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Maribel Ortega, una soprano disfrutando de lo que hace

“Cuanto más te das al público, más te devuelve”

Fotografia: @Nani Gutiérrez

El encuentro con la soprano jerezana Maribel Ortega, que estudió enología en su juventud, lo facilita su participación en Ga-la Placídia de Jaume Pahissa. Ópera en tres actos nunca representada que se hizo en formato concierto durante dos días seguidos en el Teatro de la Zarzuela. Actuación a la que seguirá una gira por Cataluña interpretando el papel principal de Turandot de Puccini. Producción de la Fundació Òpera de Catalunya que visitará distintas localidades catalanas desde mediados de abril a finales de mayo de este año. Papel con el que se estrenó en el Teatro Real a las órdenes de Nicola Luisotti y Bob Wilson.

Antonio Hernández (AH) – ¿Qué papel tenía usted en la Ga-la Plasídia?

Maribel Ortega (MO) Tenía el papel protagonista.

 

AH – ¿Por qué cree que contaron con usted?

MO Porque soy de las pocas sopranos españolas que tiene una voz de carácter dramático. La obra tiene muchas reminiscencias a Wagner y a la música de aquella época, que es un repertorio que yo suelo cantar.

También porque he vivido muchos años en Cataluña y conozco el idioma. Esta ópera es en catalán.

 

AH – ¿Qué reto le ha supuesto esta obra?

MOEl primer reto es el de cantar una ópera escrita en catalán Como acabo de comentar, he vivido allí muchos años, pero he cantado poco en ese idioma. Así que me hace mucha ilusión.

 Por otro lado, está el reto de cantar algo de lo que hay muy pocas referencias y de un compositor poco conocido. Esto me permite crear algo nuevo. Darle forma y color a medida que vamos ensayando.

 

AH – ¿Cómo se enfrenta una soprano a un personaje principal de una ópera desconocida?

MO Cada cantante tiene su forma de trabajar. En mi caso, lo primero traté de hacerme una visión general de la partitura y de la tesitura de la música. Después, hice una clasificación de las escenas en función de la participación de mi personaje en ellas.

Luego intenté estudiarla musicalmente por mi cuenta. Necesitaba conocer y entender el universo sonoro de ese compositor. La grabé con un pianista que interpretó la ópera al piano.

No hay grabaciones y necesitaba saber cómo sonaba, que el oído se hiciera con ese material. Es una obra de principios del siglo XX y no hay ninguna referencia de cómo cantarla.

Paralelamente me fui haciendo con la melodía. Así descubrí la complejidad interválica del personaje [un intervalo musical es una distancia entre dos notas]. Es cierto que a veces canta cosas muy melódicas y románticas. Sin embargo, en los momentos de odio, ira o rabia cambiaba la interválica, y el personaje se iba haciendo más complejo.

De tal manera que, muchas veces tenía que hacer borrón y cuenta nueva con el trabajo que había hecho el día anterior. Algo también les ha pasado a otros compañeros del proyecto. Así que, aproximarme a esta obra me ha llevado meses. Más tiempo de lo habitual. No siempre es así.

Me he enfocado en lo musical, aunque la obra se basa en un personaje real, Ga-la Placídia, y la relación que tuvo con Ataülf. De todas formas en la ópera hay partes inventadas. Como su amante Vernulf. Y sin querer desvelar el final, la protagonista muere, muerte que también se inventan. Y es que no hay ópera que no acabe con la muerte de la soprano [dice entre divertida y resignada].

Tras prepararla musicalmente me documenté sobre los personajes y su contexto. Para, posteriormente, seguir con la partitura y el estudio del texto y ver las relaciones de mi personaje con el resto. En esta fase final intento poner un poco de luz sobre el personaje y cómo interpretarlo. Cómo acoplar el libreto a la música.

 

AH – ¿Ha hecho lo mismo para el Réquiem de Verdi que iba a cantar en Ecija o Turandot que girará por Catalunya?

MO No. El Réquiém de Verdi y Turandot son aguas en las que sé nadar. Es como volver a casa.

Del Requiém hice cinco conciertos seguidos con la Orquestra Simfònica del Vallès en varios teatros y auditorios catalanes. Y Turandot también lo he cantado varias veces. La última en el Teatro Real,donde sustituí a una compañera que se puso enferma.

 

AH – ¿Cómo se hace una sustitución sin esperarlo y en una producción como la que Bob Wilson?

MO Se que se ha criticado mucho la puesta en escena de Bob Wilson, así como la manera en la que pide a los cantantes que actúen. Sin embargo, como no estaba previsto que cantase y tuve muy pocos ensayos, desde un principio me adapté a lo que me pidió.

