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Se vende teclado

sevendeteclado

Interpretaba el Concierto de Aranjuez en un teclado cuyos  acordes debieron sonar por primera vez bastantes años atrás. Nariz de payaso. Expresión ceñuda, disonante con ese apéndice rojo y redondo adherido a su nariz. Tres ancianas lo escuchan sentadas en un banco. Paso por su lado y me fijo en el anuncio que descansa sobre un lateral del instrumento: ‘Se vende piano. Partituras y micrófono gratis’. Busco en el bolso el monedero y extraigo de él un par de euros. Se lo echo en la gorra junto a la que descansa otro cartel: ‘Pido para pagar la habitación. Gracias’. Él me lo agradece estrujándose la nariz de la que se escapan un par de agudos pitidos. Le sonrío y me quedo a escucharlo. Los acordes de la famosa pieza de Joaquín Rodrigo languidecen entre sus dedos. Cuando termina, me sumo a los aplausos de las ancianas que se levantan y se van. Me da pena dejarlo solo, así que permanezco de pie frente a él. Comienza a tocar otra pieza que no identifico. Es hermosa, pero muy triste. Le pregunto cómo se llama.

—Azul. Es mía. Está en Youtube. Búsquela. Azul de Edu Orlani —insiste—. Dele a me gusta, a ver si se convierte en viral.

Saco el móvil del bolso y la busco. Por fin la encuentro. Apenas si tiene una decena de me gusta.

—La encontré. Ya le he dado a me gusta.

Él me lo agradece llevándose la mano al corazón. Intrigada, le pregunto por qué vende el teclado.

—Las cosas han venido mal dadas.

—Pero con él te ganas la vida, ¿no?

—Sí, bueno… —carraspea—. El dueño de la pensión me ha dado un ultimátum…

—Vaya, lo siento.

—No pasa nada. Además, ya tengo comprador. He quedado esta tarde con él. Me da pena desprenderme de mi Yami. —Me enternece el diminutivo con el que se refiere a su Yamaha—, pero bueno, Dios proveerá.

 —¿Por cuánto lo vendes?

—Noventa euros.

—Te lo compro. —Me mira confundido, con una expresión que viene a decir: no te quedes conmigo, chavala. Saco del bolso dos billetes de cincuenta euros y se los entrego.

—No tengo cambio.

Hago como que no lo he escuchado.

—Solo hay una pega: que no puedo llevármelo ahora. Me voy hoy de vacaciones y no vuelvo hasta final de mes.

—¡Oh, vaya! —finge una contrariedad que sé que no siente.

—Dame tus señas y, cuando vuelva, voy a buscarlo.

Saco una pequeña libreta y apunto su nombre y la dirección de la pensión.

—Pero si, por casualidad, cuando vuelva ya no vivo ahí, pregunte por mí en el Bar de Aurelio, en la plaza Nueva. Él le dirá dónde estoy.

Le tiendo la mano y él la aprieta con fuerza. Me dirige una sonrisa triste que me enternece.

—Y le devolveré los diez euros. Tiene mi palabra. Edu es de fiar.

Le guiño y me alejo. Cuando doblo la esquina, arranco la hoja donde he apuntado sus señas y la arrojo a la papelera. No está en mis planes volver a esta ciudad en mucho tiempo.

 

 

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