¿Superarlo?

Hace unos días, Susana Pino decía que este mes en Woman’s Soul iban a dedicarlo a la superación. Así que voy a aportar mi pequeño granito de arena al tema con mi propio testimonio.

Cuando hablamos de superar algo, ya sea una ruptura sentimental, un fracaso laboral, una enfermedad… yo pienso: ¿realmente lo superamos? ¿o, simplemente, hemos aprendido a vivir con ello?

Yo puedo considerarme afortunada. A lo largo de mi vida no he tenido que vencer grandes obstáculos. Siempre he tenido comida en la mesa, una cama donde dormir, ropa para abrigarme y calzado para caminar. He disfrutado, con salud, de una gran familia y de amigos estupendos. Pero hace unos años sí me he topado con una gran piedra en el camino. Intenté moverla, pero me resultaba imposible. Sin embargo, conseguí rodearla y seguir el camino.

Aunque ya hablé aquí del tema, porque le escribí a mi pequeña estrella… Estando en la semana 35 de embarazo, mi hija falleció en mi vientre. Fue un golpe duro y devastador. Uno nunca está preparado para algo así. Ingresada en el hospital, me envolví en una nube de la que no quería salir. No quería volver a casa, ni salir a la calle, ni ver a la gente. No quería dar explicaciones, ni contar lo mismo una y otra vez, ni sentir cómo me miraban con cara de cordero degollado. Sólo quería desaparecer. Los primeros días, mi vida se convirtió en un mar de lágrimas. Mojaba la almohada cada noche y me despertaba ya con los ojos  humedecidos cada mañana. Durante casi un año, mis pechos desprendieron calostro, esperando ser succionado por mi niña hasta convertirse en leche. La ansiedad empezó a comerme por dentro. Cada vez que me cruzaba en la calle con un cochecito de bebé o una mujer embarazada, cambiaba de acera. Mi corazón se aceleraba y me costaba respirar. Oír el llanto o la risa de un bebé era una tortura.

Lo pasado no podemos cambiarlo y las cosas pasan por algo, a pesar de que luego te pases media vida intentando descubrir por qué han pasado. Lo que sí podemos cambiar es nuestro modo de afrontarlo. Así que, hay que dar la vuelta a la tortilla y mirar la parte buena. 

Una vez derramadas todas las lágrimas necesarias, comprendí lo bueno de la situación.  Y es que, gracias a ese mal trago, pude disfrutar de mi otra hija al 100%; algo que no había hecho hasta entonces. Así que, como decían nuestras abuelas: “no hay mal que por bien no venga”…

Finalmente, aquella herida que tanto sangró, ha dejado paso a una cicatriz, que no duele, pero siempre estará presente… No sé si lo he superado, pero he aprendido a vivir con ello.

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