Todas las sopranos que íbamos a hacer Turandots, incluidas las suplentes, trabajamos con su equipo antes de que llegara él. Cuando vino nos aclaró que lo que teníamos que hacer todo el rato era respirar y acoplarlo a la manera de cantar. Seguí su consejo y me ayudó mucho en el reto y en la responsabilidad. Aunque tampoco tuve mucho tiempo de pensármelo. Tuve que salir a sustituir y hacerlo.

 

AH – ¿Esperaba hacer la sustitución?

MO En producciones como esta, con muchas representaciones siempre existe la posibilidad de que haya que hacer una sustitución. Es mucho más difícil si se van a hacer una o dos representaciones.

Me entrené. Hice trabajo de mentalización, pero también trabajo técnico con el director musical, Nicola Luisotti. Él quería saber si yo podría hacer las funciones. Y tras ensayar con él me dijo que podía representar Turandot sin problemas.

Fue como como hacer trabajo de banquillo. Como hacen con los futbolistas que se quedan en la bancada durante el partido. Iba al teatro a vocalizar. Y luego, si no me necesitaban, me quedaba a la función o me iba a casa.

 

AH – ¿Cómo se prepara uno mentalmente para estas situaciones?

MO Cada persona tiene su manera. Soy muy nerviosa internamente, aunque no lo aparento. Todo el mundo tiene inseguridades. Yo dialogo conmigo misma y me digo que he ensayado vocalmente y no tengo problemas; que la gente me apoya; que si tiene que pasar tengo que respirar, beber agua y mantenerme tranquila.

Me hablo de manera muy positiva. No pienso que tenga que hacerlo todo perfecto, sino que tengo que hacerlo lo mejor que sé y, sobre todo, que tengo que disfrutar de lo que hago.

 

AH – ¡Qué importante es disfrutar con lo que se hace!

MO Creo que es fundamental. Soy muy perfeccionista. Cuando era joven intentaba hacer todo perfecto. Quería tener cosas en el escenario que tal vez no podía conseguir, lo que hacía que me enfadase mucho conmigo misma.

Afortunadamente, entendí que ese no era el camino. Que tenía que disfrutar con lo que hacía, independientemente de lo que dijesen los demás.

No puedes estar pensando qué va a decir la crítica, el director del teatro, el director musical, mis maestros. Hay que ser humilde. Reconocer los límites que se tienen y, desde ahí, dar lo mejor de una misma. Entonces, lo disfrutas, y eso el público lo percibe. Creo que es la mejor manera de hacerlo.

 

AH – ¿De dónde le viene este gusto por la música clásica?

MO Mi abuelo era barítono. Aunque trabajaba de administrativo en las bodegas de Jerez. Fue el que creó la Schola Cantorum de la catedral y dirigía el coro infantil.

Mi madre y mi tío, dos de sus seis hijos, heredaron esta afición. Siguieron la tradición en coros amateurs. Mi madre incluso tuvo la oportunidad de dedicarse a cantar profesionalmente. Hizo una prueba con el maestro Miguel Barroso que le dijo que su futuro estaba en el canto, pero ella decidió volver a casa, casarse y tener hijos. Eran otros tiempos.

 En mi casa se escuchaba a Alfredo Kraus, Plácido Domingo, José Carreras. Y yo seguí la tradición, aunque decidí estudiar y dedicarme al canto tardíamente.

 

AH – ¿Qué pasó?

MO Las circunstancias externas, que no familiares. Fui a probar la voz y me dijeron que no tenía cualidades. Así que dejé de cantar y decidí estudiar enología

Mi padre, que a diferencia de mi madre no tenía ninguna vinculación con la música, veía algo en mí y estaba en contra de que yo dejara el canto.

Luego me fui a Londres a aprender inglés. Allí, mientras cuidaba niños, cantaba con los discos de ópera. Aquello me hacía feliz. De hecho, yo había cantado en bodas y en misas de forma no profesional. Pero fue a la vuelta, cuando ya tenía veintiocho años, que lo retomé profesionalmente.

Tenía un amigo pintor que me decía que veía algo en cómo cantaba. Como me insistía, decidí hacer una prueba con María José Sánchez, una soprano salmantina que vivía en Madrid ya fallecida. Cuando me probó la voz me dijo que qué había estado haciendo todo ese tiempo. Que mi camino era el canto.

Le canté el Ave María de Schubert, y la mujer estuvo todo el rato llorando. Es cierto que le puse mucho sentimiento, que es lo único que sabía hacer entonces.

En ese momento decidí estudiar para perfeccionarme para cuando cantara en las bodas y en la misa. Pero aquello empezó a crecer y crecer. Hasta que intenté entrar en el coro del Gran Teatre del Liceu.

 

AH – ¿Para qué quería entrar en el coro del Liceu?

