Es una gran decisión.
    ¡Mucho ánimo, Adriana!

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