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Ojalá que llueva café

el mundo en el café

Lo confieso: soy adicta… adicta al café.

Para algunos es una droga letal; para otros, un placer; para mí, mi gasolina. Lo que arranca mi motor cada día. No puedo imaginar mi vida sin mi dosis de cafeína. 

Cada mañana, lo primero que hago nada más levantarme es coger una taza y preparar mi café. Para el resto ya habrá tiempo. El mundo puede esperar.  Lo primero para mí es eso.

Mi taza favorita es una de porcelana beige, con el borde en color  marrón chocolate y con unos granos de café y la palabra “coffee” grabados en un lateral. El fondo es de color naranja y, a pesar de todos los lavados que ya lleva encima, todavía sigue impoluto. Tenía otra igual, con el fondo verde, pero hace ya un par de años que pasó a mejor vida, muy a mi pesar (el día que se me rompió me llevé un gran disgusto). Las dos eran mis favoritas, porque me las regaló alguien a quien aprecio mucho, y porque vinieron de muy lejos, cruzando el océano. Así que tomar mi preciado café en esa taza tiene un valor añadido. A veces utilizo otra, tipo “Wonderful”, con un dibujo de una botella de leche sonriente que dice: “soy la leche”. Pero no es lo mismo. Sobre todo porque a mí no me gusta la leche. Lo que me gusta es el café. 

Cuando me quedé embarazada, mi mayor temor era que el médico me dijese que no podía tomar café. Absurdo, lo sé (anda que no habrá cosas más importantes por las que preocuparse en un embarazo…). Pero tuve la suerte de que, como mi tensión suele estar bastante baja, en mi caso, me recomendó que no dejase de tomarlo; que no abusase, pero que podía tomarme mis dos o tres cafés diarios. Cuando oí esas palabras saliendo de su boca, estuve a punto de besarle y ponerme a dar saltos de alegría en la consulta. 

Y ahora pienso… ¿cuándo fue la primera vez que probé el café? No lo recuerdo. A los niños no se les da café, pero… ¿a los adolescentes? Sí me recuerdo a mí misma en la época del instituto tomando café con mis amigos. Y a lo largo de los años he atesorado recuerdos estupendos acompañados de una taza con ese suculento brebaje. 

A mi hija, de pequeña, le encantaba coger una cucharilla y tomarse la deliciosa espuma del café de su padre. Era casi como un ritual. El mío ni lo tocaba, porque a mí siempre me ha gustado el café fuerte. Ahora que ya es prácticamente una adolescente aún no toma café, pero tampoco tengo muy claro a qué edad debo permitírselo. Supongo que surgirá de un modo natural eso de sustituir el Nesquik (sí, en mi casa somos de Nesquik, no de Cola-Cao) por la cafeína.

Mucha gente piensa que el café es perjudicial para la salud y lo destierran de su dieta. Yo prefiero quedarme con  esos estudios que demuestran todos sus beneficios, que son muchos.

Sentarme delante de una taza humeante desprendiendo ese peculiar aroma, para mí, siempre es un placer. Y si es en buena compañía, mejor…

Y pensando en esos granos marrones, me viene a la cabeza la canción de Juan Luis Guerra… “Ojalá que llueva café en el campo” (léase cantando…)

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