MO Para garantizarme unos ingresos. Como solista no iba a tener un sueldo al mes. Pero como cantante del coro del Liceo, sí. Había probado de refuerzo, así que me fui a Cataluña para ver si entraba.

Pero no me dio tiempo. Mirna Lacambra, la presidenta de los Amigos de la Ópera de Sabadell, institución que se ha convertido en la Fundació Òpera de Catalunya, me oyó en Nabucco de Verdi en un concierto y me ofreció el papel solista en el segundo reparto en Norma de Bellini que se iba a hacer en Sabadell en la temporada siguiente.

Aunque ser solista es el sueño de todo cantante, pensé que solo haría Norma y luego entraría en el coro. Era el año 2006 y coincidió con que gané el premio del Concurso de canto Jaume Aragall. Y luego me ofrecieron un papel en Un ballo in machera de Verdi.

A lo que siguieron más oportunidades para probar y crecer como soprano. Para adquirir una madurez vocal y escénica. Una lady Macbeth. Un papel en Suor Angélica de Puccini. Fue duro, pero también fue un buen aprendizaje.

 

AH – ¿Cómo de importante es la práctica?

MO Muy importante. Lo que estudias en casa para prepararte un papel no crece sino lo interpretas en escena y delante de un público.

AH – ¿Cómo influye el público en cómo cantas?

MOMe da el poder para olvidarme de mí y ser el personaje que interpreto. Es un superpoder para transformarte en otra persona. Un privilegio.

Puedes cantar en tu casa sola, pero, para mí, adquiere sentido cuando lo hago delante de otra persona. Sea el público, el director musical o el director de escena. Son ellos los que dan valor a mi trabajo, porque lo valoran.

 

AH – ¿Le llega una energía del público?

MO Sí. Pero es un toma y daca. Esa energía es un reflejo de lo que tú das. Cuanto más generosa eres con el público, más te devuelve. Y cuanto más te preocupas por la técnica, menos transmites.

AH – Pero entiendo que la formación es importante independientemente del talento.

MO Claro, el talento hay que tallarlo. Yo tengo voz, pero tengo que trabajarla para poder transmitir lo que el compositor quería transmitir. No solo hay que entender la emoción, hay que tener conocimientos musicales y del idioma.

Soy muy exigente conmigo misma. Sobre todo, por no haber tenido una formación ortodoxa y haber empezado tarde. Algo que sentía como una carga. Cuando lo que hay que hacer es vivir el presente y ponerse a estudiar el lenguaje musical de la ópera. Hay un proceso de aprendizaje, no se puede saber todo desde el primer minuto.

 

AH – ¿Cómo se hace eso desde Jerez?

MO Creo que tardé tanto en dar el paso porque en Jerez no había referentes. Durante mi adolescencia el teatro estuvo cerrado hasta que en 1996 lo inauguró Alfredo Kraus.

Fue entonces cuando el tenor Ismael Jordi entró en el coro de ese teatro, y también cantó allí convirtiéndose en un referente para todos los jerezanos que queríamos dedicarnos a la lírica. En ese momento supe que yo quería estar en un escenario. Por cierto, que nunca hemos cantado juntos porque tenemos repertorios distintos. La única vez que habría podido hacerlo enfermó. Pienso que haríamos un buen Gustavo y una buena Adriana en la zarzuela Los Gavilanes.

Entonces me di cuenta de que tenía que salir de Jerez para estudiar canto. Me había presentado al 1erConcurso Otoño Lírico Jerezano con el que gané una bolsa estudios con la que pude comprarme un teclado e hice muchos cursos.

Uno de ellos lo hice en Barcelona donde conocí a Enriqueta Tarrés, a la que le encantó mi voz. La persona que organizaba el curso era mezzosoprano en el coro del Gran Teatre del Liceu. Fue ella la que me dijo que necesitaban sopranos de refuerzo en el coro y, como tenía familia en Barcelona, solicité el puesto de refuerzo y me fui a probar. Pensé que en el futuro no quería estar pensando que hubiera pasado si hubiera hecho la prueba y me hubieran aceptado.

 

AH – ¿De qué vive un cantante mientras se forma?

MO – En mi caso, de dar clases de inglés y de química. De cantar en bodas y funerales. De hacer refuerzos en el Coro del Liceu. Con el apoyo económico de mis padres y otros familiares. Estos últimos me acogieron en su casa de Barcelona hasta que me pude ir a compartir piso. También hice algún trabajo de producción en el Conservatorio de Barcelona que me pagaron.

En el caso de mis padres, fue como si decidieran pagarme una segunda carrera, tras haberme pagado la de enología. Les debo todo

AH – ¿Cuándo se desengancha uno de esa necesidad de apoyo económico familiar?

