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La secuoya

El día en el que mi cuerpo
quede abierto a la muerte inevitable,
llevadme a descansar el sueño eterno
a la sombra que cubre
la tierra de la secuoya
que, un día, traté de rodear entre mis brazos.

Dejad que aquel tronco de ondulada silueta
se nutra, abundante, de mis entrañas.
Devolvedle, así,
parte de la paz que, en su silencio,
hace décadas antes me otorgó.

Fundida con ella
sentiré el respirar del bosque,
la caricia del viento
removiendo, una y otra vez las hojas.
Vislumbraré desde su copa
el amanecer que incendia el cielo
y estimularé el latir cálido
de la savia entre sus ramas.

¿Qué más plácido destino que verme arropada
por la tierra húmeda tras la tormenta
refrescando mi espalda
convertida ya en su madera?

¿Qué lugar más preciado
dónde dejar las marcas de mis recuerdos
que, entre sus anillos,
una memoria de milenios
y de conocimientos sin límite?

El día que mi cuerpo ya inerte
dibuje una plácida sonrisa,
viendo cara a cara la verdad del universo,
cubridme los brazos
del musgo verdeazulado de sus raíces,
dejad que los gramos de mi alma
surquen los árboles susurrando
las palabras de mis poesías ya olvidadas.

Y dejadme ser una con la naturaleza,
olvidado ya el miedo a lo inefable,
perdido el rumbo en el corazón
de los que, alguna vez, me quisieron.

Dejadme ser árbol,
pájaro,
relámpago nocturno,
supernova,
beso en los labios,
criatura ancestral,
luz viajando eones.
Dejadme ser vida en vuestros cuerpos.

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