fbpx

Ser madre: el secreto más desconocido

 Ser madre es lo más bonito que le ha podido pasar a María, y qué difícil es compaginarlo con la vida allá afuera

María lleva dos meses en el paro. Sabía que llegaría el momento pero no pensó que sucedería tan de prisa. Decía que estaba preparada psicológicamente, pero la verdad es que cuando se encontró con el horizonte infinito de tiempo e incertidumbre sobre su futuro, supo que nunca se está lo suficientemente preparado. María tiene un niño de tres años. Se llama Matías y acaba de entrar al colegio. Le alivia que el paro hubiera coincidido con el fin de los pañales y de la guardería, ambos gastos que ahora le hubiera costado más afrontar. También se alegra de haber decidido no tener más hijos. Con cuarenta años y sin trabajo, es lo más sensato, se dice. Ya ha empezado a regalar todo lo que a Matías le queda pequeño. Es una decisión definitiva.

Recuerda cómo era su vida laboral antes de la maternidad. Cómo la veían en sus lugares de trabajo, sus compañeros, sus jefes, los clientes, una persona disponible y sin cargas, consagrada a su profesión, ligera, dispuesta a darlo todo por un futuro prometedor aunque, a decir verdad, en el presente nunca dejó de tener un salario mediocre. Hay compañías que saben muy bien, como si lo hubieran aprendido en un anuncio de lotería, mantener viva la ilusión. Así veía María a los becarios, que entraban a trabajar, tan entregados por una miseria de dinero, dejándose la piel por una oportunidad que se prometía única. También veía acaso con más rabia, a algunas directivas sin hijos y sin planes de tenerlos, cuya afinidad con la maternidad resultaba más nula que la de los propios hombres. Mujeres que están casadas sí, pero con su ambición.

Después de que su hijo nació, empezó a sentir que su jefe se volvía condescendiente con la nueva situación, tenía la impresión permanente de estar debiéndole un favor. Si le preguntaran con qué adjetivo lo describiría mejor, ella diría: “perfumado”. Tenía la mentalidad de libro del macho tradicional (mujeriego, galante y cínico) y siempre estaba apestando a flores machacadas. La fachada de un tipo encantador, ocultaba su verdadera esencia.

La jornada reducida para empezar, ya le había dejado un sinsabor. Era como si ese deseo enorme y natural de querer estar con su hijo más tiempo y que no fuera tan abrupta y extensa la separación, le estuviera costando un cúmulo de miradas displicentes, pequeños desplantes muy sutiles, donde se disfrazaba de comprensión lo que en realidad era recelo.

María se daba cuenta de que aunque su salario se había reducido considerablemente, su trabajo se había duplicado. Ahora, en la oficina, no solo tenía que seguir cumpliendo con las mismas obligaciones que antes y en menos tiempo, sino que tenía todo el trabajo que implica un hijo: recogerlo, llevarlo, el baño, la cena, el juego, la total entrega hacia otro ser humano, que es tan maravillosa como agotadora.

El esposo de María trabaja en una empresa farmacéutica y llega todos los días a las nueve de la noche. Apenas le da un beso a Matías, leen un cuento y ya es hora de dormir. Ahora que es el único salario que entra en casa, María no se atreve a hacer ningún reproche. Se considera afortunada. Por la mañanas, cuando está sola piensa, debería hacer más ejercicio, aprovechar el tiempo para estudiar, leer más, buscar un nuevo trabajo que ya de por sí es un trabajo. Pero hay días en que no puede levantar cabeza. Se siente abrumada. Mira las ofertas y sabe que entrar pidiendo la reducción de jornada para estar por las tardes con Matías, ya la pondrá en segunda fila entre los candidatos. No encuentra casi ningún trabajo de media jornada o con jornada intensiva que le permita llegar a tiempo a recogerle en el colegio. Es absurdo llegar a las ocho de la noche y contratar a una persona que lo cuide y que se lleve la mayor parte de su sueldo, piensa. Además es que no quiero perderme su infancia, es como si querer estar con él fuera un lujo. Los salarios que ofrecen son cada vez más bajos, algunos incluso le piden pagarse la cuota de autónomo y ganar solo por comisión. Se le va el aire, se sienta en la silla del salón, se prepara un té de hierbas, respira.

Ser madre es lo más bonito que le ha podido pasar a María, y qué difícil es compaginarlo con la vida allá afuera, piensa. Todas las noches, justo antes de dormirse el niño aún se toma un vaso de leche recostado en el pecho de su madre como si su memoria de lactante aún estuviera viva, como si estuvieran todavía conectados por una raíz más profunda. Por las mañanas, antes de que Matías se despierte su madre le pone la nariz en la nuca y se queda embelesada con ese olor tan suyo, lo abraza y da gracias de tenerlo tan cerca. Es un enamoramiento indescriptible. Lo deja en el colegio y regresa al silencio y a la soledad de su casa. Aún tiene unos meses de subsidio de desempleo. Matías ya crecerá y crecerá muy rápido, piensa, no existe otro día más que hoy. Hoy debo estar agradecida y tranquila. No hay un regalo mayor que poder estar juntos, se dice, aunque parece que este es un secreto que el resto del mundo desconoce.

BUSCAR