MO – Creo que nunca. La inestabilidad económica del cantante siempre está presente. Soy consciente de que todo el mundo puede perder su trabajo. Pero la vida de una soprano es una manera diferente de vivir. Aunque llega un momento que tienes ingresos recurrentes de forma permanente y te acostumbras.

Hubiera estado bien entrar en el Coro del Liceu y tener un sueldo todos los meses. Pero aprobé para hacer refuerzos, cuando a la vez me ofrecieron hacer papeles de solista. Y eso lo cambió todo.

 

AH – ¿Qué hitos destacaría de su carrera?

MO – Guardo un recuerdo muy bueno de Norma, aunque me coincidió con un lumbago. Fue cuando me di cuenta de lo importante que es cuidarse físicamente. Independientemente de este problema de salud, lloré de emoción, por estar haciendo aquello y por ver a mi familia entre el público, acompañándome.

En general, guardo buenos recuerdos de los primeros trabajos, aunque, curiosamente, se acompañaron de problemas de salud. Y, por supuesto, mi debut en el Teatro Real haciendo Turandot fue un gran hito en mi carrera.

 

AH – ¿Ha cantado fuera de España?

MO – En Croacia, Brasil, Ecuador, Colombia y Alemania. Cosas no muy grandes. Y estuve de suplente en el Teatro alla Scala de Milán para el Macbeth de Verdi, por si las sopranos sufrían alguna contingencia, aunque no llegué a cantar.

 

AH – ¿Tiene usted agente? ¿Y cómo de importante es una agente para la carrera de una cantante?

MO – Sí, sí tengo. Sin embargo, su papel ha cambiado. En el pasado eran ellos los que hacían las relaciones con los teatros y los cantantes se desentendían de todo eso.

En la actualidad ya no es así. Desde mi reconversión personal en 2019, me di cuenta de que es muy importante que los artistas hagamos relaciones a nivel profesional con las direcciones y los equipos artísticos de los teatros. Porque si no saben quién eres no te van a contratar. Y eso facilita mucho el trabajo de los agentes.

 

AH – ¿Una reconversión?

MO – Sí, fue una reconversión vital. Cuando te das cuenta de que el camino que estás siguiendo no te hace feliz y decides tomar otro camino. Incluso, me plantee volver a la enología, un campo que había cambiado mucho desde que lo había dejado hacía veinte años.

 

AH – ¿Qué le hizo quedarse en el mundo de la lírica?

MO – Las conversaciones que tuve con personas que me conocían muy bien, como mi padre y mi hermano, y personas que no me conocían o me conocían poco.

La crisis me vino porque tuve una afección respiratoria que me obligó por primera vez a cancelar una actuación. Iba a hacer de Chrysothemis en Elektra de Strauss. Eso coincidió con que a mi madre le habían diagnosticado demencia senil varios años antes y con que la relación con mi agencia en aquel momento no era muy buena.

Me ayudó mucho un amigo con el que tuve una larga conversación, al final de la cual me dijo, que no podía dejar de cantar. Que había superado todos los obstáculos que había tenido y que había creado una relación muy estrecha entre lo que era yo y el canto. Dejar el canto era dejar de ser yo.

A partir de ese momento, me plantee como quería estar y ser en el mundo del canto. Y comencé a hacer un trabajo en el que acepté las cosas de esta profesión que me gustan menos, pero que forman parte de ella, y acudir cuando me convocaban para hacer el trabajo lo mejor que sabía hacerlo.

Por otro lado, otras conversaciones que tuve, por ejemplo, con Carlos Aransay, me hicieron ver las posibilidades que me abría la docencia del canto.

En esa refundación, me apoyé en mi familia, que siempre me ha apoyado. Y en amigos que se preocuparon por mí y por ayudarme a encontrar mi camino. Empecé a entender mejor el trabajo de la crítica, como una opinión, no como una certeza.

Con todo eso, empecé una nueva carrera en la que vivo al día. Vivo en presente y no me preocupo tanto por el futuro.

 

AH – Después de todo lo que hemos hablado me queda la curiosidad de saber qué ha quedado de los estudios enología

MO – Pues mira, en una gala de zarzuela que se hizo en Jerez me dieron la oportunidad de cantar el Vals de Angelita de la zarzuela Châteaux Margaux de Manuel Fernández Caballero, y me lo pasé genial haciéndome la borracha. Es que soy muy payasa, aunque nunca me han dado la oportunidad de hacer nada cómico.

Y pensé, es que tengo y guardo una parte de mí que tiene que ver con la enología. De hecho, conservo varios libros de la carrera en la estantería y no los he tirado en ninguna mudanza.

El mundo del vino es muy creativo. Y en su aspecto organoléptico, es como el de las emociones. Cuando llego a Jerez con su olor local a vino, no puedo separarlo de las emociones que me produce el estar allí. Más que unos estudios la enología es parte de lo que yo soy.

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