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Decir adiós no significa perder

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1 de abril 2016. Hoy hace 5 años que murió mi madre. Llevaba ya un tiempo preparándome para este aniversario, preguntándome cómo lo iba a vivir, en qué estado de ánimo me encontraría, qué se me pasaría por la cabeza. Y entonces, hace un par de días, me llegó el post de Carla Pérez Martí sobre la separación (www.caminaconc.com).

Los posts de Carla siempre me ponen una sonrisa en la cara. Veo su nombre en mi buzón de entrada y pienso ilusionada, “uyyyyy qué bien”. Me los descargo y en cuanto encuentro un hueco en mi día y mi espacio, me siento cómodamente, me aseguro de que no haya interrupciones y los abro. Como si fueran un regalo, les quito el lazo y luego el papel….y voy sacando cada palabra, cada frase. Las voy leyendo y colocando delante de mí para mi disfrute y aprendizaje. Como es habitual, me ayudan a reflexionar sobre mi vida y aunque empiezo a veces pensando, “esto ya lo conozco”, siempre, siempre, siempre aprendo algo nuevo.

Así que me pongo a leer y a relacionar cada apartado con mis vivencias. Pienso que he educado a mi hijo como ella indica, dándole raíces y alas. Y estoy muy orgullosa de ello porque trabajo y esfuerzo me ha costado. En cuanto a mis relaciones afectivas, con mi familia, mi pareja y mis amistades, también entiendo lo importante que es el espacio de la separación. Sé que es fundamental estar igual de bien solos que acompañados y entiendo lo importante que es separarse para unirse y unirse para separarse. Entiendo que algunos conflictos de pareja vienen cuando la necesidad de separación de uno no está coordinada con el otro y en mi relación esto lo defiendo ahora sin sentirme culpable cuando la que quiere separarse soy yo, ni molestándome cuando le toca a él; el “ocho” del que tanto hablamos en el círculo de mujeres que lidera Carla, un concepto al que vuelvo una y otra vez.

Y entonces llego a la sección final del post y es ahí cuando empiezo a pensar en mi madre. Hace 5 años de su muerte pero el duelo y el luto los he superado recientemente. Me desperté una mañana hace unos meses riendo a carcajada limpia tras soñar que tenía una hija. No era una bebita recién nacida. Parecía que tuviera unos 6 meses y no quería estar en mi regazo, sino mirar por encima de mi hombro, observando el mundo a su alrededor. Y riendo le dije: “¿Pero bueno, tú de dónde has salido? Y además tan alerta y despierta. ¡Qué pena que tu abuela no te haya conocido porque se hubiera muerto contigo!”.

 

Y así me desperté. Con la risa en los labios y en el cuerpo. ¿Qué curioso el juego de palabras, no? Quizá hubiera sido más correcto decirle: “Qué pena que tu abuela no te haya conocido porque le hubiera encantado” pero en el sueño le decía “se hubiera muerto contigo”. Me puse a pensar que, en realidad, esa hija era yo y también la hija que nunca he tenido y, escarbando más, esa hija era mi madre y el luto de perderla también. Esa mañana, en mi sueño, de alguna manera, di a luz a mi madre y a mi luto (no por nada había engordado los mismos kilos tras la muerte de mi madre que durante el embarazo de mi hijo). Yo llevaba a mi madre dentro con la sensación de que superar era igual a olvidar. Y me di cuenta que decir adiós al luto, no significaba perderla a ella, porque está en todo lo que hago. Ella es parte de mí, igual que yo de ella. Sacar esa pena de mis entrañas significaba tenerla de otra manera. Siendo quien fue: una persona independiente, que me enseñó tantas y tantas cosas, incluyendo el saber separarme y ser mi propia persona. Está ahí, conmigo, como siempre lo estuvo.

Pero al llegar al final del post de Carla, me vino a la cabeza una vez más la última vez que había hablado con mi madre. La habían ingresado en la UCI y nos teníamos que ir a las 8 de la tarde. La arropé, le di un beso y ella me dijo: “Hasta mañana mi vida.” Esa misma noche la entubaron y la indujeron un coma y así nos la encontramos a las 9 de la mañana del día siguiente cuando volvimos al hospital. Murió 7 días después. Nunca más volví a oír su voz y ese “hasta mañana” quedó perdido para siempre. Y siempre que lo recuerdo lloro desconsoladamente y siento un abandono tremendo. Como la paciente de Carla que decía: “Me prometió que no me abandonaría”. Me di cuenta que tengo aún trabajo por delante, porque tengo esa misma sensación de traición. Va contra toda lógica y racionalmente sé que no era un promesa y que tenía derecho a morir y a descansar.

Tras esta reflexión, escribí a Carla, le hablé de mis sensaciones y concluí escribiendo: “Este viernes me daré un paseo, conectaré con la naturaleza, pensaré en ella e iniciaré el proceso de asumir que ese ‘hasta mañana’ en realidad es eterno y se renueva cada noche.”

Gracias siempre Carla. Por ti Mamá.

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